La hipoteca del ahorcado

Hoy, sin ir más lejos, cualquier familia que deje de cobrar el salario de un sólo mes se precipita directamente en la angustia. Con eso basta para sembrar la inquietud. Si son dos meses durante los que no recibe suministro económico, cae en la ruina y en la desesperación. Es suficiente con que transcurran tres meses sin aporte dinerario para que todo equilibrio personal y familiar se venga abajo y la estructura del tejido social salte por los aires.

Antes de que eso ocurra, el precario equilibrio en que se pueda uno sostener, sólo se mantiene echando mano de la imaginación,- por lo general poco fiable en asuntos reales-, y de todas aquellas cosas que están al margen de la legalidad de una sociedad estructurada. Robo, prostitución, limosna, favores, vagabundeo, delincuencia, casas de caridad, emigración de aventura, etc. Y todo ello siempre y cuando se tenga algo de suerte.

No creo que vayamos a terminar así. Creo que se tomarán medidas que paliarán la miseria extrema. Se tomarán medidas que impedirán la asfixia social y económica, pero también creo que,- y ya es hora-, al capitalismo y a su prima hermana, la democracia moderna, le ha llegado la hora de perder adeptos y quizá algo más. Una revolución audaz, aunque no vaya a ser mañana mismo porque se necesita antes una buena limpieza a fondo de mentalidades podridas y estúpidas.

Decimos esto porque no es cierto que el capitalismo y la democracia occidental sea lo que nos permita vivir en la sociedad del consumo fácil y del bienestar, de forma estabilizada al menos, ni que permita que todos seamos iguales y que la justicia sea verdaderamente justa y mire por todos sin predilecciones ni favoritismos.

Hay miedo a la indigencia, a dormir en la calle sin expectativa de mejor futuro; vergüenza de uno mismo ante su propia desnudez social. Desamparo, porque nadie, ni los más cercanos, pueden echar una mano. Impotencia, porque no hay dónde acudir ni a quien pedir cuentas. Injusticia, porque nadie escucha. Inmoralidad, porque el dinero es quien decide. Inconsciencia, porque nos hemos creído lo que nos convenía.

Y mientras tanto, un hombre de cincuenta años de edad intenta suicidarse arrojándose al vacío desde el balcón de la terraza de su vivienda ubicada en un segundo piso de un barrio del municipio de Burjasot, en Valencia, poco antes de que el juzgado procediese al desahucio de su vivienda. El suceso tuvo lugar sobre las 10:30 horas del día 25 de Octubre.

Otro hombre de cincuenta y tres años se ahorca, sólo y en silencio, cuando el juzgado se dirigía a su casa para desahuciarlo. Vivía sólo y tenía una librería de prensa junto a la frutería de su hermano en el barrio granadino de la Chana.

Cuarenta y ocho mil desahucios en un trimestre. Cinco millones de parados. Un millón de personas se ha ido de España desde Enero del año 2011. Doscientos españoles cada día. Todo esto no es sólo la consecuencia de un problema económico, es una tragedia inmoral. Una tragedia que tiene una causa conocida que podríamos denominar diciendo, en confianza, que sucede por nuestra mala cabeza. Por querer lo que no se puede tener. Por dejarnos llevar por el deseo incontrolable de tener más y más. Por querer lo que no se debe querer. O dicho de otro modo, por envidia, ambición, por dejarnos llevar de la corriente.

Es cierto que todo acto violento, duro o cruel como es un desahucio no debería existir ni producirse en la sociedad humana. En ninguna sociedad humana, pero no es menos cierto que su estructura y organización legislativa lo permite; (en unas más que en otras), conlleva y supone, cuando se alcanza este grado de desorden y desequilibrio, que se produzcan esos hechos y otros aún mucho más crueles. Y también es cierto que nadie es perfecto y que, además, según dicen algunos cuando hablan de derechos y servicios sociales, todos tenemos derecho a todo.

Me aventuro a decir, que ningún gobierno o macro-gobierno, como es hoy el de la Comunidad Europea, va a permitir, ni se puede permitir, creo, que su sociedad, la sociedad de cada uno de sus países, alcance el desastre total y se despeñe por el terraplén por el que ya se desliza. No me inspiro, para decir esto, en algún dato político o económico conocido o secreto; tan sólo lo hago dejándome llevar por el sentido común y algo de instinto. Elementos estos muy poco fiables, sin duda, pero me permiten especular con la idea de que el propio mundo occidental ya no se puede permitir ver las calles convertidas en dormitorios públicos y los jardines y parques en cocinas y letrinas improvisadas. Del mismo modo que, en tiempo de normalidad, no puede presumir de ser un país presentable si en sus carreteras se producen accidentes mortales en gran número todos los días.

Esta claro que todo se reduce de tamaño, el salario, las pensiones, la riqueza, las inversiones, la estabilidad, la capacidad adquisitiva, etc. y que otras cosas aumentan: el desempleo, el desahucio, la emigración, etc. Eso está claro. La cuestión es saber si nuestros gobiernos sabrán impedir la depauperación, la ruina, la indigencia, el suicidio y la miseria absoluta. “Si circulara el dinero se admitirían apuestas”. Sólo disponemos de un dato real para utilizar en tan penoso acertijo y es que hasta ahora sólo hemos sabido incrementar el descontento.

Algo muy similar pasó en EE.UU. en el año 1929. Afectó a casi todo el mundo, generó unas consecuencias humanas desastrosas y no se enderezó hasta que diez o doce años después, tras la adopción de ciertas medidas políticas y económicas, más o menos adecuadas, y el concurso de un sin fin de elementos y hechos que fueron teniendo lugar durante todos esos años, con la determinante ayuda, por supuesto, de lo que supuso armar al país para entrar en la Segunda Guerra Mundial, la implícita destrucción de medio mundo y la subsiguiente reconstrucción.

El feliz mundo occidental democrático en el que vivimos, o ya deberíamos decir, en el que vivíamos tan cómodos; la sociedad de la seguridad, el bienestar y del consumo; no es, como se ve, un mundo fácil. Nunca lo fue. Ni por fuera ni por dentro, es decir, ni física ni moralmente. Quizá si sea el más engañoso de todos; el que más y mejor permite y potencia la envidia, el enriquecimiento, el poder; pero desde luego, no es ni fácil ni justo. Tampoco es un mundo seguro que conjure el riesgo al vértigo existencial. A la terrible soledad y al vacío que supone quedarse sin nada. Es más bien un mundo de colores mareantes y resbaladizos repleto de inseguras apariencias amables.

El hecho de que tenga épocas de estabilidad y abundancia, como durante las últimas décadas, no convierte nuestro modelo de vida, ni mucho menos, en un Estado, ni ideal ni estable. Y no hace falta sufrir una crisis económica, o dos, para saberlo. Bastaría con molestamos en echar un vistazo, con la debida atención, a los padecimientos que sufren en otros lugares del mundo para saber que mientras nuestras democracias occidentales han estado sonriendo, negociando, enriqueciéndose y mirando para otro lado-, como si quisieran decir que no tenemos nada que ver con lo que de malo ocurra-, otros muchos mueren inicuamente, ven sus vidas arruinadas, sus pueblos destrozados y sus países hollados e invadidos.

Una sociedad capitalista moderna y democrática como la nuestra hace las delicias de los ricos, de los grandes empresarios, de los emprendedores sagaces, de quienes no son ni una cosa ni otra pero cada día desean serlo; y también de quienes viven bien en ella, tan felices y contentos, y la sostienen y defienden porque creen que no hay otra cosa mejor y porque se sienten bien en su salsa. Pero lo cierto es que, este modo de vida, también puede arrojar a todo el mundo al desahucio, a la miseria y a la desesperación, de la noche a la mañana, sin que nada ni nadie lo remedie, porque esas son sus reglas. Y no las queremos ver ni entender hasta que nos toca a nosotros.

Cuando se vive en una sociedad moderna regida por leyes capitalistas y una estructura basada en aquello de, “tanto tengo tanto valgo, vámonos de compras o a ver escaparates”, deberíamos dejarnos de eufemismos y nombrar a las cosas por su nombre porque no hacerlo tiene un nombre y se llama inconsciencia.

Basta con abrir los ojos para darse cuenta de que nadie perdona nada y que quien rompe paga. Y que todo cuanto se dice en la tele y fuera de la tele, no es más que falsedad y alucinación de la que uno se alimenta a falta de fuentes más provechosas, o por estreñimiento estomacal; (léase vaguedad mental).

Pero para todos aquellos que aún confían en el capitalismo y en la democracia postmoderna, quizá haya que decir que una cosa, al menos, es justa y tal vez buena. La de que todo ciudadano hipotecado tenga derecho a ahorcarse cuando el juzgado vaya a proceder a la ejecución del desahucio de su vivienda en cumplimiento de la denuncia del banco de turno. Eso, paradójicamente, no deja de representar, también, a una sociedad libre que reconoce los derechos individuales de todos y de todas a colgarse voluntariamente por el cuello.

4 pensamientos en “La hipoteca del ahorcado

  1. Me gustaría pensar que alguien será capaz de poner cordura a todo este sin sentido. Escucho hablar a los que explican las consecuencias negativas que tendrían para los bancos medidas como la dación en pago o los alquileres sociales…..y estamos en lo mismo, salvemos al gorrino grande a ver si un día comemos todos, que los pequeños tienen poca chicha…

    • En efecto Pedro, dicho de otro modo, lo primero es salvar la estructura capitalista, es decir al sistema financiero y a los bancos en particular, después todo lo demás. Así que ya sabemos para lo que estamos en este mundo.
      Gracias por tu comentario.

  2. Me permito disentir sobre que la culpa es del capitalismo o de la democracia….EXISTE, SE PUEDE palpar algo MEJOR, ALTERNATIVO? No hablo de utopias, sino de algo que EXISTA.
    Un historico y controvertido lider, decia: todo en su justa medida, y armoniosamente”…. NO es que defienda la democracia…pero, existe algo mejor? Tomo un parrafo tuyo Frido, para mi, de excelencia…” Por querer lo que no se puede tener. Por dejarnos llevar por el deseo incontrolable de tener más y más. Por querer lo que no se debe querer. O dicho de otro modo, por envidia, ambición, por dejarnos llevar de la corriente”… Para mi, ALLI ESTA EL PROBLEMA. Si miramos en Nosotros MAS que en el capitalismo o en la democracia, tal vez veamos luz al final del tunel….es que Escandinavos, Austriacos, Suizos, por nombrar algunos, tienen esa conducta que tan bien describiste? Es la democracia o es la ” inteligencia ” y el libre albedrio de nuestro Pueblo? Acaso era creible que tanto derroche y consumo desenfrenado seria sin costos? Capitalismo y democracia, o falta de uso de cerebro y sentido comun? ( de hecho, bastante poco habitual)….

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