Arresto hipotecario

Estamos arrestados en nuestra propia casa por prescripción bancaria. Aunque algunos no estén abocados a un inminente desahucio, igualmente están atrapados en sus propias hipotecas. En efecto, vivimos recluidos en nuestra propia casa sin margen alguno para la evasión. Basta con que nos dé por pensar que quisiéramos efectuar un cambio en la vida para caer rápidamente en la cuenta de que estamos pillados de la peor manera imaginable; esa justamente que no requiere de guardias, barrotes ni alambradas. “A un panal de rica miel diez mil moscas acudieron que por golosas murieron presas de patas en él”. ¿Recuerdan?.

Sólo los mansos, los cansados y los que tienen la suerte de estar justo dónde quieren y como quieren, soportan más o menos bien, esta prisión incondicional financiera sin luchar demasiado por contener la rabia que toda presión impuesta produce en el ánimo humano.

Antes, cuando había empleo, a uno le salía la oportunidad de conseguir un puesto de trabajo en Salamanca o en Ottawa, podía vender su casa en un abrir y cerrar de ojos y con la misma rapidez se compraba otra en su nuevo destino en iguales o mejores condiciones que las que tenía. O bien, te daba por dejarlo todo y convertirte en un viajero corre caminos y tampoco tenías problema alguno en deshacerte de todas las pertenencias que tenías, venderlas, y con el dinero recogido, recorrer el mundo hasta que se te acabara.

Otros, cansados de la ciudad, adquirían un bungalow en las Lagunas de Ruidera y cuando al cabo de dos temporadas ya no podían más con las hordas manchegas que se acercaban al parque los fines de semana y terminaban aborreciendo el olor a campamento y a fritanga improvisada, los mosquitos o el ruido de perros y motores, cogían sus bártulos y con el dinero de la venta se hacían con una casa de pueblo en las estribaciones de los Pirineos para disfrutar del frío, la lluvia y los verdes prados, tirando de vino con gaseosa en el bar y jugando a la brisca absortos en el transcurrir de la vida sencilla.

Ese tipo de decisiones eran fáciles cuando todavía existía el llamado mercado inmobiliario; eran decisiones tan sencillas e intrascendentes como cambiar la tapicería de las sillas del comedor o poner un mueblecito bajo el lavabo para guardar el secador y el peine: bastaba con ahorrar un par de meses y con un camión de mudanzas como mucho.

Ahora, todo eso ya no es posible porque los bancos y los banqueros necesitan enjugar las cuentas con las lágrimas de sus incautos clientes. Justo cuando las empresas que ofrecen algún puesto de trabajo reclaman movilidad laboral es cuándo más problemas tenemos para cambiar de residencia y movernos lejos de nuestros pisos prisión.

La casa se ha convertido en una cárcel y no puede uno moverse de ella aunque el vecino sea un ruidoso insolente con perrito en el balcón, o el matrimonio se te haya roto y necesites poner tierra por medio, o la zona se haya despoblado a causa del regreso de los inmigrantes a sus países y te hayas quedado sólo en el vecindario. Sólo los que están integrados en su entorno gozan algo más tranquilos mientras notan que el peso de la hipoteca les engulle el sosiego.

El hogar en el que uno ha invertido su ilusión y sus reformas se ha convertido, tras el cataclismo urbanístico y posterior crisis, en una especie de refugio nuclear con paredes de papel en el que a poco que arrecie el viento, (y ciertamente arrecia y mucho), o se hunde o te desahucian. Mientras tanto es, antes que un hogar, un frágil búnker anticrisis en crisis, en el que residir conteniendo la respiración hasta que todo pase, o sea, hasta que dentro de muchos años nos hayamos acostumbrado a no tener nada o muy poco.

“El banco malo” pondrá a la venta todos los inmuebles que la crisis ha dejado por estrenar. En la Comunidad valenciana es donde más hay. A finales del pasado año se disponía de 140.000 casas vacías esperando dueño, el doble de las que habría que repartir por mero peso demográfico. Con este nuevo negocio postburbuja inmobiliaria que se han sacado de la manga, se están dando casos la mar de graciosos: por la mitad del coste los nuevos vecinos disfrutan de las mismas vistas, la misma piscina comunitaria y los mismos metros cuadrados que los prisioneros hipotecarios de hace unas décadas. Lo que aún no se sabe es si las nuevas comunidades de vecinos funcionan o funcionarán en la deseada armonía de igualdad en derechos y deberes.

Así es la sociedad capitalista que tanto nos gusta. Ahora se ve con claridad. Vendieron todo el ladrillo que pudieron y nos dejaron encerrados dentro de cuatro paredes a perpetuidad. Durante toda nuestra vida laboral les iremos pagando, mes a mes, la hipoteca (el rescate del secuestro al que nos someten) aliviados a veces por una ligera rebaja del euríbor que apenas da para tomarse uno un vermú con aceituna.

La última ocurrencia para deshacerse de viviendas sin vender puede ser la de endosárselas a chinos y a rusos con pasta a cambio de unos papeles que los pueden convertir en inmigrantes de primera y con más bienestar y derechos que los propios españoles. ¡Cosas que pasan!.

2 pensamientos en “Arresto hipotecario

  1. Los Bancos NO son amigos, ni familia ni parentela.Hicieron, hacen y haran siempre NEGOCIO. Esperemos que de esta desastrosa crisis, de la que sin dudas saldra el pueblo español, sufriendo pero les aseguro que saldra, se aprenda que NADA es ” gratuito” y que ” no es mas rico el que mas tiene, sino el que menos necesita”…

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