El Parlamento necesita un E.R.E. (por decir algo)

La principal razón por la que el Parlamento español y los parlamentos autonómicos han dejado de representar con honestidad a nadie es porque sus señorías ya no alcanzan a ver el sinsentido en el que están sumidos.

Viven de espaldas a lo que ocurre en la sociedad y no se esfuerzan en utilizar la capacidad intelectual para comprender y hacer nada de forma lógica y racional.

Así, y por el efecto multiplicador de los medios de comunicación, la gente de la calle vive la locura del desacuerdo, de las opiniones erráticas que no significan nada ni van a parte alguna; de las modas inconsistentes de las ideas que sólo se sustentan por la mera oportunidad o por el supuesto carisma personal del actor parlamentario de turno. Nadie parece estar loco, pero ninguna señoría goza de verdadera coherencia ni usa la inteligencia o la aptitud adecuada para pensar serenamente y escoger con criterio y conciencia la mejor decisión legislativa.

Eso no es un error, un problema, un accidente, un tropiezo o algo que pueda tener fácil arreglo. Es una enfermedad. Una enfermedad ya endémica y muy grave. Nuestros parlamentos están enfermos, no lo ven y mucho menos lo admiten.  Porque una cosa es ir perdiendo la capacidad de juicio por falta de su uso, por falta de formación y de educación, y otra es la salud mental que disminuye la facultad de razonar.

La enfermedad parlamentaria es tan abstrusa y palmaria como la más penosa de las enfermedades mentales. Si la oportunidad que tienen sus señorías de servir al pueblo, lejos de serles útil para el desarrollo del entendimiento, lo distorsiona, atrofia y ennegrece, lo que tenemos en realidad son chalados más o menos peligrosos ubicados en sus respectivos escaños administrando el bien de la gente como si jugaran al guá.

Esta claro, por tanto, que los parlamentos españoles necesitan un E.R.E urgente. Porque se trata de una enfermedad que aqueja a todos los que allí dentro están.

Cuando un partido está en la oposición, razonar es algo que no necesita hacer, le basta con mantener una postura siempre contraria y cerril, (eso esta visto y comprobado) y si accidentalmente lo hace de forma excepcional, se perjudica en razón de la estructura de comportamiento en la que está envuelto; en efecto, hay veces que la oposición vota a favor del partido en el poder pero después, cuando llega la siguiente legislatura, ese voto sensato, se vuelve contra quien lo ejerció en conciencia porque el partido que ya mandaba y que repite candidatura dice con autosuficiencia: “Pues no lo habremos hecho tan mal cuando nos votasteis a favor”. Así lo proclama, y se apunta el tanto tan satisfecho sin reconocer en ello un gesto de honestidad política. Al partido de la oposición, que creía haber obrado con racionalidad, la cara en cambio, se le queda a cuadros. Por eso, y para prevenir, siempre se muestra en contra de cualquier cosa que haga o diga el partido gobernante pese a saber que la ley que se legisle no se puede sacar delante de otra forma que la propuesta por quien gobierna. Ese es el primer síntoma de la enfermedad. Pero no es el único ni mucho menos.

Cuando, por el contrario, un partido gobierna, intenta razonar y entonces se ve obligado a tomar de su propia medicina porque no son pocas las veces que la oposición tienen fórmulas o soluciones para resolver un determinado problema político de carácter social, pero, deliberadamente, los demás partidos no lo dicen ni lo exponen para no ayudar. “Nosotros no les vamos a resolver el problema,- exclaman; ellos que gobiernan que se busquen la vida”. Así las cosas uno podría preguntarse si es necesaria la cordura para estar en política. Y como no sólo no es necesaria sino que esta prohibida tácitamente, apañados estamos.

En muchas ocasiones la falta de interés de unos y otros es insultantemente manifiesta. Cuando interviene el diputado de turno, los demás leen la prensa, juegan con el móvil, hablan con el vecino de escaño, se ríen, o directamente abandonan el hemiciclo.

Sin embargo todos callan en los asuntos que les benefician, especialmente los económicos. Hay total unanimidad a la hora de aprobar en los bajos precios del comedor, en que se les pague la plaza de aparcamiento privado con dinero público. De igual manera están de acuerdo en que se les proporcionen teléfonos móviles, iPads, ordenadores, etc. Lo mismo respecto a las dietas por viajes, los pluses de vivienda si su residencia está fijada en otra ciudad aunque tengan piso propio en la misma capital donde ejercen su labor parlamentaria, etc.

Tienen mucha habilidad también para separar la postura política de la personal. Se matan en el hemiciclo con argumentos falaces y apenas salen por la puerta se toman juntos un café tan amigos. Y se vuelven a trasmutar en enemigos irreconciliables en unos minutos más tarde, cuando vuelven a entrar.

En los parlamentos españoles no se legisla, ni se razona, ni se busca la lógica de las decisiones, ni el mejor articulado de las leyes. Ni siquiera cumplen ellos mismos las leyes ejecutivas ni las resoluciones judiciales; hay ejemplos por doquier. Todo lo que se hace es reñir enfermizamente. Sólo se riñe porque se esta permanentemente instalado en el reino de las opiniones, y sólo se pretende saber quién grita más alto, quién acapara más atención, cómo se consigue más fama y popularidad, quién cosecha más aplausos. Cómo se puede desarrollar así el buen juicio que la política necesita. ¿Tiene solución un enfermo de esquizofrenia aguda?, malamente. ¿La tiene el Parlamento español?, no. No la tiene. Por eso necesita urgentemente un E.R.E. (por decir algo).

Un E.R.E. parlamentario en época de crisis que, de paso, ahorre unos cuantos millones de €uros a las cuentas del Estado, esto es: 2.550 señorías a la calle sin más derecho que a veinte días de indemnización por año trabajado. Y eso después de demostrar que en efecto han trabajado en comisiones, en la tribuna o presentando enmiendas, formulando preguntas, presentando proyectos de ley, o no de ley. Y nada de ventajas a quien más años lleve en política sino todo lo contrario porque el daño que han causado es exponencialmente mayor. Después rentabilización y devolución de bienes, edificios y servicios, etc. Todos ellos serían devueltos a la administración del Estado.

Y si no están de acuerdo que se les aplique la purga de San Benito.  Y si siguen sin estar de acuerdo que se manifiesten como los trabajadores del metro, sin monos, pero con traje y la corbata fosforito que tanto les gusta lucir.

Claro que para que un Ere sea aplicable se necesita una autoridad que lo aplique y esa no puede ser otra que la voluntad popular. Ahora bien, sabido es que la casa donde habita el raciocinio nunca ha sido la misma donde habita lo político, y si alguna vez lo ha sido ha durado muy poco, (ejemplos haylos). Meses tan sólo. El pueblo esta por tanto a merced del resultado de sus propios votos, esto es, de su propia enfermedad.

Por eso todo lo que ocurre en España, eso de lo que dan cuenta los medios, es algo que, a estas alturas, más tendría que ser materia de salud mental que una cuestión parlamentaria, legislativa o política. El pueblo no debería seguir asistiendo pasivamente al espectáculo de ver en el hemiciclo lo que es más propio de un corro en el que se celebran peleas de gallos cuyos espectadores viven de salarios privilegiados, primas, pluses y componendas sin cuento sólo, sólo, por aplaudir y apretar un botoncito.

Diciembre del año 2012

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