La guerra de la depauperación 2.008 – 2.020 (1ª parte)

No hay muertos ni heridos en esta guerra. Ni bando alguno en realidad porque hace mucho tiempo que izquierdas y derechas están cada vez más desdibujadas y confundidas en el ejercicio del poder político. En todo caso las trincheras ahora son y están dentro de nosotros mismos y en vez de ser empalizadas o estar excavadas en la tierra se alzan en el interior de nuestras mentes como los mojones de las antiguas carreteras.

Pero ni siquiera. Esta guerra es más bien un “corrimiento”. Una guerra corrimiento hacia la depauperación. Como esos desplazamientos de tierras que sepultan pueblos enteros bajo el lodo, sólo que ahora es la depauperación de todo género la que nos va cubriendo hasta muy por encima de la cabeza y en no pocos aspectos lleva treinta y cinco años haciéndolo. (No se piense que son sólo esos años porque la cosa tiene siglos de edad). 

En eso estriba la mayor diferencia con las guerras habidas a lo largo de la historia del mundo. Las bajas son sólo accidentales, unos cuantos defenestrados voluntarios o quemados a lo bonzo en el momento de ser desahuciados por acción de la misma justicia que los protege de los abusos y desmanes; pero nada comparado con los caídos a causa de los bombardeos de las guerras modernas. Ese es uno de los particulares aspectos de la actual guerra de la “depauperación” española que se libra en los mismos intestinos del moderno capitalismo democrático.

Mantener todavía y a estas alturas una actitud de indignación ante el “singular-habitual” comportamiento democrático de los políticos electos, sus asesores y demás personal afín, son ganas de querer seguir meciéndonos en los cómodos brazos de la inopia, y también en el regazo de la personal autocomplacencia cínica y cerril porque, acaso hay alguien que se libre de no haber intentado estafar el recibo de la luz, o del agua, o de haber sustraído un paquete de folios del trabajo, o de utilizar el teléfono de la empresa para llamar a la familia, o de aprovecharse de la flexibilidad administrativa en las empresas, institucionales o no, etc. etc. Claro que es eso justamente lo que nos gusta creer, (y a los políticos hacernos creer porque de ese modo su propio proceder queda mejor excusado), es decir, que todos somos buenos y hasta perfectos.

Es cierto que no todas las políticas desarrolladas a partir de la crisis han sido iguales en todos los países y que algunas de ellas ya están produciendo resultados positivos, en relación con el empleo, la creación de actividad y el nivel de vida de las clases medias, por ejemplo en los EE.UU, lo que permite establecer que los políticos españoles en particular, y europeos en general, no lo están haciendo nada bien, o francamente mal. O al menos, nada bien para los ciudadanos ni para la creación de empleo y desarrollo. En efecto, sólo el sistema financiero esta siendo debidamente mimado en perjuicio de las clases medias. Hay otros países que se han negado a pagar la deuda en la medida en que destruía el bienestar social y el empleo. En cualquier caso el oficio de la política, por más democrática que quiera ser, o, por serlo precisamente, nunca es ni sustituye a los acogedores y amantísimos abrazos de una madre; es decir, que van a lo suyo, y pedir o exigir que el pueblo sea consultado a cada paso que de la política o a cada medida que tome el parlamento, es inviable además de una estupidez.

Digamos, para ir situando las cosas en su sitio, que esta guerra de corrimiento hacia la depauperación se dirige directamente contra lo que se conoce como la clase media social, es decir, el grueso de la población, ese amplio y mayoritario sector del pueblo que, para las gentes de mar, viene a cumplir la función de la “obra viva” de un barco; es decir la que lo mantiene en equilibrio e impide que se hunda en el fondo del mar y que, en términos políticos, constituye el elemento estabilizador de la estructura social capitalista; (no deberíamos olvidar nunca que nuestra moderna sociedad occidental es, a todos los efectos, netamente capitalista, y por tanto nadie debería esperar misericordia de las leyes que le son propias, ni tampoco creer que a este sistema de vida lo dirige nuestra abuelita Herminia). Simplemente, nos gusta muchísimo cuando todo va bien y nos jode otro tanto cuando todo va mal.

Las clases medias, (las hay acomodadas, menos acomodadas y nada acomodadas), cumplen así el efecto amortiguador entre la insaciabilidad del sistema financiero y las ciegas ansias de expropiación de las organizaciones populares y progresivamente empobrecidas, de asalariados y trabajadores. Ansias de expropiación que llegarán, pero que todavía no se muestran abiertamente al ojo común.

Las clases medias son, en suma, una realidad necesaria para que el sistema capitalista se desarrolle, se mantenga y sobreviva; de igual manera que lo es el sistema político democrático, que le cubre y adecenta, por así decir, o lo intenta. Tanto es así que sin clase media estable y sana, el sistema capitalista se tambalea mucho. Mucho, a un lado o a otro, pero mucho que se tambalea. Podría afirmarse que la sociedad en su conjunto no sería considerada con tal nombre sin la entera y suficientemente saludable existencia de las clases medias.

En los años veinte y treinta, “la gran crisis económica” provocó el derrumbamiento de la clase media social. Los lados a los que cayó el edificio entero recibieron el nombre de “fascismo” por un lado y “revolución” por el otro. Ambos flancos fueron vencidos posteriormente por las propias democracias capitalistas que provocaron el derrumbe previo, (uno antes y otro después) pero no sin pagar el elevadísimo precio que mejor ni recordamos: penalidades sin fin y decenas de millones de muertos junto a la correspondiente desorientación y zozobra general; pero al final se restauró “de aquella manera” el orden económico y democrático en el mundo occidental y con ello la resucitación de las clases medias.

Pues bien, otra vez en occidente y ahora mismo, se esta librando una nueva guerra, la guerra de corrimiento hacia la depauperación la hemos denominado, porque nos va a desplazar hacia la pobreza y lo hará sin tomarse la molestia de distinguir o diferenciar a las capas más protegidas o aventajadas, es decir, a todos y sin miramientos, si bien poco a poco pero sin parar. Cientos de miles ya lo están y cada día se incorporan más y más.

El propio sistema capitalista, y el financiero particularmente, esta desmantelando de nuevo a esa amplia capa de clases medias, junto a otros grupos o sectores,- comercio e industria-, y otras menos favorecidas y cuando el trabajo esté terminado o a punto de terminar, todo volverá a estallar por los aires poniendo al grueso de la población en la tesitura de optar, entre otras muchas modalidades, a saber: aguantando la miseria, la penuria y el sufrimiento con mayor estoicismo que nunca si cabe; con una guerra puntual, oportunista y bien medida; o con una revolución. (1)1

Más adelante hablaremos de ellas pero ahora echemos un vistazo a lo que ocurre a nuestro alrededor porque a lo mejor, a juzgar por cómo nos lo vamos tomando, no pasa nada de eso. Veamos.

De momento se ve y se comprueba con claridad meridiana que no hay en el panorama político español ni un sólo líder capaz de emprender y dirigir ninguna nueva corriente política e ideológica que se diferencie de las conocidas; (el paisaje político y mediático es por desgracia, inequívocamente claro al respecto y canta bien clarito por sí sólo, no merece la pena entrar en detalles); y tenerlo (a un dirigente capaz) es absolutamente necesario a todas luces. No sólo no hay ningún líder a la vista, (los actuales harían bien jubilándose y los antiguos harían bien en proclamar que se les olvidase), tampoco hay ninguna corriente de opinión social o política sobre la que fundamentar un nuevo partido político de presupuestos diferentes o adecuadamente encauzados hacia un futuro justo y eficiente y, por supuesto, tampoco existe ideología teórica elaborada con tal propósito. (2[1])

Las manifestaciones de los médicos bailando en la calle con sus batas blancas no es más que una bufonada al igual que la mayoría de las protestas que protagonizan otros colectivos o sectores por más justificadas que puedan parecer ya que esconden una doble cara o moral según que su ropa de trabajo lleve en el bolsillo de la bata el anagrama de lo público o de la privado; y tampoco el “15 eme” o el “16 equis” significa nada que contenga más chicha que la que ofrece el resto de partidos políticos actuales. Ni los políticos ni las masas tienen nada que hacer porque están literalmente en manos de las leyes capitalistas y estas están muy por encima de lo que unos y otros pueden hacer contra ellas en tanto esas leyes sean respetadas, esto es,- en tanto las normas del juego sigan siendo las que son-, y no haya nadie ni nada que pueda y quiera romper la baraja.

Es más, si por lo que preconizan hay que guiarse, no tenemos otra cosa que mejor que perseguir que buscarnos agujeros, rincones y recovecos donde guarecernos del frío y del hambre hasta que los bancos enjuguen sus deudas y la actual crisis quede superada.

De momento, y si bien es cierto que el elástico y enorme muelle de las clases medias amortiguan los desmanes de las dentelladas capitalistas, también lo es que amortiguan muchas más cosas. En realidad lo amortiguan todo. Todo. Y lo hacen porque esas clases medias son en sí mismas el mismo sistema en sí, (perdón por la apropiada redundancia). Esto es, el mismo capitalismo, y para ser más exactos diremos que son la misma esencia del capitalismo democrático. Un amigo mío diría: “¿me explico?”

Todo eso significa que son y serán las propias clases medias las que se destruirán a sí mismas en razón de su propia naturaleza amortiguadora y las mismas que después se reconstruirán de nuevo en razón de su mera y necesaria existencia como tablón flotatorio de la arquitectura capitalista. Y lo harán en ambos casos con la ayuda de los fluidos del cuerpo al que pertenecen: el dúctil e imperecedero, pese a todo, capitalismo democrático.

Digamos que, al final todo queda en casa y nada de lo que ocurra habrá ocurrido porque no se haya querido. O porque no este previsto en las leyes del propio sistema que nos alumbra y oscurece de tanto en tanto. Todo eso sucede sin que nos demos cuenta o sin que nos la queramos dar, porque para culpar a alguien de todo este desaguisado ya están los políticos, cada vez con más y más méritos para cargar con ella.

Conviene reflexionar un poquito sobre el hecho de que las clases medias en España, desde hace treinta y cinco años han aprendido, aceleradamente y muy, pero que muy a fondo, a ser las más tontas del mundo, por redondear la frase, (mil perdones). Es decir, que son eficacísimas en todo tipo de amortiguamientos, (incluido el de esta aludida guerra del “corrimiento paupérrimo”). Tanto o más que las de cualquier otro país democrático occidental porque con la gran impronta que caracteriza la vitalidad humana mediterránea, es más que posible que nos pongamos a inventar nuevas formas de martirio, sufrimiento y aguante. El paro, los recortes, los despidos, los contratos laborales en precario, las hipotecas prisión, etc. recrean situaciones viejas entre la gente que intenta sobrevivir y se empiezan a recuperar, e incluso a superar, conductas ahorrativas olvidadas propias de las postguerras, o se idean otras nuevas más estoicas, por así decir, y también más delictivas y mafiosas como la apropiación de viviendas desahuciadas por grupos de desalmados que las alquilan a su vez a quienes han sido echados por la ley. Y así podríamos resistir hasta que el capitalismo en su conjunto se recuperara tranquilamente sin que nadie se hiciera un chichón en lucha fascista o revolucionaria alguna. Lo más, lo más, alguna ruptura de cadera por dar un mal tropezón en el bar.

De hecho, la clase media española adolece de una enfermedad mental llamada “trastorno de la tonteza”, y con tal disfunción cognitiva cabe muy bien dudar cuando menos, que dicha clase social sepa diferenciar el hambre de las ganas de comer. Con lo que su presunta desaparición y posterior reaparición (una vez remendado el desastre que se producirá, volveremos al mismo punto de partida pero mucho más “atontados”). Eso sí, con una tecnología avanzadísima y una juventud súper puesta en mega juegos y medios educativos a base de “tablets, smartphones, y conexiones a internete” de la re-leche, además de campeones olímpicos en solidaridad universal. Sin olvidar al mundo industrial y comercial, más integrado, más capitalista y más globalizado que nunca. ¡Hay que ser competitivo!.

Recordemos en este punto que todo lo dicho en este artículo va dirigido a todo el mundo; es tanto para las gentes que se consideran de derechas como aquellas que se creen de izquierdas, o aquellos otros que piensan que están en escorzo, en cualquier otro recodo, lado, plano, cara, vértice, bisectriz o esquina, y no digamos nada de aquellos que son y están en el crisol del mismísimo centro del epicentro.

*   *   *

Sin embargo y no por decir lo expresado anteriormente, la guerra de la depauperación deja de ser real y estar ahí. En las calles, en los centros de trabajo y en las familias. Todo lo contrario, la refrenda. Quizá sea en el seno de las familias donde más y mejor se manifieste la naturaleza de esta significativa y peculiar guerra.

En efecto, la aguda crisis económica que nos hunde y envuelve junto a la corrupción e inoperancia política, hace que sea el sector de la juventud el que más acuse el golpe y sea el que más imposibilitada tenga la vía de encontrar una salida, es decir, encontrar un trabajo con el que poder ganar el dinero suficiente para independizarse y desarrollar los nuevos planes que toda nueva generación conlleva en sí misma. Eso, además de sumirlos en el desanimo, la desidia y la desesperación, les obliga a instalarse y vivir en casa de los padres, de los abuelos, aquellos que los tienen, o en lugares y condiciones en los que, a las primeras de cambio y por efecto directo de las circunstancias, surge el conflicto.

La manifestación de una simple opinión de cualquier miembro de una misma familia se polariza a la primera ocasión y sin más fundamento de racionabilidad genera automáticamente una tensión insostenible.

Los modos de vida y pensamiento con que la democracia española ha logrado cohesionar durante los últimos treinta y cinco años de su historia a los españoles han empapado en la tonteza a las clases medias con tal convencimiento que emitir una crítica o tener una idea distinta, atontada o no, a la establecida por la incoherente amalgama masivamente reinante, enciende de inmediato la chispa que, ubicados en el contexto de guerras pasadas, hubiera provocado un caído en el acto. No se trata por tanto de un conflicto, éste, causado por diferencias ideológicas propiamente dichas, sino por crispaciones agudas en cuya base late la presión que produce la crisis económica de la misma democracia capitalista y el derrumbe de su sociedad de consumo y bienestar.

Por ejemplo, mientras que unos se quejan de sus condiciones de trabajo laboral y profesional organizando ruidosas manifestaciones, otros critican esta actitud por considerar que, en el fondo, sólo buscan la restauración de los privilegios perdidos. La interpretación que se hace de eso por ambas partes siempre es extrema y opuesta. Los que se quejan arguyen que no hacen otra cosa que reivindicar los derechos que les pertenecen; como si eso tuviese el mismo valor de fe que los principios religiosos de las confesiones más estiradas. Los que, perteneciendo a la misma clase social, les censura, lo hacen convencidos de que lejos de reivindicar unos derechos, persiguen unos privilegios que no les corresponde y que ni otros ni ellos han tenido o disfrutado nunca, o al menos todavía. Así se desemboca en la conclusión fatal final, esto es, los que sostienen la presunta racionabilidad de su reivindicación reciben el nombre de demócratas agitando la bandera de la justicia y de todos los derechos del mundo; quienes, por el contrario, lo censura, son mala gente y fascistas a la fuerza. Esa es la guerra española de entre décadas.

Esta nueva situación de guerra (política, económica y de corrimiento) reaviva el deseo de recuperación de los egoísmos democráticos actuales, (justo los que nos ha llevado a la crisis), de tal manera que cuando todo esto se observa con ojos objetivos, (el que pueda), se ve que no todas las protestas que se producen buscan una verdadera justicia o una equidad, sino que muestra más bien una resistencia furibunda a perder los privilegios dados, adquiridos, conquistados, o tenidos y disfrutados. Es difícilmente aceptable que todo el mundo se considere victima de la crisis económica y que nadie acepte, de buen grado, no ya una parte del sacrificio que supone so pretexto de estar libre de toda culpa, (el pueblo nunca tiene culpa de nada, nótese que si así fuera por qué habría de pagar siempre los platos rotos), sino ni siquiera la realización de un mínimo esfuerzo de comprensión.

Es un hecho revelador también-, en el aspecto personal y de pareja-, que aumente y por otro lado se asegure, tanto el divorcio, como la perdurabilidad de la unión presuntamente sentimental, por otro, y ambos extremos, tanto de forma tácita como expresa, con la intención de evitar o paliar la ruina y la pobreza extrema de una forma de convivencia como de la otra. Por un lado porque genera “muy mala sangre” que un miembro de la pareja trabaje y el otro no, que uno gane dinero para mantener la casa y el otro se beneficie de ello sin aportar nada. Y del mismo modo se estrechan los lazos de presuntos sentimientos solidarios como razones para desentenderse de esa solidaridad. Siempre para conseguir el mismo propósito. Tanto en unos casos como en otros la situación que intenta mantenerse se hace cada día más frágil y penosa. Los hijos, cuando los hay, son un problema económico y moral añadido que eleva hasta la crispación la convivencia. Las malas caras, los enfados, los gritos, las opiniones enfrentadas, etc. no favorecen el buen ambiente familiar, lo destruyen y mueren con él las propias personas.

A veces el divorcio, tácito o expreso, o la unión forzada, llega cuando una pareja pierde el medio de subsistencia y tiene que cobijarse en la casa de la familia, de él o de ella, con lo que la convivencia entre dos pasa a ser entre varios y todos hacen valer su propia opinión, muchas veces opuesta acerca de la situación general y de los propios afectados. La intimidad queda reducida al limitado espacio de una habitación y separada de suegros o cuñados por el escaso grosor de la pared.

También son varios hijos, no uno sólo, los que encuentran cobijo en la casa paterna, con lo que el conflicto se multiplica o crece. La situación de paro, además, genera zozobra y sentimiento de inferioridad o de culpabilidad: “soy un incapaz”, “no puedo mantener a mi familia”, “no puedo pagar mis gastos”, “no puedo mantener mi independencia”. Los jóvenes vuelven con sus padres para poder sobrevivir y tienen que aceptar normas de conducta que ya habían superado al separarse de ellos años atrás. Y los padres, a su vez, hacen dejación de sus propias normas y costumbres a regañadientes para facilitar la vida a los recién llegados: horarios de comidas y cenas, cuándo y cómo se lava la ropa, a qué hora hay que volver a casa por las noche, cuándo y qué se ve en la Tv, etc.

Estar sin trabajo crea muy malos hábitos en la mayoría de las personas. En un escapar hacia adelante, esas gentes “normales” que no tienen recursos intelectuales suficientes para salvar el bache personal, pasan mucho tiempo lamiendo sus propias heridas entre otros en igual situación. Basta con observar algunos bares y bingos por las mañanas. Están hasta los topes de mujeres y hombres desempleados, jóvenes, viejos y jubilados, que matan el tiempo probando suerte con los cuatro  euros del subsidio. Confiando en que multiplicarán sus escasas inversiones en máquinas tragaperras y juegos de azar. Los informativos de la tele son para estas personas cuanto necesitan saber para creerse con derecho a la vitola de víctimas.

En muchos casos, (cada vez más) los que disponen de herencias en los pueblos, se vuelven presurosos de la ciudad a hacer planes de subsistencia y ocupan las casas, alquerías, hórreos y masías familiares, mejor o peor conservadas en fincas y pueblos. Los guiados por inteligencias de contingencia, ven en ello una nueva vida con muchas posibilidades de armonía, calma y paz. Los otros, los que carecen de esa posibilidad y los del “montón”, entienden esa escapatoria como un descenso en el escalafón social por el que creen que hay que seguir luchando y que les hace sentirse permanentemente castigados y hundidos en su fracaso.

El nuevo estado social al que todos estamos abocados se llama depauperación y es un estado en el que no hay beneficios materiales que saborear pero si los que cada uno genere desde dentro de sí mismo. En cualquier caso nadie se salvará de detentar la nueva condición de ser una oveja más de entre las muchas que apacentan su escasez en el páramo.

Tampoco se puede negar, por otra parte,  que hay cada vez más oferta de prostitución. Chicas y chicos universitarios, se anuncian y ofrecen para contactos sexuales. Unos para no tener que volver a casa y pagarse los estudios, otros para mantener el nivel de vida que de otra forma les sería imposible aún siendo un nivel de vida común: ropa, calzado, complementos. También aumenta la prostitución de amas de casa que, a la chita callando, consiguen un dinero extra para cubrir los “agujeros” de sus familias. Y no es vicio, no en todos los casos, ni siquiera son profesionales, es una actividad movida por la simple necesidad.

Los abuelos y las abuelas con sus pensiones más o menos suficientes cargan con el peso de familias enteras renunciando al pacífico disfrute del final de una vida y no sólo asumen la situación con “un vuelta a empezar” sino que arriman el hombro como mano de obra gratis ya que cuidan a los nietos llevándoles al cole y a la guardería, recogiéndolos y dándoles de comer, y todo hasta que la guerra termine y de nuevo haya trabajo para todos.

*   *   *

Continuará


1 Todo depende de cómo y quien dirija la pobreza.

[1] J. J. Rouseau se equivocó creyendo que el pueblo se instruiría para ejercer el voto conscientemente.

4 pensamientos en “La guerra de la depauperación 2.008 – 2.020 (1ª parte)

  1. Repito comentario por datos incompletos.Haces un análisis exhaustivo, presentas el panorama claro en cada uno de los sectores sociales y personales;pero falta la síntesis final; esas posibles vías de solución y el como, que y para qué.

  2. Es cierto Victoria, tienes razón y debo pedir disculpas por no haber advertido convenientemente, al final del presente artículo, que en efecto, falta el desarrollo de esas posibles soluciones y síntesis. En los próximos días se publicará la continuación. Gracias.

  3. Aunque un poco extenso,el artìculo es extraordinario,de lo mejor hasta ahora,sigue con esa segunda parte.Bien explicado,analizado y sintetizado.Un anàlisis cabal y ajustado a la realidad.

    • Gracias por tu opinión. Es cierto el artículo es algo extenso, casi todos los que escribo lo son. Este blog no es para contar cuentos o para distraer y no es que este en contra de eso ni mucho menos, pero metidos en harina ahí van dos sacos. Creo que merece la pena no obstante. Un poco de esfuerzo de vez en cuando no hace daño, o no debería hacerlo.
      Muchas gracias de todos modos.

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