Depauperación, guerra o revolución (2ª parte)

¿Aguantaremos la creciente depauperación?. ¿Habrá guerra de reajuste?. ¡Reinventaremos una nueva transición tan admirada como la anterior! o ¿haremos una revolución?.

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Un fantasma recorre España,[1] Desde Galicia hasta Cataluña, desde Asturias hasta Andalucía y desde Extremadura hasta Levante. El fantasma de que la democracia no funciona. En efecto, que la democracia española no funciona es algo de lo que ya hablan hasta los conejos en el campo con frases como la de hacerla volar de forma controlada y cosas así. A nosotros nos parece que no deja de ser toda una sorpresa tal proclamación de desafectos después de treinta y cinco años de interesadas alabanzas, alharacas institucionales por doquier a sus presuntos logros, y torpes afirmaciones y empecinamientos de todo género tras cada manifestación de libertad, libertad y más libertad. La alegoría del burro y la zanahoria quedaría en comparación como un comportamiento mucho más sensato.

Algunos ya se atreven, en la TV, a denominar nuestra clase política una cleptocracia, y otros lo hacen diciendo directamente que es una plaga de sinvergüenzas, inútiles y caraduras y que, desde luego no representan a la gente que les vota, pero ¡ay!, nos tememos que sí y mucho, porque no son extraterrestres y las urnas no se llenaron con humo. En Europa ya hay medios de comunicación, pensadores y políticos, que nos invitan a reinventar la “admirada” transición de hace treinta y cinco años, o sea, empezar de cero para ver si acertamos a comenzar con mejor pie.

Creo que fue el pensador Jean J. Rousseau quien defendió los derechos del ciudadano a ejercer el sufragio universal en libertad, incluso se dio cuenta de que era necesaria e imprescindible su debida instrucción para que ese derecho inalienable se produjese de forma reflexionada, consciente, y adecuada. Pero está claro que esto último nunca se consiguió, quizá porque a fin de cuentas el ser humano es como es, y parece estar claro que ciudadanía e instrucción o educación, no son cosas que estén forzosamente relacionadas, (y no me estoy refiriendo tan sólo a ceder el paso a los peatones en el paso de cebra).

Forma política esta, que desde sus orígenes, (y no hablamos tan sólo de hace treinta y cinco años), viene estando enlazada a todo tipo de irregularidades, abusos, imparcialidades e injusticias empezando por el caso del mismísimo Sócrates, dos mil quinientos años atrás si hemos de creer lo que cuentan los clásicos. Y sin perjuicio de que otros sistemas de organización política hayan cometido las mismas o semejantes torpezas. O no las hayan cometido. Que de todo ha habido.

Los votos ejercidos “libremente”, eso sí, ya se ve a dónde lleva a los países cuando son gobernados por el resultado directo de las urnas. La lista de agresiones, desmanes y corrupción es terrible, global y muy larga, y además, no termina nunca, (véase si no cualquier telediario un día cualquiera). Pero en fin, todo sea por la dichosa “señora”. ¡No hay otra!.

Es cierto que en España hoy, hay mucha indignación, rabia y demanda de verdadera justicia, y aún habrá más porque motivos y pronósticos no faltan, nuestros sufragios y sus resultados se han encargado de que así sea; pero también es cierto que entre los más optimistas se cree que sólo este año será malo y que el que viene empezará a arreglarse la cosa, y lo dicen con el mismo candor y seguridad con el que afirman que ninguno de los implicados en casos de corrupción sea verdaderamente culpable.

También es cierto que somos un país de sangre caliente y que cualquier día, más adelante, cuando las cosas aún estén peor,- y parece que, en efecto lo estarán-, es posible que nos dé por coger un palo y salir a la calle a montar la marimorena al grito de “Justicia para todos y para todas y abajo los sinvergüenzas y las sinvergüenzas”, (según la moderna manera de decir). No me extrañaría porque la experiencia histórica española nos dice que somos de poco pensar y de tener “muchos huevos” en un momento dado.

Pero esta claro que con tales virtudes no se construye ningún futuro ni se va a parte alguna. Es más, es la mejor manera de no tenerlo o de acabar con él en un par de jornadas memorables y si no se canaliza adecuadamente la enorme energía que supone un pueblo indignado y dispuesto a hacer cualquier cosa, todo estallará en violentas e incendiarias revueltas callejeras que serán reprimidas severamente por la autoridad competente, (como es habitual), echándose a perder así la posibilidad de dirigir esa fuerza, indignación y rabia, hacia un proyecto político consistente, acertado y mejor que el que nos ha suministrado la “monarquía parlamentaria” de lamentable recuerdo desde aquel ingreso en la OTAN a traición y otras medidas de la misma época igualmente impopulares (cierre de astilleros, altos hornos, etc.) tomadas por el innombrable presidente de la celebrada sociedad del bienestar. (A estas alturas por qué no decirlo).

Es posible que durante esas rabiosas e hipotéticas jornadas de protestas y revueltas, la clase media, desheredada en un tiempo record, se nos manifieste como la más revolucionaria y marxista del mundo, incluso la más democrática o antidemocrática, (según se mire); esos fenómenos de reconversión popular furibunda se manifiestan por las naciones con mucha frecuencia y nunca dejan de ser divertidos además de ridículos: el conservador se convierte en liberal, el socialdemócrata en revolucionario, el que nunca ha querido meterse en nada ahora lo está en todos los “fregaos” hasta el cuello y así sucesivamente, proclamando además, que son revolucionarios de toda la vida, ¡por qué no!, (buenas excusas no les falta en el fondo habida cuenta del resultado cosechado en treinta y cinco años del vigente desafuero), de tal manera que a más de uno le parecerá que el mundo se ha vuelto del revés, pero todo eso no será más que un espejismo que durará muy poco porque sin un verdadero ideario, sin un partido político compuesto de cuadros bien preparados y mejor organizados, que articule la acción de las masas y su descontento, todo, no pasará de ser como una espesa pompa de jabón o una burbuja de aceite refrito que estallará en las narices de las gentes provocando múltiples desarreglos respiratorios.

Hemos dicho también que no existe, entre los actuales, ningún partido político que concite el respeto ni tenga la ideología adecuada ni el rigor necesario para dirigir y ordenar el próximo estado de cosas, pese a que algunos ya empiezan a desmarcarse hábilmente e intentan convertirse en los nuevos ejemplos a seguir, ¡faltaría más!. Necesitaríamos un buen montón de páginas para demostrar que, en efecto, los políticos que dirigen y han dirigido el país, empezando por el innombrable y posterior miembro del “comité de sabios” y otros prohombres del reino, miembros de recientes fundaciones iluminadas como el ó la FAES, son y siguen siendo una verdadera pesadilla, y no nos vamos a tomar la molestia.

Es por tanto absolutamente necesario que alguien le dé vida y lo genere, (al nuevo partido y sus líderes). Pero que eso suceda es muy improbable. Lo es porque “la amalgama de necedad democrática” de los últimos treinta y cinco años ha eliminado todo posible alumbramiento creíble y nuestra juventud está muerta desde que nació porque fue traída al mundo por una generación de padres que, por un lado, se rindió a la comodidad y a la corrupción de la libertad y el facilón modernismo, y por otro, se metió a redentor de entuertos y a lo que no sabía hacer. Eso sin hablar de aquellos otros cuya sed de revancha y desquite les dejó cegados de por vida e incapacitados para ver con honestidad la historia de España y su futuro, o lo vieron tan “clarito” que ninguno más nos hemos dado cuenta. Esto no es retórica. Nada como una sociedad democrática moderna para cercenar profundamente todo instinto de rebeldía, toda necesidad de buscar lo diferente y luchar por ello, por lo que se encuentre al otro lado de la estupidez gobernadora. Es cierto que en periodos harto dificultosos nacieron hombres de gran talla. Ninguno de esos periodos históricos estuvo tan menguado a causa del peso de la podredumbre mental y espiritual que implica la comodidad y el consumismo de una acción política moderna despojada de todo valor moral como la actual.

Por otro lado pensar que alguno de los partidos presentes se vaya a caer del palo en el que esta encaramado, es también un mero deseo pueril por la misma razón, (jubílense por favor y vivan de lo que hayan ahorrado trabajando de señorías, no sigan esquilmando también las arcas de la Seguridad Social).

Así pues sólo nos queda la posibilidad de que ese partido o ese líder venga, surja o se construya, de algún modo, por arte de magia o en el extranjero o en algún lugar alejado, a modo de Mohandas Ghandi, y no contaminado de esta nube de gas metano que nos envuelve y asfixia cada día. Pero mucho me temo que esto no sea más que hablar de física astronómica y de ciencia ficción.

Por tanto creemos que será la pobreza, cuasi completa, lo que nos espere al final del camino y la que nos mantenga hundidos en la ruina una larga temporada hasta que los que sobrevivan puedan incorporarse de nuevo al poco menos que eterno juego del entusiasmador capitalismo.

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 ¿Habrá una guerra de reajuste? No lo creemos. Esa posibilidad depende casi por completo de los poderes e instituciones político-financieros, y que la provoquen o no, que la faciliten o instiguen, dependerá de que otras opciones, no bélicas, hayan fracasado estrepitosamente y no arrojen mejores resultados de recuperación económica. Pero también requiere que los intereses geoestratégicos internacionales sean coincidentes en ese punto y eso se nos antoja particularmente improbable. Una guerra abierta en un país europeo circunscrita a sus propias fronteras y sin implicaciones con los países del entorno, no sólo es poco menos que pura fantasía propia de juegos de ordenador sino contraproducente, fuera de tiempo y extraordinariamente perjudicial para todos los intereses. Eso sin tener en cuenta que Europa, por fortuna, ya está ahíta de guerras. Antes se contemplaría mejor esa posibilidad en un contexto de revolución que en otro de mera guerra de reajuste alzada sobre cualquier excusa nacionalista o de desorden público y descontento social. Bastará,- pensará el gobierno de turno-, con reprimir de las protestas más virulentas.

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¡La revolución! Imaginar que la España del siglo XXI haga una revolución, esto es, cambiar la estructura administrativa, social, política y económica del Estado, con lo que eso conlleva, instaurar una nueva forma de vivir y de pensar, levantar nuevos valores ideológicos y educativos, transformar la arquitectura troncal de la nación y llevarlo a cabo en un contexto de modernidad occidental como es en el que está ubicado el país, es poco menos que inconcebible. No ya porque forme parte de la moderna Europa, del € y del mundo occidental a todos los efectos, o sea, no sólo porque se encuentre más allá del punto del que no se puede regresar ni retroceder si no es por la fuerza de una inimaginable hecatombe monumental, sino porque España en sí misma está exangüe e incapacitada para usar las energías que necesitaría para ejecutarlo con las mínimas garantías de justicia y éxito. Y cuando decimos reducida nos referimos también a las ideas.

Quizá sirva de razón decir que España es una realidad agotada, denostada y muy cansada. No ya durante la última mitad del siglo XX y sus guerras, sino durante su primera y caótica mitad, durante todo el siglo XIX. En realidad y sobre todo, desde el siglo XVII, (ningún político en activo diría eso claro está), pero repásese la historia y repárese en que los demás países participaron también de tal despilfarro de energías pero nunca tanto esquilmándolas desde dentro de sus propias instituciones ni abusando tan desagradecidamente de sus propios pueblos. Dicho eso dentro de un contexto estrictamente occidental.

No entramos ahora en detalles históricos a los que, en todo caso, todo el mundo puede acceder. Nos limitaremos a señalar sumariamente el manifiesto desconocimiento y el profundo desinterés existente en la mente general del pueblo para con la historia de siglos de España. De tal manera que encontrar en la actualidad, en nuestro ánimo y en nuestras mentes el germen de la revolución, el germen unívoco que convoque en el espíritu del pueblo una empresa como esa, es un disparate. Y aún más si se espera verla luchar en las calles y en las instituciones de España con ideas claras en la cabeza. Ciertamente se nos antoja una alucinación.

Es cierto que hablamos de la energía que nace de la mente social y no del instinto popular, y siendo fuerzas muy distintas debemos considerarlas por separado pues mientras la primera está apresada por el temor, la pereza, la reflexión errática y la inconsciencia; la segunda es inmedible e incontrolable. En efecto, la fuerza bruta de las masas es aquella que nace de la pura necesidad por sobrevivir y del hambre, y es tan potente como peligrosa si no está controlada por un partido político o un Estado que la dirija hacia un punto definido. Y esa es la cuestión en sí. Con una población arrojada en la estrechez general (dentro de unos años) y sin más gobierno ni partido que la dirija de forma alternativa, ni reflexión social válida, el desastre está más que servido. Nos abstenemos (de momento) de hacer una aproximación de lo que sería una explosión instintiva de las masas llevadas por la pura necesidad y sin el control conveniente. Baste decir que aún con la existencia de un partido disciplinado ni siquiera sería suficiente para controlar adecuadamente tal estado de cosas, complicadísimo por demás.

La democracia moderna como sistema de gobierno no es un bien. Ni es algo bueno sino en la medida en que impide males mayores. Es, por el contrario, un mal cierto e inevitable. Y también el menor mal considerado. Porque permite que el daño que se produzca (y siempre se produce) sea denunciado y quede reducido al menor posible de sus tamaños según posibiliten las circunstancias. Estamos convencidos de que la diversidad de opiniones propia de la vida democrática es, en general, algo bueno, pero no porque las decisiones salgan enriquecidas, (no siempre ni mucho menos) sino porque es la mejor manera de calmar a los descontentos, pero se advertirá fácilmente que un exceso de opiniones, igualmente válidas en lo ordinario, es contraproducente cuando se trata de gobernar, y termina por generar división, confusión y finalmente la confrontación.

En este momento (y no sólo nos referimos a esta última legislatura ni a la penúltima, ni a la antepenúltima), el país está gobernado por los hijos y los nietos de la generación que perdió o ganó la guerra civil y ya quedó dicho y demostrado, más o menos allá por los años sesenta, que sendas camadas eran en lo esencial indiferenciables. El resultado está a la vista y no puede ser más palmario. Insistimos en que no nos referimos sólo a los últimos años. ¿Son los hijos de estos hijos,- nos preguntamos-, los que harían la revolución? Dicho de otra manera, ¿son los jóvenes menos preparados, con menos entusiasmo, más desmotivados y menos capaces de entre los hijos cuyos padres han actuado y estado políticamente más equivocados, los que llevarían a España a la revolución? Quizá. Todo es posible en esta vida, pero a buen seguro alguien habría de propinarles antes un buen enjabonamiento general con un buen estropajo de nanas.

*   *   *

Reinventar la transición, tal como parece que aconsejan voces europeas, requiere un cambio profundo sin el cual todo volvería a ser lo mismo. Es decir volver a empezar sin cambiar la base del sistema político: monarquía parlamentaria, autonomías, etc. sin tocar la raíz de nuestra esencia como pueblo, no serviría de nada. Habría que cambiarlo casi todo y ya puestos, por qué no hacer una verdadera revolución. Pero ya hemos dicho que eso no podría hacerse desde la actualidad como ejercicio de continuidad y con el material humano de las generaciones presentes. Y si se intentara sería un empastre de proporciones lamentables. ¿Que qué nos queda? ¡Aguantar!.

Suele uno preguntarse, llegados a este punto, que cuál es la solución, cuál es la alternativa a todo esto y a este sistema político que más parece actuar en contra de una sociedad ordenada y bien administrada que a su favor. Pues bien, a nuestro modo de ver, no existe.

Los pueblos del mundo no conciben ya ni quieren ni están dispuestos a aceptar cualquier otro sistema de gobierno en sus respectivos países que no pase por las urnas, si quiera sea de forma fraudulenta, o que no esté bendecido por el concierto de los demás países democrático occidentales. Cualquier gobierno que se alce con el poder de cualquier otro modo no duraría tres días. Y muchas veces, aún siéndolo tampoco sobrepasa con mucho ese plazo, según sea del agrado de sus vecinos o no. Eso es tan seguro como que el presidente norteamericano actual es negro.

Julio César se proclamó dictador vitalicio, y para sus tiempos, según el decir de la historia, no era mal gobernante pero ya sabemos lo que le pasó. Podríamos pensar, en un modesto ejercicio de imaginación, en un grupo de personas, o en una persona sabia, templada, culta, capaz para gobernar un país. O un grupo de ellos. Nadie les votaría. Tampoco ellos se presentarían para tal cometido, (no les es propio). El pueblo no quiere que les gobierne ese tipo de personas, por más justas y preparadas que puedan ser o estar, ni tampoco por ese tipo de gobiernos compuestos por personas especialmente preparadas. O por otras,- dictadores-, buenos o malos, preparados o no.

Muchos piensan,- no sin razón-, que es mejor que sea así y que todo siga como está porque las cosas se han de corresponder con sus iguales para que formen una unidad que se mantenga en el tiempo, aunque fracase de tanto en tanto, (y siempre fracasa), pero concebirlo como algo que se sitúe por encima de la cabeza media o que no refleje al ser común o no igual a lo que es una mayoría social homogénea, sencillamente no es factible.

El pueblo quiere un igual en el poder, alguien que se refleje en ellos, que sea igual que ellos, que al serlo les merezca la misma confianza que se otorgan de sí mismos. Aunque una vez en el poder, “si te he visto no me acuerdo”. Y eso aún cuando se alberguen serias dudas de la honradez del presunto elegido. En eso radica el castigo de la corrupción y el mal gobierno, en que se elige lo malo aún sabiendo que lo es o que muy probablemente, lo puede ser. ¡Pensar nunca, que luego duele la cabeza! Jamás se elegirá lo que está por encima de lo que se alcanza a comprender, si quiera sea un poquito, y el electorado pocas veces se ha distinguido por su altura de miras si no ha sido esforzándose mucho y está claro que no es lo suyo, excepto cuando se trata del beneficio propio y próximo.

Así pues, sólo las urnas traen paz al pueblo y ya hemos visto qué clase de paz traen. Qué clase de orden, qué clase de gestión, de libertad, de justicia. ¡Todo bien aderezado con unas gotas de corrupción general! Pero que no cunda el pánico, como decía el otro, nada es lo que parece y además siempre podremos ir al bar a pasar el tiempo.

¿Que qué nos queda de verdad? Sufrir y aguantar. Desear larga vida al capitalismo y, de paso, a la bonita democracia. También podemos orar un poco antes de acostarnos cada noche, ir a la iglesia a encender velitas a la Virgen de los Desamparados y rogar que las crisis no sean muy duras ni duren mucho. Amén.

P. d.

Lo sentimos mucho por las tertulias de la tele.

[1] (Parafraseando el inicio del texto del “Manifiesto comunista” de Marx y Engels)

6 pensamientos en “Depauperación, guerra o revolución (2ª parte)

  1. Dale ideas a tu amigo Susil,que te prepara la revolición en un santiamén.¡pobre!.Pocas esperanzas das por otra parte,os habèis propuesto los dos ponernos la soga al cuello.¡¡Que Dios nos pille confesaos!!.

  2. Claro, claro, ya digo, no es mala idea ponerle velitas a la virgen y rogar para que la crisis no dure mucho ni sea muy dura; que ya esta durando y ya lo esta siendo.
    Pero bueno, alegría, que las cosas no son lo que parecen y además siempre nos queda ir al bar con los amigotes a por unos cortos de cerveza y unas cortezas.

  3. Ya desde el primer párrafo expones las posibles opciones: creciente depauperación, guerra de reajustes, una nueva transición democrática y la revolución. Me gusta el análisis que vas haciendo, desgranando y analizando cada una de ellas; en algunas con cierto subjetivismo. Sin embargo, “no te mojas”, no haces propuestas, tiras la toalla. Pero la historia debe continuar, aunque desconocemos los derroteros. ¿Quién les iba a decir al populacho que tomó La Bastilla, que su historia iba a trascender hasta nuestros días?
    Si estableces que el pueblo busca representantes en el poder. ¿De qué nueva forma podría representarlo? ¿Habría algún tipo de reforma básica de la democracia, de las instituciones, del control o de los propios votantes? o ¿podría ser válido ese partido revolucionario por llegar que programa nuestro amigo?

    • Gracias por tu observación.
      A través de la exposición que hacemos en este artículo, (en realidad en todos los publicados) no creemos que sea posible ninguna de las tres opciones que forman parte del título: ni guerra de reajuste, ni reinvención de la transición, ni revolución. Pero sí depauperación y desaparición de las clases medias.
      Es cierto, tal como señalas, que la sociedad va a continuar existiendo, por supuesto. Creemos que en realidad, la sociedad es una de las cosas que existirá hasta el final de los tiempos, pero determinar, si quiera sea aproximadamente, el modo en que sobrevivirá a cada época, a cada gran crisis, es para nosotros, un claro ejercicio de ciencia ficción.
      Podemos establecer que, el capitalismo evolucionará, pero nos es imposible saber cómo ni hacia dónde.
      Por otra parte, existen en la actualidad muchos focos de gran tensión militar y política en el planeta que podrían desembocar en algo, seguramente impredecible o quizá en un orden mundial distinto.
      Podríamos pensar también que, dado el avance tecnológico mundial, pronto el mundo se transformará en una especie de lugar robotizado cuyas leyes de funcionamiento social y político se nos escapan por completo. Y muy probablemente esos habitantes del futuro podrían decir que “quién les iba a decir a los ciudadanos de principios del siglo XXI que cien años después, sus descendientes vivirían en colonias de otros planetas sin derechos de ningún tipo o con todos los del mundo”.
      Lo que parece claro es que “la democracia capitalista” ya ha hecho su recorrido histórico y ha desvelado todas sus posibles formas, vicios y virtudes.
      En realidad nuestra época bien podría parecer una segunda parte, (a la moderna) de la democracia Helena, y ésta sucumbió del todo por sí misma, (F. Hegel “El mundo griego”) y con la aparición y dominio del Imperio Romano.
      Bien podría establecerse que la modernidad ha tropezado dos veces en la misma piedra y que podrá seguir haciéndolo en el futuro otras tantas, pero siempre con el mismo resultado inviable hasta que finalmente se dé el paso siguiente, uno diferente, ese que de momento nos parece ciencia ficción.
      Chapuzas va a haberlas, cambios para que nada cambie va a haberlos, juegos malabares también, también parches más o menos oportunos y acertados, pero nada que mejore, adecente y sanee de verdad la organización social actual.

  4. Ciertamente la depauperación y desaparición de las clases medias es ya una realidad presente en la vida de cada uno de nosotros. Ahora bien, si consideras que la democracia capitalista ha hecho su recorrido histórico, se sobreentiende que ha llegado a su límite y está en una agónica muerte de la que se defiende mediante “transformaciones”, como esas imágenes robotizadas que se amoldan para subsistir. Entonces ¿por qué afirmas en otro párrafo que “el capitalismo continuará, pero nos es imposible saber cómo y hacia donde?
    Sí estoy de acuerdo contigo en la caída en picado de ese capitalismo globalizado. Pero , lo mismo que hay unas fechas puntuales históricas que originan el inicio de una era nueva o la crisis de todo lo anterior (476- 1453- 1789) ¿dónde colocarías el comienzo de esa muerte capitalista y la gestación de algo nuevo por nacer?

    • No creemos en la muerte del sistema capitalista. Cuando decimos, en efecto, que la democracia capitalista ha hecho ya todo su recorrido histórico y ha mostrado palmariamente sus vicios y virtudes, no queremos decir que esté muerto o a punto de morir, sino que ya no puede sorprender al pueblo con ninguna solución.

      La sociedad no puede ni debe esperar de ese sistema la solución de sus desajustes porque no tiene capacidad, ni es su cometido, resolverlos con justicia.

      Pero también afirmamos que el hombre no admitirá para su gobierno otro sistema distinto porque a pesar de su incapacidad intrínseca y manifiesta, es el único sistema admisible por el hombre dada su naturaleza.

      De tal modo que el capitalismo más o menos “democrático” subsistirá en el tiempo. No desaparecerá. Se perpetuará, pero con unas formas de organización que, de momento, no alcanzamos a vislumbrar sin que nos parezca estar haciendo un ejercicio de ciencia ficción. Dicho de otro modo, el hombre esta atrapado en su propia trampa y camina ciego dentro de ella sin saber a donde se dirige.

      El hecho de que la historia de la humanidad haya recordado las fechas que citas no significa que la infraestructura política y económica subyacente antes y después de ellas, muriese y naciera del todo, sólo cambió y adquirió nuevas formas.

      El capitalismo, formalmente considerado, tiene seiscientos años de vida; el capitalismo industrial, la mitad, (groso modo). Es sobre todo este nuevo capitalismo el que se perpetuará. En cuanto a las nuevas formas de vida que nos esperan (siempre dentro del capitalismo), no habrán de tardar mucho en llegar, y no tienen por qué ser todas malas si, en la estrechez de algunas de ellas, hallamos virtud.

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