Qué vendrá ahora

El sistema capitalista ya ha cumplido un buen trecho de su recorrido existencial e histórico mostrando de forma palmaria sus servicios y contribuciones a la humanidad.

Ha propiciado y potenciado el comercio de todo tipo. Ha impulsado un fantástico desarrollo industrial y un extraordinario progreso científico y tecnológico. También ha generado injusticias clamorosas, desdichados fracasos políticos, guerras de exterminio y situaciones de iniquidad innombrables. Ha generado y cultivado los extremos y vicios más execrables y también las virtudes más honorables, aunque, estas últimas, en una exigua medida y por causas indirectas a su verdadera intención. Y ha servido también para mejorar aspectos de la apariencia general haciendo aumentar hasta límites asombrosos la comodidad y el consumismo en la vida de millones de seres humanos al tiempo que se ha mostrado indiferente a una inmensidad de reivindicaciones, reclamaciones justas y planteamientos lógicos y de puro sentido común en relación a cuestiones de organización social, medioambientales y de sostenibilidad.

Es posible que en el futuro todos estos elementos traídos por el capitalismo aumenten o disminuyan. O quizá se mantengan en la misma medida o en un nivel parecido a partir de ahora, (crisis 2008-2020), pero el capitalismo como estructura y forma de vida no desaparecerá por ello. Básicamente porque ningún otro sistema de organización económica, política, social e, incluso educativa y moral, se mimetiza e identifica más y mejor (para bien y para mal) con la naturaleza biológica del ser humano. (Biología humana, sociedad y comportamiento, ed MaachPr)

Esas son las razones por las que afirmamos que el hombre no admitirá para su gobierno otro sistema distinto que el actual, porque es el único que reúne, en sí, cuanto de admisible le resulta al ser humano dadas las aspiraciones que alimenta el profundo sentir de su genética biológica, del mismo modo que también a su naturaleza básica es consustancial, el enamoramiento, el deseo de poder, la envidia, el odio, etc.

No creemos por tanto en la próxima muerte y desaparición del sistema capitalista y mucho menos que nos dirijamos hacia una situación de barbarie como en su día Roma, según dicen algunas voces. Al  imperio romano no le sucedió eso y nosotros no nos dirigimos a una situación de barbarie porque, en todo caso, siempre hemos estado instalados en ella.

Permítasenos una digresión; nos gustaría saber lo que entiende por barbarie el noventa por ciento de la población. ¡Acaso no lo es vivir del modo en que vivimos!. (Perdón, ya caigo, le llamamos modernidad). Que existan terrazas en los bares donde podamos ver el futbol en grupo, vocear, y tomar una caña mientras hablamos a gritos sin escucharnos,- por no citar un montón de ejemplos más-, no significa que vivamos de forma civilizada, o que la civilización no deje mucho que desear. De modo que nada cambiará respecto a eso.

Pero antes de continuar deberíamos definir el sistema capitalista, o al menos intentar hacerlo de un modo que nos sirva para saber de lo que estamos hablando. Definir el capitalismo no es fácil ni sencillo porque, en realidad no es ni sencillo ni fácil y ya lo hicieron a fondo y con pelos y señales otros más capacitados, pero quizá haya un modo de identificarlo sumariamente para lo que aquí nos interesa, diciendo que es aquel sistema de organización social, política y económica que permite el enriquecimiento particular de las personas, o albergar el mero deseo de enriquecimiento, aún cuando la inmensidad de ellas no consiga a lo largo de una vida si no el peor de los empobrecimientos. Se trata de una definición simple sin duda pero tan sustancial como ajustada a la realidad; del mismo modo que la democracia moderna podría ser definida sin temor a errar, como el ejercicio del sufragio universal. Ambas cosas son, insistimos, definiciones simples pero medulares, de sistemas que encierran, obviamente, elementos mucho más complejos.

En cualquier caso, la sociedad en su conjunto no puede ni debe esperar de este sistema la solución de los propios desajustes que genera porque no tiene, en su estructura genésica y fundacional, por así decir, capacidad alguna para evitarlos por muy graves que sean, y mucho menos que los resuelva con justicia. Ni es su cometido. Ni tiene por qué.

No puede solucionar el desempleo y la pobreza, cuando la crisis la hace aparecer, porque se rige por la aritmética neta de los beneficios, el afán de acaparar y la supremacía, de la riqueza, no por los buenos sentimientos ni por el sentido racional del reparto. Ni puede satisfacer las demandas sociales, cuando desaparecen por la misma razón. Porque en realidad, cuando existen, aparecen por extensión de una sobreabundancia, combinada con la acción oportuna del partido o la ideología política de turno. Porque el bienestar o la depauperación de la sociedad, no la pone ni la quita la clase política si el capitalismo no lo genera o lo pierde previamente y, siempre a costa de la miseria y expolio de otras regiones del globo.

Pero no es menos cierto que el sistema político, (el que quiera que sea o como quiera que se defina), puede inspirar e incluso decretar que las relaciones económicas sean de un modo u otro, y en ocasiones, puede ejercer la suficiente presión o poder sobre la estructura económica para revertir una situación de pobreza generalizada o dar la vuelta a una situación dada sin que por ello el capitalismo en sí, sufra el menor cambio o deterioro en su estructura fundacional, aunque sí puedan resentirse las relaciones políticas con otros países.

En efecto, aún cuando en la totalidad de los países europeos, se está practicando una política de saneamiento de la deuda (caiga quien caiga), en otros países se han decretado soluciones distintas que han arrojado resultados mejores para la población. No vamos a ser nosotros los que digamos lo que habría que hacer pero sí indicar que economistas y ensayistas de reputado prestigio vienen lanzando desde hace tiempo las ideas que propiciarían soluciones eficaces para reorientar satisfactoriamente la economía; esto es, de modo menos lesivo para los sectores más desfavorecidos.

Otra cuestión es que el poder político tenga capacidad intelectual, conocimiento suficiente, el valor necesario y lo sepa hacer. Y hablando de saber, ciertamente encontramos muy poco saber. Muy poco. Tan poco se sabe que en vez de acumular enseñanzas útiles se ha terminado por confundirlo todo, (cada vez sabemos más de cada vez menos). Y se ha confundido tanto que se ha convertido en una gran montaña de confusión. Hoy en día es casi imposible tener una idea clara de nada porque el verdadero significado de las cosas está enterrado bajo montañas y montañas de orujo fermentado y vapor irrespirable.

Intentar traer a la superficie cualquier idea limpia o neta; política o económica, social o cultural, es una labor poco menos que inútil e imposible. Y decimos esto porque, de vez en cuando, por aquí o por allá, alguien da a conocer la idea que acabaría de un plumazo con la crisis económica actual y la depauperación en la que están precipitándose millones de personas, antes instaladas cómodamente en las clases medias, por ejemplo, y nadie se da por enterado de puro embotamiento, ceguera y tozudez enfermiza y enferma, (las dos cosas). Sirva esta hipérbole para dar paso a las ideas y palabras de J. Ralston Saul cuando escribe: no hay razón para salvar a los bancos, no necesitamos tanto dinero. Lo razonable habría sido aprovechar la oportunidad para limpiar el desorden financiero… el crecimiento no nos va a sacar de donde estamos, la austeridad tampoco… El dinero es una convención y hay mucho más que lo que vale aquello que lo representa

No es sino la ignavia congénita y secular lo que nos impide reaccionar adecuadamente. No tenemos comprensión de nosotros mismos ni de nuestro propio papel en la sociedad, de la misma manera que un gato es incapaz de reconocerse a sí mismo cuando se ve reflejado en un espejo, con la diferencia de que en el felino es natural. Nos pasa con todo y la democracia moderna, lejos de captar y poner en práctica las buenas ideas, actúa como el caldo idóneo que aún propicia más el sinsentido, porque no existe otro medio en el que se multiplique mejor cualquier disparate o disfunción.

Es el hombre quien gobierna en el mundo. Es el hombre quien se enriquece, quien se empobrece, quien acierta y quien se equivoca; y no es sino en el marco de esa hipótesis donde se encierra la solución a la actual crisis y la salida del empobrecimiento de las clases medias que ya es un hecho muy lamentable en este inicio del siglo XXI. Es el hombre, y en concreto, el gobierno de los distintos países,- compuesto por hombres-, el que se equivoca cuando despacha recetas desvirtuadas y patidifusas en relación a la realidad de las cosas.

Por eso decimos que ya ha llegado el momento, y no hay remedio, en que “el hombre que dirige” no pueda sorprender gratamente al pueblo dirigido, con ninguna solución verdaderamente satisfactoria, porque el sistema capitalista que mantenemos y nos engulle, no se ocupa de lamer heridas ni de resolver entuertos. Y hoy menos que nunca porque hoy el capitalismo es el mismo hombre, nunca como ahora tan separado del camino, o si se prefiere, tan equivocado respecto a lo que debería ser la sencillez de la medida humana. Y si a lo largo de su transcurso ha propiciado también, o generado cosas buenas y bien acogidas por las clases menos favorecidas, ha sido por inercia o de forma colateral. Quien niegue esta evidencia sólo complacerá su propio engaño.

De tal modo que el capitalismo moderno, más o menos “democrático”, más o menos maquillado, subsistirá en el tiempo. No desaparecerá. Se perpetuará. Pero lo hará con unas formas de organización que, de momento, no alcanzamos a vislumbrar sin que nos parezca estar haciendo un ejercicio de ciencia ficción, pero cuya materialización se nos presenta ya muy próxima y será, sin duda, cualquier nuevo disparate. Otro carrusel multicolor adornado con fuegos artificiales y atracciones de feria que no hará sino aumentar el tamaño de la montaña bajo la que la humanidad continuará enterrada tan campante.

Dicho de otro modo, el habitante de las democracias modernas, orientales y occidentales, está atrapado en su propia trampa, y sobrevivirá en ella berreando y pataleando tan ingenuamente feliz y ocupado-despreocupado al mismo tiempo. Y no será más bárbaro en el futuro de lo que es ahora, ni menos falso ni se auto engañará menos.

Acaso no es una barbarie el propio hacinamiento de las sociedades humanas de hoy. ¿No sigue vigente la explotación abusiva y salvaje del hombre por el hombre en todos los puntos cardinales?. ¿Acaso ha desaparecido el hambre de poder, o de enriquecimiento?. ¡Acaso no prevalece a duras penas la cordura el equilibrio y la justicia!.

El capitalismo, formalmente considerado, tiene seiscientos años de vida; el capitalismo industrial, la mitad, (groso modo).  Es sobre todo este nuevo capitalismo el que se perpetuará. En cuanto a las nuevas formas de vida que nos esperan (siempre dentro del capitalismo), no habrán de tardar mucho en llegar, y no tienen por qué ser más malas que las sufridas durante la presente crisis si una vez ubicados al otro lado del consumismo y la abundancia, encontramos en la estrechez, o en otras formas de afrontar las penurias, la forma de reducir los deseos de acumular riqueza generando mejores y más coherentes maneras de vivir.

5 pensamientos en “Qué vendrá ahora

  1. Como filósofo conocerá la obra de Giambattista Vico. Entre otras, en “En torno a la naturaleza común de las naciones” (1744) afirma que la historia no avanza de forma lineal, empujada por el progreso, sino en forma de ciclos que se repiten; es decir, implicando siempre avances y retrocesos, marchas y contramarchas, idas y vueltas. Pero no es un movimiento pendular “a lo Keynes”o el eterno retorno de Nietzsche, sino espiral; es la vuelta desde una nueva perspectiva que se perfecciona.
    La historia es recurrente y ningún periodo, llámese como se llame, tiene la última palabra. Por este mismo motivo, siempre nos encontraremos a lo largo de la historia con dirigentes, opresores o simplemente guías sociales buenamente disfrazados (ciudadanos, patricios, emperadores, señores feudales, príncipes, reyes, oligarcas…) y la gran masa, los oprimidos, “los sufridores sociales” (ilotas, metecos, plebeyos, siervos de la gleba, pueblo llano, hasta la consabida y presuntuosa clase media-almohadilla entre los unos y los otros-).
    Si esto ocurre con los distintos sectores sociales, lo mismo pasa con los sistemas políticos; las finalidades son las mismas: trabajar para un grupo social o individuo privilegiado, con mayor o menor “candor presencial” ante la masa desfavorecida; pero siempre son “los mismos perros con collares variados y mejorados estéticamente y perfeccionados en el broche”. Da igual el nombre que tenga. Llámese monarquía con todas sus acepciones (autoritaria, absoluta, ilustrada o parlamentaria), república, imperio, reinos feudales, democracia… todo es lo mismo con un punto más de tuerca, buscando la perfección del sistema y un mayor beneficio para los mismos.
    Pero, como decía antes, nunca ningún periodo histórico ha sido, es y será eterno, ni siquiera la democracia.

    • Le estoy agradecido por enviarme su bien compuesto comentario. Gracias.

      Ciertamente, “nunca ningún periodo histórico ha sido, es y será eterno, ni siquiera la democracia”. Y debemos añadir que por fortuna, al menos y sobre todo en lo relativo a lo que se conoce como democracia moderna, dado el alto grado de degeneración moral alcanzado y la menguada estima de los valores espirituales y educativos.

      Quizá sea oportuno señalar que, independientemente de que la historia avance de forma lineal, en espiral, con avances y retrocesos, pendularmente o como quiera que los distintos pensadores consideren, y sin restar mérito alguno a esas ideas pues todas ellas, en nuestra opinión, tienen un determinado grado de fundamento, podamos añadir que, nunca antes como ahora, el poder político y económico, ha estado, tan literalmente, en manos de individuos comunes y corrientes, entendidos éstos como parte de “la gran masa”, de los “oprimidos”, que por mor de sus esfuerzos y habilidades personales, (estafadores, caradura, labia, mentirosos, ladinos, aprovechados, y algunos honrados, etcétera) conjugados con el sistema económico y político dominante, esto es, capitalismo y democracia-, se han aupado a esas otras categorías de ricos, oligarcas, etc.

      De ahí que en nuestro artículo afirmemos, de forma sintética, que el capitalismo es aquel sistema que permite o facilita el enriquecimiento del ciudadano particular, consígalo o no; y que por eso mismo no veamos la muerte de este sistema ni su final, detrás de la esquina pues el posible o probable enriquecimiento siempre tendrá pretendientes muy activos. Tanto más cuanto más pobres sean.

      Otros sistemas políticos pasados, otras formas de gobierno han existido, sin que tal fenómeno de “oportunidad masiva” haya acontecido, entre otras muchas cosas porque estaban en vigor valores espirituales determinados que lo impedían, y que tras las “revoluciones” o “convulsiones” correspondientes manipuladas o espontáneas, dejaron de representar impedimento a las nuevas formas de poder y progreso hasta llegar a la igualdad llana (nominal o real) en la que estamos insertos de forma progresiva desde 1789.

      Tanto es así y tan exagerada y artificiosa es la forma en que esa igualdad se manifiesta que basta dar a conocer una simple opinión contraria a la aceptada popularmente, para que el país entero ulule durante días enteros mostrando su escarnecido dolor. A veces las palabras que causan tal escándalo, mediático y social, ni siquiera son opiniones reflexionadas, sino errores o equivocaciones que se dicen apresuradamente y sin pensar. Eso no ha pasado ni pasaría en sociedades equilibradas y espiritualmente sanas.

      • Le pongo un anteceedente muy claro:la Revolucion Francesa con sus respectivas fases(Asambleas Constituyente y Legislativa, la Convencion y el Terror)hasta el Directorio.Las mismas clases sociales,pero menos educadas.

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