Los hijos del hombre moderno

No es un buen indicio de salud mental estar bien adaptado a una sociedad enferma. Tampoco lo es respetar sus absurdas leyes al pie de la letra o tratar de impedir su caída contribuyendo a mantener una destartalada cohesión. Ni convivir con ladrones, mentirosos y cargos públicos de medio pelo. Ni siquiera lo es que un pueblo entero acepte nutrirse de unos medios de comunicación manipuladores, domesticados y vergonzantes, o aprestarse a participar, a uno u otro lado de la pantalla, en tertulias igualmente manipuladas que, siempre y sin remedio, se desarrollan como si fueran un galimatías y sin pies ni cabeza, interrumpidas por si fuera poco, por largos minutos de anuncios de publicidad.

Ahora se ha puesto de moda indignarse por los llamados “skrachers”. A cuento de qué o en nombre de qué decencia, sentido de la justicia o de la legalidad, (a estas alturas), nos preguntamos, viene este estremecimiento de puridad de los políticos y parte de la población, contra quienes les cubren de improperios, molestias y vergüenza pública a la puerta de sus propias casas. ¿Por qué no?

Se trata de políticos cuya labor más señalada, es y ha sido, no hacer nada bien y sembrar la inquietud, el latrocinio y la muerte, directa o indirectamente, entre la gente sometida al abandono y la injusticia de las propias leyes. En una sociedad justa y bien reglada, no sería ciertamente una actitud ejemplar la de estos ciudadanos, pero es evidente que no vivimos en un modelo de sociedad justa, y la protesta de estos grupos no deja de ser una manifestación profundamente sentida y plenamente justificada. Más perjudicial es la de aquellos que les critican alegando razones de justicia democrática y de convivencia, porque eso, de hecho, ya no existe en los términos en que debería existir. No funciona en cosas más graves y no lo hace tampoco en el asunto de las hipotecas. En otras circunstancias propicias este tipo de comportamiento sería gustosamente admitido. Tanta razón se tendría en un caso como en otro. Se jalea lo que conviene, se afea lo que no gusta. Lo que esto pone de manifiesto es, como siempre, la nula altura educativa y moral de la vida política y social de España y lo lejos que está, no ya la revolución, sino cualquier acto acertado, público, masivo y verdaderamente importante.

Ya hemos hablado en artículos anteriores sobre la presunta salud en que se mantiene España; es decir, la enfermedad en que se ha instalado progresivamente a lo largo de los últimos treinta y cinco años precisamente. Si, precisamente. Aunque pueda parecer o debiera ser mentira. Porque durante el período anterior no se avanzaba tanto ni tan deprisa hacia esta barra libre de degeneración institucional y social. Ahora la enfermedad del país ya es terminal. Es más que terminal, definitiva. La desvergüenza, la confusión y desorientación son completas.

A diferencia de épocas anteriores durante el transcurso de las cuales se producía un efecto pendular de crisis y recuperación a lo largo de períodos relativamente cortos, este tiempo nuestro es el final de todo proceso regenerativo. En efecto, el período democrático de los últimos treinta y cinco años ha conseguido poner a España al mismo borde de su liquidación y en el certero punto exangüe en el que ya no es posible conservar nada salvable excepto los escombros. Es como si lejos de ralentizar o detener un proceso para imprimir después el impulso vigoroso de las nuevas generaciones, hubiésemos cristalizado un total envenenamiento y podredumbre imposible de sanar.

Aún así, son multitud los que prestan su aliento para hacer renacer lo que dicen es “democracia”; es decir, la igualdad “nominal” en derechos y deberes de hombres y mujeres a través del ejercicio del sufragio universal y toda la falsaria estructura educativa, moral y política de que ha sido revestida.

Y así precisamente los que creyendo gozar todavía de buena salud, democrática y estar bien adaptados a sus supuestas buenas intenciones, son los que matan, aún más, el cuerpo que, bien intencionadamente pretenden hacer renacer. Bien intencionadamente o, mejor dicho, ingenuamente o con certera ignorancia. Y, también, por qué no decirlo, por propio y malsano interés personal.

No estaría de más recordar que son multitud los que han ejercido cargos “políticos” desde su primer trabajo de juventud y que junto a los intereses creados y extendidos en buena parte de la sociedad por ellos mismos y demás parentela, no van a claudicar ahora, ni a corregir, ni a facilitar el nacimiento de un nuevo sistema de gobierno del que no formen parte con la intención de perpetuar el provecho. No será con ellos ni será contando con su concurso como España vaya a dar el golpe de timón decisivo para poner rumbo a otras costas.

Algunos autores han escrito que durante los últimos años del franquismo y los primeros de la transición, fueron los propios políticos quienes, a sabiendas de que las reformas que introducían producirían al poco tiempo su propia desaparición, no dudaron en hacerlo para mejor funcionamiento de la nación en su conjunto, (caso paradigmático de Adolfo Suarez). Aún dando por cierta dicha tesis, ese fenómeno no se va a producir ahora, ni siquiera cuando también hay autores que la contemplan, la ruegan o la suspiran alzando sus ojos al cielo, por así decir.

Una de las negativas particularidades del mundo democrático y moderno, sólo una entre cientos, es que ha destrozado y hecho desaparecer toda referencia a aquello superior a la simple individualidad de cada cual, considerada en su mínima expresión, es decir, yo y sólo yo, al tiempo que llenamos la boca con aquella sandez de que “todos somos iguales”.

Hoy no se respeta principio filosófico alguno, autoridad espiritual, un valor moral, una creencia religiosa o el simple respeto a lo que se conoce y aún menos a lo desconocido. Y no porque no haya alguien por ahí a quien le queden ganas de respetar algo sino porque ni siquiera se conoce el verdadero significado de ese concepto.

Una de las estupideces más utilizadas es aquella con que la gente asegura respetar la opinión de los demás, respetar otras maneras diferentes de vivir, otras culturas, otros países, etc. cuando en realidad no sólo no respeta nada por la razón antes indicada, sino que cuando intenta hacerlo no es sino para imponer su estrecha, mísera y cicatera visión del mundo. Tal es la indigencia de ideas que nos alimenta. Y con ese alimento regamos la salud de España.

Un pensamiento en “Los hijos del hombre moderno

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