Si un día de estos

Si un día de éstos, cualquiera de nosotros mismos, (profesional de 40 – 50 – 60 años de edad, o joven con inquietudes), tomara la decisión de participar en la vida política y pública de España y de Europa, o del mundo; digamos que afiliándose a un partido existente o creando uno nuevo con objeto de poner orden e imbuir de cierta lógica humanizada el actual sinsentido de la vida política, social y económica,- pues por ahí habría que empezar y no por ningún otro sitio-; no demostraría otra cosa que la de estar completamente loco (en sus distintas variedades de trastorno mental), ser un completo estúpido, o estar poseído de una megalomanía proporcional a la suma del panteón de todos dioses que del Olimpo han sido (pobres dioses).

Tres calificativos estos: loco, estúpido y megalómano, que en sus distintos grados, pueden aplicarse con entera exactitud y certeza, a todos cuantos en España y en el mundo, se dedican a la política y están relacionados, de uno u otro modo, con el oficio del poder.

No volveremos a repetir aquí lo que, por fin, parece que empieza a ser obvio para algunos analistas y pensadores adelantados o sea, que la democracia actual ha causado el mayor estrago de las últimas décadas, y que no funciona. Nosotros afirmamos que no es sólo que no funcione, sino que es un sistema de gobierno intrínsecamente degenerativo. Afirmación que nos tememos aún tardará lustros en hacerse patente para esos mismos pensadores. Los ejemplos son tan abundantes como desastroso y evidente es el resultado de su devenir. (Échesele un vistazo a la historia doméstica reciente).

De momento, la inmensa mayoría de la población sigue creyendo, de forma ilusa, que el actual desaguisado social, político y económico no se debe al sistema de gobierno democrático (ese que a todos nos hace iguales en derechos y deberes) sino al mal uso que los políticos hacen de él. Equivocación mayúscula porque con la ley electoral de H’ont (o como se diga), con listas abiertas, cerradas o entornadas, el resultado de ese ejercicio democrático siempre es y será, inalterablemente, el mismo porque a la postre, siempre es el pueblo soberano el que mete las papeletas en la urna de la manoseada libertad.

Enorme error pero comprensible si tenemos en cuenta que la opinión de la gente sólo está basada en emociones más o menos simples y básicas privadas de toda reflexión, y en instintos más o menos primarios, sálvese quien pueda y ténganse en cuenta las excepciones, que excepciones siempre hay. Y no son éstas las palabras del enemigo del hombre sino del propio hombre.

Pese a todo hay quien acierta, en momentos determinados o en épocas concretas. Ahora, cada vez van siendo más voces autorizadas las que hablan de desacelerar el proceso de devolución de la deuda con objeto de incentivar el crecimiento. Los hay que dicen cosas tan juiciosas como ésa tan sólo por evitar el riesgo de poner en peligro la propia democracia, ya que las protestas sociales crecen exponencialmente en relación a la disminución de la capacidad adquisitiva en todos los países afectados. Pero también los hay que no se limitan a aconsejar semejantes ideas o proponer esas decisiones para evitar ese riesgo, sino para demostrar que el único modo de evitarlo es precisamente el de inventar otro sistema de gobierno que no tenga demasiado que ver con el que nos trae y nos lleva de la abundancia a la pobreza y de la escasez a la opulencia, según sople el viento en los despachos políticos de los mandamases democráticos.

Permítasenos recordar, no obstante, que formalmente, la democracia moderna es, ni más ni menos, que el ejercicio periódico del sufragio universal convertido en un Estado que se estructura en tres centros gestores, teóricamente separados e independientes entre sí: ejecutivo, legislativo y judicial.  Definición esta que se acuñó,- como todo el mundo sabe-, durante el periodo histórico que se conoce como Ilustración a través de la acción de no pocos pensadores, filósofos y políticos a lo largo de los siglos XVI y XVII y, finalmente cristalizado en el XVIII con la Revolución Francesa que hizo desaparecer de la faz de la tierra, a partir de entonces y durante los años siguientes, lo que se conoce como el Antiguo Régimen.

Nosotros somos hijos directos de aquellos tiempos y de aquellas transformaciones. Lo hayamos aprendido en la escuela o no. Y no fueron pocas ni de escasa importancia, pero sí suficientes como para que ahora las creamos lo mejor que le ha pasado al mundo y a quienes lo habitan.

Y he aquí que como si fuera un espejo en el que se refleja nuestra confusa, inquietante y confundida vida actual, un tal Denis Diderot y la Enciclopedia que compuso a mediados del siglo XVII muestra, sin pretenderlo, el resultado concreto de aquellas transformaciones de ese iluminado período en nuestros días. En nuestro hoy y ahora.

Vamos a contar un cuento que tiene mucho de realidad. El padre de Denis era cuchillero, (fabricaba cuchillos en el taller de su casa), pero a Diderot no le gustaba el oficio de su padre, y una vez que se puso a trabajar con él en su humilde taller, comprobó que ni siquiera tenía actitudes para ese oficio, lo cual no le impidió seguir sintiendo un enorme respeto y admiración por el trabajo de su padre. No sólo por el oficio de cuchillero, sino por todos los oficios de la Francia de su tiempo. Se diría que por todos los oficios del mundo: panadero, cajista, albañil, carpintero, pintor, calafateador, lampista, alfarero, impresor, cristalero, criado, acemilero, contador, ebanista, relojero, escribiente, tapicero, fregatriz, músico, deshollinador, camarero, mozo de cuadra, posadero, gañán, cocinero, etc. etc. etc.

El joven Denis Diderot se propuso sacar de la insignificancia y el anonimato al que estaban reducidos todos esos oficios y ponerlos a la altura de su verdadera importancia. ¿Acaso,- pensó-, no es más importante un violero que un aristócrata? El aristócrata es un parásito de la sociedad que no hace nada útil; en cambio un luthier fabrica un bien muy útil para el goce y el reposo de las almas. ¿Acaso,- se preguntó-, un mampostero no es más importante que un rey? El rey vive a expensas de sus súbditos sin hacer otra cosa que mandar, pero el albañil levanta casas y edificios para dar cobijo a la gente. Cada vez estaba más seguro de estas reflexiones. ¿Acaso un mecánico no es más importante que un obispo? El mecánico arregla andamios y engranajes para que las cosas funcionen, pero un obispo sólo es un taimado e inútil embustero.

Y así, aquella enciclopedia, una vez publicada y dada a conocer al mundo entero, sacó de la nada a la gente humilde que vivía honradamente de sus trabajos y oficios y los elevó a la condición pública más alta. No sólo les hizo ver la importancia de sus oficios y del papel que jugaban en la sociedad sino que comprendieron que el clero, la aristocracia y la monarquía, podían desaparecer sin que nadie los echara de menos. Aún más, una vez libres de la opresión que ejercían sobre la gente humilde, la Humanidad podía, por fin, ser feliz y gozar de plena libertad.  ¡Eureka!.

No sólo Denis Diderot abrió los ojos de la gente honrada y humilde en aquella época. Otro tanto hizo poco antes el barón de Montesquieu elaborando las bases teóricas de la separación de poderes. A él no le parecía justo que el rey ordenara y mandara de forma absoluta o al estilo de aquel otro rey de Inglaterra llamado Enrique VIII, que hasta creó su propia Iglesia a despecho de la de San Pedro y mandó degollar a sus esposas entre otros muchos.

No pocos pensadores, políticos y emprendedores colaboraron en cambiar las cosas en aquel tiempo. (Creemos que en internete está toda la lista). Pero vamos a mencionar a dos más. Muy notorios ambos.

Voltaire es uno de ellos; François Marie se llamaba. Este hombre era muy peculiar. Y muy prolífico. Hasta colaboró con la Enciclopedia de Denis y estuvo un año encerrado en la Bastilla por meterse contra el rey Luis XIV. En términos actuales podríamos definirlo como un sagaz vividor, más aún que Casanova y mucho más que el “Dioni” ¡dónde va a parar!. Era también muy activo e inteligente desde luego. Se afincó siempre en casa de sus amigos, mecenas, y quienes quisieron darle cobijo, físico o moral. Él les ofrecía a cambio los destellantes brillos de su genialidad creativa. A sus amigos les encantaba escucharle. También gozó de la hospitalidad de aristócratas y prohombres que miraban hacia el futuro en la regalada Inglaterra, en la Rusia de Catalina II y en la Prusia de Federico II el Grande. Al principio el rey Federico y él hicieron muy buenas migas y hasta le dejó vivir en un palacio, pero luego se pasó de listo y Federico le dio una patada en el trasero y lo echó de su país con cajas destempladas.

La otra persona que mencionaremos fue mucho menos vividor pero bastante más honesto y buena gente, aunque como padre no tuvo oportunidad de demostrar sus capacidades ya que sus hijos sólo encontraron alojamiento, más o menos cálido, en la inclusa. Se trata de Jean Jacques Rousseau. El pobre Rousseau sufrió mucho en su vida aunque no estuvo encarcelado; tan sólo en el exilio. No sólo porque eran tiempos difíciles. Sobre todo porque era un hombre de conciencia y supo siempre que las ideas de la Ilustración que Denis y Voltaire tanto aireaban y con las que tanto se llenaban la boca, requerían de una cosa en la que los demás no habían caído. O no querían ver. “Que no es oro todo lo que reluce”, podríamos decir. Quizá sea mejor decirlo de otra manera: “que una cosa es querer y otra es poder”. O quizá de una tercera manera: “que no está hecha la miel para la boca del asno”.

El pobre Rousseau, que quizá amaba más al ser humano que sus colegas de época, escribió que el hombre nace puro y libre y que, por tanto, tiene derecho a vivir bien, con la tutela de las instituciones, y con todas las garantías del Estado. Así lo dejó escrito en “El contrato social”. Era una idea más de la Ilustración,- muy bonita por cierto-, que formaba parte de lo que se cocía en la época.

Voltaire se encanaba de risa cada vez que leía eso y se iba a la taberna más próxima con los amigos a emborracharse y mofarse de él. Hasta escribió una novela llamada “Cándido” para mofarse aún más de él, esta vez por escrito. Rousseau no pudo evitar sentirse aludido.

También sostenía que el hombre no podría ejercitar esos derechos en plenitud ni cumplir con sus obligaciones de forma cabal, si antes no se dotaba, ineludiblemente, de formación. (Hay que tener en cuenta que la inmensa mayor parte de la población de la época era absolutamente analfabeta y en nada dada a practicar la reflexión o a pensar. En realidad, más o menos como ahora). No de otro modo podría tomar las riendas de su propio destino. Rousseau quería que el hombre viviera en un estado de justicia pero no lo conseguiría, una vez alcanzase el poder, sin una profunda e íntegra formación. (Algo parecido a lo que preconizó Platón muchos siglos antes con lo del gobierno de sabios, etc.). Voltaire, con lo de que el hombre nace puro, ya no le hizo caso en lo demás, y el resto de su obra pasó sin relieve ante sus ojos.

Sus colegas de época tampoco dieron importancia a eso de la formación. Era irrelevante, replicaban; y además sonaba como una escusa para mantener a la aristocracia y al clero en el poder. Así que arremetieron contra él. Especialmente Voltaire, ya decimos, con su pluma en forma de azote. Y tanto le insultó y le vilipendió que arruinó por completo su vida y murió a los 66 años con gran pesar. (Léase si no, su obra póstuma traducida al español como “Sueños de un paseante solitario”).

Rousseau no veía nada claro que el hombre fuese capaz de hacer nada a derechas, aun siendo propietario de su propio destino, si no se hacía con una ética social, no se formaba e ilustraba antes como persona. No era un cambio de definición superficial lo que bastaba para cambiar el antiguo régimen por el nuevo; era un cambio profundo y una contrastada calidad humana que necesariamente pasaba por la reflexión y saber pensar. Cualidades humanas escasas en todas las épocas de la historia y que él supo echar a ver con alarma.

Pues bien, la denominada Ilustración, con la Enciclopedia de Denis bajo el brazo, tomó el poder; guillotinó a todo lo antiguo y a más de uno que pasó por allí sin tener nada que ver, y abrió el mundo al progreso y a la ciudadanía. Ciudadano se llamó a partir de entonces al ser humano.

Algunos filósofos y pensadores fueron surgiendo después de este período histórico que completaron y dieron respuesta a lo que Rousseau se vio obligado a dejar en el aire. La masa, el ciudadano común y corriente no tiene capacidad para gobernarse a sí mismo y mucho menos a una nación entera con justicia, salvo casos excepcionales. Esta realidad se afirmaba a cada paso que se daba hacia el progreso y la modernidad y hoy, nosotros, los hijos de ese periodo, somos la prueba evidente de la mucha razón que tenía el pobre Rousseau con lo de la formación, los valores morales, la ética y su contrato social.

Aún se quedó corto en sus temores porque una vez asentados en la Ilustración y el progreso, no quedó un solo cuchillero que admitiera ser sólo eso, un cuchillero.  Diderot debió prever que cuando a un zapatero se le otorga el poder de decidir el gobierno que quiere tener o formar parte del gobierno mismo, no habrá manera después de hacerle cavilar que no sólo se equivoca sino que debiera limitarse a remendar sus propios zapatos y nada más. Y menos aún si después de acabar con el clero, la aristocracia y la monarquía, el orgullo personal se enseñorea de su hazaña.

Y así, durante el siglo XIX y el XX los nuevos amos del mundo,- esto es, el ciudadano-, fue dando forma a su nueva arquitectura social y política hasta solidificarla por completo en el molde de la denominada democracia moderna o civilización occidental, y tan contentos, ¡oiga!, porque razones no faltaban: la influencia de la iglesia disminuyó, el tribunal de la Inquisición fue derogado en el año 1834. Las monarquías sobrevivientes fueron admitiendo gobiernos civiles y constituciones liberales, etc.

Era muy difícil que nadie se detuviera a reflexionar sobre el nuevo rumbo que tomaron las cosas porque a principios del siglo XIX, la denominada Revolución Industrial hizo enloquecer de contento al mundo entero. Y aquellos que no se sumaron al vertiginoso carrusel del progreso o se opusieron a él, o le objetaron reparos, fueron aplastados de un manotazo.

Se inventó la máquina de vapor, la luz eléctrica, el ferrocarril, los primeros coches y un sin fin de nuevos artilugios que atestiguaban, uno tras otro, que el mundo funcionaba mejor gracias al ciudadano y su recién estrenada libertad y el progreso que venía de su mano. La nueva forma de gobierno. ¿Quién se acordaba del pobre Rousseau? Quién se detenía a pensar. Todo era una fiesta. Incluso las empresas más arriesgadas o los desafíos más difíciles hacían botar de alegría a las gentes. Todo era un nuevo mundo por descubrir, conquistar  y experimentar.

Nacieron y murieron pensadores y filósofos en esos dos últimos siglos que dijeron cosas tan terribles como que el pueblo, al privarse de la aristocracia, renunciaba a las cabezas pensantes que todo Estado necesita para su gobierno; pero fueron tachados con los peores epítetos y eliminados de las escuelas y hasta de las enciclopedias que sucedieron a la de Denis. Algunos de ellos se metieron en política en un vano intento de introducir cierta cordura pero ninguno duró mucho en su escaño o abandonó sus ideas y reparos sumándose a la tumultuosa corriente imparable de la nueva modernidad y acuñaron para siempre hermosas etiquetas, “república”, “burguesía” y “liberal”. Nuevos aristócratas de la barbarie y la ignorancia vinieron a sustituir a los antiguos y cultivados aristócratas del absolutismo. Una cosa por otra.

Hasta que, por fin, doscientos años más tarde, el mundo entero se cerró en un puño solidario llamado globalización y en él, bien apretados y atrapados como las moscas en un panal de rica miel, pataleando se agitan y se agitan sin que haya suelo alguno sobre el que poner en firme los pies.

4 pensamientos en “Si un día de estos

  1. Todos los hijos que tuvo Rousseau fueron directos a la inclusa. No fue un buen padre ya que se desentendió de su responsabilidad.

    • ¿Significa eso que la formación humana que él preconizaba en el ser humano para desarrollarse adecuadamente como persona o para tomar el poder, era innecesaria, y que con destruir el Antiguo Régimen era suficiente?.

  2. Me parece un magnífico estudio sobre los grandes ilustrados y las consecuencias de sus teorías, tanto filosóficas como políticas. Me gusta cómo da vida a cada uno de los personajes y cómo se entrecruzan éstas en el panorama social y político de la época; todo ello con una narración muy viva. No sé si la historia de Denis Diderot es real o hay cierta chanza irónica en ella. Desconozco la profesión paterna; ciertamente podría ser cuchillero, pero desde luego no humilde. Su hijo, el joven Denis, estudió con los jesuitas, se graduó en filosofía y su matrimonio con una costurera fue considerado desventajoso e inapropiado. En realidad, todos los ilustrados pertenecieron a familias acomodadas y, gracias a ello, pudieron adquirir una cultura humanística muy por encima del analfabetismo generalizado.

    Estoy de acuerdo contigo en casi todo lo dicho, aunque con muchísimos interrogantes, que, a fin de cuentas, son los mismos de siempre.

    Estos ilustrados asentaron las bases que desembocaron en la Revolución Francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y las grandes Constituciones Democráticas con división de poderes. El testigo, apoyado por el “Cuarto Estado” o las clases populares, desbancó a la aristocracia, pasando a esa burguesía culta y rica que conseguiría el poder político.

    La burguesía capitalista se apoyó en la clase social más numerosa; la usó políticamente, socialmente y humanamente hasta convertirla en el nuevo “siervo de la gleba”. No tuvo ningún empacho explotándoles en sus fábricas a lo largo de la Primera Revolución Industrial, a la que sucedería una Segunda y, en nuestros albores, a una Tercera, mucho más peligrosa y sibilina.
    Dice el refrán algo así como “de aquellos barros vienen estos lodos” o tal vez sea al revés, no sé; creo que se me entiende. La Globalización, que mencionas, es el capitalismo más salvaje de todos los tiempos. Pero ¿quiénes son los malos de la película? ¿los revanchistas incultos que abusan de ser mayoría o los que mueven entre bambalinas los hilos del capital – la vaca de la que mama esa gran mayoría?¿Quién forma ese puño solidario atrapando las moscas en su panal de miel?

    Otra pregunta que no tengo clara: dices que el gran fallo es el Sistema Político (la Democracia), pero que, por cuestiones emotivas y primarias, lo achacamos a la corrupción de los políticos (es la famosa frase anarquista de “el Poder corrompe).

    Entonces, ¿cómo pueden existir distintas democracias con resultados totalmente opuestos? Me explico. No es igual una democracia noruega, ni suiza, ni finlandesa que la yanqui o irlandesa o, sin ir más lejos, la española, más próxima a una república bananera, como diría cierto amigo mío. ¿Cuál es el marcador de esas diferencias? Si conseguimos tenerlo claro, dejaremos de “echar balones fuera”.

    Cambiando la dirección política, podríamos echar la culpa al Marxismo y al propio Marx de lo ocurrido en Guantánamo, en Cuba, en la Rusia de Stalin, por ejemplo. Sálvense las diferencias.

    • Todas las democracias modernas son esencialmente igual de negativas. Otra cosa es que a través del diferente ejercicio político de los distintos gobiernos y sus particulares agendas, obtengan un resultado mejor para sus pueblos en cuanto a bienestar, empleo y servicios sociales, o no.

      En efecto, un sistema de gobierno democrático no está reñido con un mal gobierno ni tampoco con un buen gobierno. El malo y el buen gobierno son simples contingencias. Tan contingentes que el que hoy ha acertado en lo bueno para la masa de sus pueblos mañana se despeña en el desorden y la miseria por sus desacertadas decisiones, y viceversa.

      Esa “contingencia” es la razón por la cual los gobiernos, como el español, no aplica ni copia las buenas decisiones del gobierno finlandés, por ejemplo. ¿Qué le costaría?. Nada. Sólo tomar las decisiones pertinentes y disgustar a sus acreedores. Sin embargo no lo hace. No lo hace porque, en realidad, no comprende la necesidad de hacerlo. Forzar al gobierno a que lo comprendiera sería un esfuerzo tan inútil como el de empeñarse en enseñar a un gato a declamar en verso. No dispone de capacidad para aprender.


      Lo verdaderamente importante es la calidad intelectual y humana de quienes gobiernan. Si quienes gobiernen han de ser elegidos por sufragio universal obtendremos indefectiblemente lo señalado en el párrafo anterior por las razones ya explicadas en otros artículos de este blog. Si por el contrario, han de gobernar por otros medios que no cuenten con la aquiescencia legal que proporciona el sufragio universal, (y aún así), nada ocurrirá porque de ningún modo lo permitirá el cuerpo social, ese que salió de la Revolución Francesa y las decisiones institucionales tomadas y señaladas por usted en las décadas sucesivas.

      Las explosiones revolucionarias permiten cambiar lo incambiable en épocas de estabilidad democrática, y esas revoluciones sólo pueden cristalizar a causa de la “barriga” , esto es del hambre y la miseria, nunca del uso del raciocinio; entre otras cosas, porque ya no existe tal cualidad en la medida necesaria para que resulte una opción barajable.

      Pasado el periodo álgido vuelve a hacerse patente la necesidad de contar con hombres intelectual y humanamente verdaderamente capaces, para no caer de nuevo en la ordinariez y confusión política, cultural y económica que caracteriza a los gobiernos de la actualidad.

      El periodo histórico último de la democracia moderna, ha vuelto del revés el jersey de la humanidad y ya no es posible hacer que el mundo aprenda a ponérselo como Dios manda. El futuro no es el regreso al pasado, a ningún pasado; el sentido común que muchos añoran ya no está al alcance de las cabezas modernas; la ética, la moral, los valores espirituales y humanos, ya no tienen cobijo ni reflejo en el mundo, o muy escasamente, (todavía un poco en el mundo oriental).

      El futuro es la tecnología y sus imparables avances. No la humanidad ni el ejercicio de la humanidad, considerada esta como aquella cuyos actos son impulsados por intereses humanísticos y morales al margen de todo interés político o económico.
      En cuanto a su primera pregunta; los que están entre bambalinas moviendo las cuerdas, tienen nombres y apellidos, son, yo mismo, éste, ése y aquel, y su vecino y su amigo y su familiar; sólo que mucho más espabilados dado el mundo que nació con R. F. y en que vivimos.

      Dicho de otro modo no es que Fulano o Mengano sea un ladrón y se haya llevado cientos de millones, manipulando y engañando,- que lo es desde luego-, sino que sus víctimas, no han sabido robarlos ni engañar mejor.

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