¡Revolución o esclavitud!,- dices – (3ª parte)

– Casi todo el mundo admite ya la manifiesta pobreza de las clases medias en España. Hay quien habla de su desaparición incluso. Tal es o será el resultado de la aplicación ejecutiva de las ideas políticas del gobierno actualmente en vigor para pagar la deuda nacional. O mejor dicho, para cumplir una interpretación ejecutiva del pago de la deuda. La del gobierno alemán. O la de Bruselas.

Unas medidas políticas que al ser ejecutadas efectivamente, están causando en las masas una transformación profunda en la forma de vida que ha llevado a lo largo de décadas enteras de una cómoda interpretación de la ley del embudo, pero a la que, las masas aludidas, se irá acostumbrando poco a poco a la fuerza o de grado.

Eso sin mencionar el dolor y desesperación que experimenta amplios sectores de la población, y que terminará por hacer de la sociedad entera un sufrido y esclavizado ente, según vaticinan no pocos articulistas y expertos economistas, quizá de forma algo exagerada.

Independientemente de lo que signifique hoy en día ser esclavo, de forma individual o colectiva,- interpretación que sería motivo para realizar una buena tesis posgrado-, mucho nos tememos que a los españoles no les importe demasiado serlo ni aceptar ese papel presuntamente subyugante.

En efecto, a los españoles, clases medias incluidas naturalmente, puede que les importe un carajo ser esclavos y sufrir todo tipo de recortes sociales y económicos, habida cuenta de que, invadido, lo que se dice “invadido y con ideas espurias e impostadas viviendo” ya lo es sobrada y gustosamente desde hace décadas sin que nadie haya dicho ni hecho nada excepto el de asumir indolentemente el engrosamiento de más jolgorio y frivolidad al “nada vale nada y todo se equivale”: “Papa Noel”, “Halowin”, “el 4 de Julio” y toda esa cultura estúpida de la modernidad global en la que estamos sumergidos. ¡Qué lejos queda ya aquel arrebato español del 2 de mayo del año 1808!.

En todo caso, y privada España como va a ser, próximamente, de todo lo que, de propio aún quede, a través de subastas públicas, tómbolas de feria y petición genuflexa y formal de la condonación de la deuda, es más que posible que aceptemos nuestra presunta “esclavitud” alegremente a la forma typical hispanish. Es decir de esa manera “agitanada, alpujarreña y chafardera” tan característica, que Giuseppe Baretti, Próspero Merimé, Gerald Brenan y otros, supieron describir tan acertadamente en sus novelas a propósito de la idiosincrasia carpetovetónica. Manera de ser, ahora preñada de una pseudo modernez informático-digital-inalámbrica, con pantalla de retina, por así decir, más artificial aún.

Esta espantosa situación a la que hemos llegado nos hace pensar que no sería muy errado afirmar que lo que ha fallado en España a lo largo de estos últimos treinta y cinco años no haya sido la clase política en el gobierno, ni el pueblo en su conjunto a la hora de emitir el voto en las distintas citas electorales; sino el de no haber sabido adaptar a nuestra realidad antropológica hispana el propio modelo político de la democracia moderna, made yanquilandia.

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