Bienvenidos al mundo “rosa-bombón”

Aviso: éste es un artículo escrito en sentido contrario al de las agujas del mundo. O sea, en dirección opuesta al ruido mediático.

Pongámonos cómodos evocando, durante lo que dura la lectura de estas líneas, a John Lennon y Joko Ono en la cama de sábanas blancas y escuchemos su pastelera balada “Imagine” de la “Plastic ono band”. Todo para saludar a la nueva Era.

La nueva Era de la modernidad en la que los tolerantes modernos nunca pierden la ocasión de condenar cuanto no pueden entender, mandar y rechazar al distinto, practicar el autoritarismo, asegurar que tienen razón en cualquier cosa y dar órdenes a todo el mundo sin apenas saber hablar, y aún menos coordinar pensamientos con un poco de raciocinio. ¡Con modos democráticos y educados, claro!.

Y si a alguien se le ocurre rechistar o poner cara de circunstancias que se prepare a recibir los mejores consejos. Esos consejos que después de ser oídos nos dejarán patidifusos pero con la certeza de saber que jamás deberemos volver a abrir la boca en ningún lugar público o institucional por donde transite un individuo de la nueva rama del homo sapiens.

Bienvenidos al mundo “Rosa-Bombón” del futuro: la utopía más espantosa jamás considerada porque todo indica que es realizable e invisiblemente reversible. O sea, buena por la cara que se ve y campeón de canallas por la otra.

Una Era cuyo umbral hace ya tiempo traspasó la humanidad porque, entre otras cosas, todos los regímenes “no autorizados”, (como el de Mohamed Morsi, en Egipto, hace cuatro días) ya han sido reducidos a cenizas por las fuerzas del Bien. ¡Alabado sea el homo democraticus!.

Según miramos hacia la tele esta claro que caminamos, sin duda, hacia un mundo Mejor. (Invisiblemente reversible, eso sí). Un mundo en el que la democracia y los Derechos Humanos de la Declaración Universal reinarán de forma aplastante sin alternativa posible por los siglos de los siglos. Amén.

La historia del pasado, llena de exclusiones, de genocidios, colonialismos, sexismos, racismos, exclusivismos y alguna que otra cosa buena… hay que olvidarla. Es demasiado complicada. El presente es bonito, justo y simple. El pasado es feo y culpable. Cualquier tribunal de nuestro tiempo lo condena, y no digamos lo que haría con el pasado un jurado popular.

Es preciso por tanto arrojarlo al olvido y a la oscuridad como pasto de revisiones, autoinculpaciones, injusticias, desigualdades y desagravios. O bien, tal como se viene haciendo, reacondicionarlo, asearlo y pasteurizarlo hasta convertirlo en un Gran Parque Temático limpio, ejemplarizante y progresista en el que los niños jueguen mientras chillan felices y sus padres, sentados en la terraza del bar más próximo, vigilen ejercitando la desestructuración lingüística y mental mientras chupan un polo o mastican chicle. Tanto da.

Se trata de conseguir que la Humanidad se transforme Entera. Sea reeducada y readaptada en esta vasta empresa de mejora acaramelada del Mundo, sin que por ello, paradójicamente y en el plano real, deje de ser el mundo más desorientado, inculto y cruel jamás imaginado; (que se lo pregunten a los tiburones, a los atunes, o a las especies extinguidas a manos del hombre-ciudadano). Y eso sólo en el mar.

Vivimos en la Era del azúcar sin azúcar, de las guerras sin guerra, del té sin té, de las leyes sin criterio alguno de ley, de los debates sin nada que decir, de las órdenes absurdas de obligado cumplimiento, del orden en el desorden; pero cada vez con más cosas por deshacer y volver a hacer bien. Verdaderamente bien.

Ninguna sociedad ha sido jamás tan detestable como el Mundo Presente.  Hemos levantado una Época que ve consumada la metamorfosis de lo humano haciendo que el hombre se salga de la Historia para formar parte de la Insustancialidad más complaciente; aunque no por ello haya dejado de ser invisiblemente reversible,- cruel y despótica-, y lo practique a diario.

Todas las luchas sociales de la modernidad son combates vacuos y sin riesgo. Luchas de escaparate generadas por el sinsentido y ganadas de antemano porque no pretenden nada en realidad, aunque pueda parecer lo contrario. Parodias y pastiches que sólo disimulan una forma de vivir bajo el control total de la Inoperancia que se ha adueñado de todo. Y sobre todo, de lo que le resulta negativo e impropio, algo de lo que se apropia y fabrica en serie para evitar su uso ajeno, exterior y posterior.

De hecho, ya no hay exterior en el que existir; hemos hurtado de entre nuestras posibilidades la de estar afuera. Nos hemos prohibido estar al otro lado. Es obligatorio ser obediente y estar dentro, bien amalgamados, y así, el “anticonformismo”, la “transgresión” y la “marginalidad” han quedado reducidos a productos y actitudes sin mordiente.

Mientras tanto, cualquier pensamiento verdadero, cualquier pensamiento ejercitado y rigurosamente fundamentado, se encuentra, más bien temprano que tarde, ahogado bajo el peso de su bendecida duplicata Red social, norma gubernamental, académica y catedralicia.

¡Oh por favor!, más modernización. Más globalización. Más Europa. Más transparencia. Más pluralismo. Más mestizaje. Más igualdad. Más paridad. Más equivalencia. Más minutos de silencio. Más. Más civilización occidental. Más de más. Más tolerancia, mucha tolerancia. Tolerancia del respeto, respeto de la Tolerancia. Denunciemos y sancionemos a los enemigos de la ¡Pan-tolerancia!, (si es que queda alguien). Que nadie se quede sin su parte tolerada.

La paz Eterna en la muerte y en el Mundo de los vivos, pasa por una Civilización Universal sin razas ni racismo, sin fronteras ni culturas verdaderamente distintas; sin sexo que nos diferencie ni sexismo, (pronto dejará de haber sexos opuestos ni pecados contra el noveno,-antiguo-, mandamiento de la Ley de Dios).

Ideal supremo: un mundo poblado de rubios prefabricados, plácidos y hermosos suecos socialdemócratas trajeados con celofán de colores. Higiénicos, participativos y eco-compatibles. Lo humano es hoy un espacioso y rectilíneo Parque Temático Global donde, en vez del hombre de los tiempos históricos, habita un neo-hombre-melifluo, empapado de apariencia, íntegro e imbécil: el Homo Festivus.

El perfecto ejemplar de Homo Festivus es el hombre de la post-historia porque a partir de aquí ya no habrá más. Más historia. ¡Bienvenidos al mundo “rosa-bombón” del futuro!: la utopía más espantosa jamás imaginada, porque todo indica que se va a realizar. Que es realidad ya; y al mismo tiempo, invisiblemente reversible, (cínica y horrenda, sin justicia ni sentido).

La vida del turista universal, Homo Festivus, esta definitivamente liberada de todas de las cuestiones existenciales vinculadas al pensamiento de la vida y a la muerte. Cosas por cierto que tanto atormentaba a sus ancestros. Puro anacronismo de la Era tecnológica porque no hay nada más obvio que nacer y morir.

El Homo Festivus no percibe la temperatura ambiente y carece de los atosigantes prejuicios y desvelos de épocas anteriores. Se ha sacudido el lastre de pertenencias hereditarias, a veces angustiosas y a veces enriquecedoras; no se considera continuador de ningún legado histórico. Ni siquiera lo conoce ni lo reconoce.

Él ha nacido ayer. Él es su propio producto. Él mismo decide su propia identidad, siempre que esté vacía. El Homo Festivus es aquel que siempre dice ¡Sí! a toda novedad que se le propone. Adora la diversidad, es abstracto e intercambiable por cualquier otro de su especie en cualquier parte del mundo y de las nubes.

Homo Festivus está comprometido con todas las buenas causas del Planeta. Nunca se le ocurriría cuestionar nada de ninguna de ellas. De la Vieja Izquierda conserva, no sus dogmas revolucionarios,- si es que realmente lo han sido alguna vez-, sino una visión moralista de la solidaridad y un anhelo de utopía igualitaria y franciscana que le lleva a promover una actitud virtuosa y arcangélica de lo real.

Su empatía con los sufrimientos ajenos se manifiesta en un desbordamiento emocional que le lleva a encarar los dramas del Mundo en un registro lacrimoso-caritativo recapitalizado, lo que a su vez le permite consumir, divertirse, viajar y socializar con suplemento de buena conciencia. Sólo necesita que haya una invocación solidaria, humanitaria, ecológica o de justicia social de por medio.

Homo Festivus es una alegoría. Es un maniquí teórico. Es la expresión sintética de un esqueleto que baila en la pista central de las desbordantes fiestas masivas. Vivimos en la Festivocracia de la vacuidad mental, la estulticia y la frivolidad y es lo que nos identifica.

La Fiesta y la relajación espiritual y ética es ahora la cotidianeidad misma. Todo concurre a mantener una ilusión de distracción permanente en la que la fiesta, propiamente dicha, pierde su carácter distintivo y nominal.

La Fiesta es exigida sin rubor desde la escuálida inteligencia del ser sencillo porque responde a una evolución política y social en la que los gobernantes ya no gobiernan gran cosa y en la que los gobernados mutantes, tiene la palabra, y obtienen lo que reclaman y se merecen con loa. Exacerbación hedonista, euforia compulsiva y fatuidad comportamental desbordada.

Las Pride, las Rave y las fiestas cada vez más gigantescas de la era hiperfestiva y andrógina de la insustancialidad no son más que síntomas de la naturaleza humana moderna. Bien reveladoras por demás.

La llegada de este género humano es tan irritante y odioso como  desagradable y destructivo pero no es ninguna sorpresa. No es otro que aquel Último hombre que fue descrito por Nietzsche en una célebre intuición: “el hombre de la post-historia, que llega, sin épica y sin grandeza, a quedarse para siempre”. En realidad el que siempre estuvo ahí agazapado. El que siempre fue. El hombre masa. “El Último hombre que rechaza ostentoso todos los ideales e ilusiones del pasado”, porque antes la gente se preocupaba de cosas y todo el mundo parecía estar loco. Este es el Último hombre, que cree que ha inventado la felicidad. El emancipado absoluto, el feliz pasivo, el ciudadano del mundo, el rebelde sin casco en patinete. El consumidor satisfecho en bermudas y el joven de pantalones caídos.

Y ante todo esto alguien se ríe. ¡Alguien se tiene que reír!. Pero la risa no es buena en este mundo porque casi siempre es irrespetuosa, suele ser cruel, y es en cualquier caso discriminatoria y por tanto contraria a los valores democráticos de comprensión, igualdad y respeto del Otro, ¡oh!.

¿Cómo reírse sin ofender a alguna de esas minorías tan minoritarias que son ya legión? En la Red y sin Red. El Mundo Contemporáneo, liberado de las taras de la Historia, se ha transformado en empresa positiva y no admite bromas ni risas ni hace el esfuerzo de dejarle un hueco. El Imperio del Bien rechaza las burlas por retrógradas e irrespetuosas. Las ironías, los sarcasmos. Y hasta las encriptadas onomatopeyas.

Nuestra Época no sólo ha dejado el mundo en manos de los ricos que ella misma ha fabricado y ensalzado, es Ridícula. Y la única actitud posible es la Risa. Inútil esperar el más mínimo pensamiento elaborado de quienes se la toman en serio. Frente a la conversión del mundo en un Gigantesco Jardín de Infancia, “reír y pensar son amigos y se han convertido en términos sinónimos”. El resto no es más que aquiescencia bobalicona y entertainment. O bien, desplazados a bordo de los trenes del mundo sin billete de vuelta.

El lenguaje de los bien pensantes es una sopa espesa pero sutil. Se espuma complaciendo y elogiando al “Otro”. ¡Los queridos Otros!–. El demócrata bien pensante y hacedor inteligente para su causa, anuncia con energía la alabanza de la diversidad, del pluralismo y de la tolerancia. Pero al hacerlo quiere decir justamente lo contrario. Es el cínico evangelizador. El “otrismo” erradica todo aquello que altera algo. Lo que altera algo genera discriminación, rivalidad, odio al extraño, y para que eso no se produzca, el “otrismo” se embosca y promueve su disolución en el mestizaje. ¡Voílà!.

Y con este concepto tan humilde llegamos al núcleo del proyecto de libertad progresista, moderno y democrático: el “Otro” siempre es bienvenido si su religión se disuelve en cultura, su cultura en folklore, y su identidad en simulacro. Es decir, todo va bien si el “Otro” se convierte en lo Mismo que somos Todos. El elogio del “Otro” es siempre el primer paso hacia la Estandarización de la estupidez en el Planeta de los Humanos.

El Imperio del Bien no es más que un moralismo ubicuo de muy gruesa estamenta que cuenta con sus soldados beatos, sus misioneros de infantería, sus damas de la caridad y sus ligas de la Virtud. Transitan las calles, campos y caminos con sus evangelios bajo el brazo: el dogma del mestizaje, de la amalgama, de la abolición de fronteras, de abolición de la diferencia sexual, de abolición de toda diferencia o distinción.

Cuentan con sus instrumentos represores: un síndrome maníaco-legislativo y una peste justiciera que se despliega en un arsenal de mecanismos de delación y de punición contra cualquier opinión o conducta supuestamente discriminatoria por motivos de origen, sexo, estado de familia, salud, discapacidades, características físicas, orientación sexual, edad, nación, raza, religión y un larguísimo etcétera de términos psicológicos al uso. Y con el pertinaz celo persecutorio contra cualquier idea, creación o línea de investigación que sea sospechosa de dar pábulo o alentar formas de pensar incorrectas.

Nuestra sociedad se ha convertido en una especie de empresa mundial de nefanda Purificación Ética que ejerce vigilancia, control y prevención, y que se traduce en una bulimia normativa que persigue cualquier atisbo de vacío legislativo por el que pueda penetrar lo “incorrecto”.

Una empresa que no cesa de inventar nuevos delitos contra la salud, contra la higiene, contra las costumbres juzgadas bárbaras o prehistóricas, pero también contra la misma lógica y el puro razonamiento de quien aún es capaz de usar; y que acorrala, organiza y tabula cualquier resquicio por donde pueda asomar la vida. O sea, todo aquello que se salga de su ideal de atontamiento aséptico absoluto y de su lívida, insípida y frígida transparencia, además de mentirosa.

Y con una clara consecuencia: la victimización general de la sociedad. El estatuto de víctima siempre ha sido y es rentable. ¡Todo e mundo se queja siempre de algo!. Es una de las leyes de la naturaleza humana. ¡Todo el mundo quiere ser víctima!. Es un estado psicológicamente cómodo porque concita la lástima y la igualdad entre los menesterosos de toda condición económica, política y cultural.

Un histerismo de la compasión y una exigencia obsesiva de protección instalada en la mente del hombre de hoy que corren paralelas con un moralismo llorón y un sentimentalismo de la política dignas de figurar algún día en una historia universal de la cursilería.

Y como colofón la culpabilización radical y general del pasado: la convocatoria de Safaris Morales para perseguir la mal definida xenofobia y racismo; el nazismo, el fascismo y la homofobia a través de los países y de los siglos. Cruzadas que reconfortan el aguado espíritu de la gente en una falsa certeza: “nuestros valores son los universales y definitivos”. “Nosotros somos mejores”, “nosotros somos buenos”. Y todos tan panchos luciendo esas caras de pánfilos licuados y satisfechos.

Claro que un mundo donde toda tensión haya sido abolida y toda equivalencia convertida en norma; un mundo sin misterio, sin sorpresas, sin enigmas; donde sólo reine lo indiferenciado y donde todos sean iguales, sería lo más parecido a una olla gigantesca llena de gusanos alimentados con ácido sulfhídrico y gases de olor pútrido.

Por eso y dejando que la inercia actúe se deja medio abierto el grifo por el que se derraman unas cuantas gotas de discordia para que se  introduzca, se permita y se asuma el simulacro de la tensión social. Una negatividad falsa como el cartón piedra. Y así las fuerzas del Mal son ritualmente convocadas, para que los “subversivos” y los “inconformistas” puedan librar sus batallas progresistas contra la socorrida intolerancia, el bienhallado integrismo y cualquier cosa radical, la xenofobia por ejemplo y el fascismo que parece acercarse galopando.

Todos los totalitarismos necesitan enemigos. Stalin no cesaba de desbaratar conspiraciones trotskistas. En el 1984 de Orwell, Oceanía se enfrenta en una guerra eterna contra Eurasia y Estasia. El de nuestra Era es el vocinglería.

En la era de los Buenos Sentimientos,-esta que nos entume-, se hace imposible oponerse a las normas higiénicas e idílicas de nuestra igualitaria sociedad sin que al mismo tiempo parezca que se ataca al género humano mismo en su totalidad, (y en realidad es muy posible que así sea dada la imposibilidad de hallar otras opciones).

En el fondo, más que reprimir violentamente todo aquello que altere algo –como hacían las tiranías clásicas y las democracias paletas y sin experiencia– se aspira a eliminar la posibilidad misma de su existencia.

Decía Orwell –en su análisis de la Novolengua en 1984– que cuando ya no existen palabras para nombrar una cosa, la cosa deja de existir. La corrección política diaria y de los telediarios se encargan de esa depuración del lenguaje, de asearlo, aseptizarlo e higienizarlo conforme a los dogmas del día. Y hoy en día no es que haya palabras o conceptos que ya no se utilicen, es que el mismo lenguaje razonado o estructurado apenas existe ni se practica.

Nosotros, en éste ensayo del pensamiento, intentamos marcar a través de la palabra escrita, una distancia sanitaria frente a todas esas formas pomposas y fúnebres de la moral contemporánea y todo su sistema de valores: “tolerantistas”, “paritaristas”, “intercambistas”, “librecambistas”, “solidaristas” y “multiculturalistas”, pero siempre babosos, vigilantes, niveladores y controladores de lo sano y anti vulgar, como las beatas de sacristía que en realidad son.

Y lo son porque ahogan con su peso de muerte, prejuicios y pobreza de espíritu, lo poco que todavía queda de vida; y que si perduran es porque siguen sin dejarse definir como lo que realmente son: un orden moral. El orden moral más odioso de todos los modelos morales que jamás hayan agobiado a la humanidad, pero cuyo origen de presunta izquierda le protege de la debacle que merece”.

Bienvenidos al Mundo “rosa-bombón” del futuro: la utopía más espantosa jamás considerada porque todo indica que es realizable. Ninguna sociedad ha sido jamás tan detestable como el mundo presente. Un hombre una moneda. Bueno y justo por una cara, falso y destructivo por la cara opuesta. Moneda oficial, ya imperecedera, del Banco Mundial.

2 pensamientos en “Bienvenidos al mundo “rosa-bombón”

  1. El artículo es,sin duda y con gran diferencia, lo mejor que he leido suyo.El contenido, terrible y desolador.No hay ni un pequeño ápice de esperanza hacia nada ni hacia nadie.

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