Los grandes logros de la modernidad – ( IV )

5º logro

El sexo, lo sexual

Las sociedades post-históricas, es decir, aquellas descargadas de polarización, (todos somos iguales), se caracterizan por profesar un odio sordo y rayano en lo patológico, hacia el esquema patriarcal y la diferenciación de sexos. Eso, entre otras muchas conductas igual de obtusas.

Se trata de una diferenciación asimilada a los vestigios “horrendos” de la soberanía masculina y del antiguo régimen “machista”. Cosas demasiado ofensivas, demasiado constatables, demasiado cargadas de sentido. Homo Festivus o democraticus, cultiva un ideal unisex, (todos somos iguales en todo).

En estos tiempos hiperigualitarios la figura del Paterfamilias no tiene otra asignación que la de convertirse en residuo o clown irrisorio, abocado a su reeducación por las Madres y por los Niños –dos figuras dominantes en el orden simbólico de los tiempos vacíos o post-históricos actuales.

Las formas hegemónicas de producción de lo social concurren a realizar un ideal andrógino conforme a la idea de que todo sujeto porta en sí una “bisexualidad variable”, y de que en cualquier caso el ser “hombre” o “mujer” son roles socialmente inducidos, susceptibles de ser re-fijados en cualquier estadio de la vida.

La invención estadounidense de la “ideología de género” acude al rescate para decir que la vieja humanidad estaba equivocada al creer que sus miembros podían definirse en función del sexo. Lo que procede es definirse en función del género, masculino o femenino a gusto del consumidor.

¡Basta ya,- claman-, de ese insoportable escándalo de la naturaleza que consiste en no poder elegir el sexo!. ¿Qué clase de naturaleza es esa?.

Los transexuales, así, se han convertido en portadores de un mensaje de esperanza para la humanidad. La liquidación de los viejos roles sexuales no puede reducirse al ámbito de lo social –maternalización de los padres, virilización de las mujeres–, sino que debe extenderse al plano psicosomático: la nueva moral impele a los hombres a “dejar hablar al lado femenino”.

El mercado les anima a repulir su aspecto, y el sacrosanto principio de transparencia les exhorta a reconocer la bisexualidad latente en cada cual cuando no a salir del armario de una vez, aunque no se esté dentro de él.

La “bisexualidad psíquica infantil” será cuidada como delicada planta por una pedagogía que se apresurará a erradicar cualquier brote considerado homófobo, y los juguetes y las películas y los cuentos o literatura en general, considerados “sexistas” o demasiado a su aire, serán prohibidos como peligrosos, distorsionadores de la educación y la verdadera cultura y hasta de terroristas.

¡Tal vez, al cabo de una o varias generaciones, se habrá conseguido olvidar, de una vez por todas, la antigua y maldita división de sexos!.

Esta abolición de la distinción sexual –en realidad una des-sexualización en toda regla– se hace acompañar de dos fenómenos de ataque como cuerpos de élite en una batalla: la feminización y la infantilización del cuerpo social.

En efecto, el niño es el Rey de los tiempos post-históricos. Desde el momento en que el pasado es condenado en su conjunto, la autoridad del adulto sobre el niño desaparece, y es el niño, la inocencia, el que pasa al primer plano. Es el niño el que ahora tiene la razón pura.

En la publicidad y en el cine es el niño el que siempre sabe lo que hay que hacer. El adulto –sobre todo el padre– aparece como un imbécil inadaptado al que sólo se tolera si se pliega a las reglas subnormaloides de los niños que, a su vez, evolucionan bajo el ojo tierno de las mamás-todo amor e hiper-modernas.

Toda la post-historia, en este aspecto, es una regresión a la infancia, y Homo Festivus es un niño consentido al que hay que organizar distracciones para que no se aburra. Los niños viven en un eterno presente. Son los mejores consumidores y tienen todos los derechos.

La maternidad-mundo-cuerpo-social-occidental se encarga de convencernos de que somos niños irresponsables rodeados de programas higienistas, caritativos, humanitarios, protectores, y de que no tenemos otra cosa que hacer que flotar como fetos andróginos en la música del hiperfestivismo como en el baño matricial de los orígenes.

Nos parece curioso que, para algunos cerebros hibernados en la mitología sesentayochista, esta des-sexualización inducida, todavía se considere una sublevación heroica, una batalla a muerte contra el puritanismo y la reacción, porque se trata precisamente de lo contrario: de la destrucción de la antigua libido –considerada como negativa, jerarquizante y conflictiva– y de su sustitución por un sistema de asepsia sexual y desvigorizante absoluto.

Llegamos al mundo del “Progenitor A, Progenitor B”, al mundo donde para evitar “traumas” se reclama la supresión de la mención “sexo” de los papeles de identidad. Se llega a un mundo en que el auto-engendramiento y la clonación son perspectivas reales cada vez más próximas, a la vez que lejanas se irán haciendo las formas tradicionales.

En ese mundo, el sexo entendido como actividad higiénica y cuasi-deportiva marca, entre otras cosas, el fin del erotismo y de la gratificación de psique del alma. El sexo es omnipresente, pero los sexos desaparecen o se prohíben disimuladamente. Un solo sexo, el mismo para todos. El sexo como consumo. El placer como obligación. No ocultar nada, mostrarlo todo.

Es el reino de la Transparencia total. El fin de la porosidad de la vida. ¿Qué queda del antiguo libertinaje –de aquella parte maldita hecha de claroscuros y de penumbras? Qué diría Donatien Alphonse Françoise si levantara la cabeza.

El Imperio del Bien alcanza cotas tan inverosímiles que ni siquiera el viejo puritanismo religioso llegó a soñar en ningún periodo de su historia. Y bien que lo deseó.

Conquistar de nuevo la relación humana franca y tradicional para que  la historia recupere su sentido. Es decir, que el hombre y la mujer real se relacionen como el hombre y la mujer que son, –sabiendo que la mujer desea al hombre que desea a la mujer que a su vez desea al hombre como un hombre, y no como una mujer.

Restaurar la sexualidad tradicional sería una forma de reconquistar lo real y de restaurar en parte los pedazos de la Historia reciente.

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