Los grandes logros de la modernidad – ( V )

  • (Logro 5º)

El artista o artistócrata

Nítido ejemplo de la subversión de cartón piedra, el artista. El “artista” no sólo reclama el derecho a la transgresión sin sanción, sino a la institucionalización de la transgresión –algo cuya contradicción sólo un espíritu de los de antes podría ver.

Pero nada hoy es ya susceptible de ser transgredido, como no sea la propia estupidez transgresora. Esto es, la de prohibir aquello que todo lo permite. La post-modernidad. Algo que ningún artista va a hacer.

La Cultura es uno de esos sustantivos que sobreviven a la transformación de su contenido. Lo que hoy se llama “cultura” es uno de los agentes más eficaces del Bien radical. Lo es porque lo bendice todo con su marchamo de legalidad y autoridad autorizada ,-valga la redundancia-.

Los “artistas” –alegremente asimilados a los “intelectuales” ergo izquierdas– son los mejor situados para diseminar el imaginario del Bien entre el cuerpo social.

Como señala el filósofo Jean Claude Michéa, “el reciclaje de la mitología romántica del artista rebelde permite a todos los artistas oficiales del showbusiness encontrarse en la escena de todos los combates en los que está en juego la defensa del orden económico y cultural que asegure su rentable celebridad”

La “rebelión” no es más que una operación de blanqueo por la cual el capitalismo se reconstruye una virginidad, que a su vez permite reconciliar el nivel de vida burgués con el estilo de vida del artista. El artista se beneficia de las ventajas materiales y morales del conformista, además del prestigio que le otorga directa o indirectamente el disidente.

En su boca, la “cultura” y el “arte” sólo sirven para instrumentalizar la historia secular de la conciencia inmaculada de la izquierda – que sólo ahora comienza a verse que no es más que una historia de tartuferías. El artista es “progre” y de “izquierdas” por definición. Por tanto, intocable.

Nunca antes los artistas habrían pretendido ser los médicos de la humanidad sufriente. Los líderes. Los comprometidos. Los solidarios, los liberadores y los redentores del mundo. Ahora sí.

Nunca antes se les hubiera ocurrido auto-designarse como conciencia moral perpetua poco menos que por derecho divino. Nunca antes habrían exigido que los poderes públicos les subvencionen su libertad privada, y que esa subvención tenga que defenderse con uñas y dientes ante el resto del mundo como si fuera una conquista social inalienable.

Élite autodesignada ésta. Aristocracia ilustrada. Su buena conciencia –tan astuta como ingenua – les mantiene en la ilusión de creerse la guía y la conciencia del pueblo. P. Muray tiene un nombre para ellos: artistócratas.

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