Los grandes logros de la modernidad – ( VI )

(Logro 6º)

El anti – integrismo

Es habitual creer que las manifestaciones sociales y políticas más o menos violentas o radicales, más o menos oportunas, los actos del mal denominado terrorismo, el llamado integrismo islámico, y las protestas aparentemente cívicas de Occidente, son prueba irrefutable de la continuidad de los tiempos históricos. Es decir, que tienen lugar porque desembocan, de un modo u otro, en el adelanto de la historia.

Eso suelen creer aquellos que confían en el futuro. Como si, de ese modo, estuviésemos seguros de llevar un rumbo histórico racional o justificado hacia alguna parte. Y, ciertamente a alguna parte vamos, pero no a parte alguna donde el hombre lo haya decidido haciendo uso del raciocinio.

Por eso estos tiempos y todo cuanto acontece en ellos, caen en el fondo de un pozo donde yace ya la modernidad occidental desde que comenzó su decadencia hace muchos años.

Incluso si tales violencias reivindicativas y manifestaciones durasen cientos de años, no serían más que pervivencias transitorias que sólo niegan una realidad: el deseo profundo y, tal vez inconsciente, de todos los pueblos del mundo –digan lo que digan y hagan lo que hagan– de alinearse con la agonía occidental, (lugar al que nos ha llevado la sociedad burguesa del bienestar y del consumo). Sociedad, entendida ya, como el único modelo, tan fatal como viable para el futuro de toda la humanidad.

La locura sanguinaria de los fanatismos, por ejemplo, y las menos fanáticas de las democracias (en las formas); probablemente y en realidad sólo encubra una cosa: la frustración de no haber llegado todavía a ese estadio en el que la sociedad occidental moderna ha encontrado su caída.

Creer que el ser humano de otras sociedades, o civilizaciones, no aspire a la comodidad, a la satisfacción de sus deseos, al enriquecimiento y al poder, es tanto como desconocer la esencia de la naturaleza humana.

Hasta ahora, y mientras tanto, ofrece justo la cara opuesta a ese deseo vital oculto entre la retórica oportuna, especialmente el integrismo de cualquier signo, incluido el democrático, naturalmente.

Mucho nos equivocaríamos pero ojalá fuese así, si esos integrismos de todo género no buscasen, en efecto, su alineación más perfecta con el modelo de sociedad occidental avanzado, (post-moderno).

El combate entre el mal llamado terrorismo islámico, o simplemente, mundo árabe y el Homo Festivus, (más común en occidente) es un combate desigual que sólo puede saldarse con la victoria del segundo.

¡Venceremos […] porque somos los más muertos!. El Último hombre prevalece sobre el guerrero de la Dhijad.

Nadie puede matar a un muerto y aún menos cuando ese ser inane no se toma a sí mismo por tal. Es decir, nadie puede sustituir algo por otra cosa que, en esencia, es lo mismo. Es imposible. Es como pinchar un globo que no se desinfla nunca. Sólo cabe sustituirse a sí mismo.

Es también habitual señalar a los movimientos alter mundialistas y anti globalización como otros tantos rechazos a la uniformización festivócrata. Nada más lejos de la realidad.

De nada sirve protestar contra la globalización a través de grandes algaradas festivas si no se empieza por abandonar el ideal angelical de un mundo sin fronteras, que es precisamente la nueva frontera de la globalización. Su ilusión lírica específica. Una sangría de ida y vuelta.

Los que defienden furiosamente la libre circulación de capitales y los que defienden con furia la libre circulación de personas –de los sacrosantos inmigrantes para ser exactos– están del mismo lado. Y ni siquiera lo saben ni les importa saberlo. Sólo para divertirse cuando lo constatan.

Todos ellos, los anti globalización y los sin fronteras, son partidarios de la des-territorialización de un mundo confuso-onírico donde las antiguas soberanías, producto de la humanización pasada, se vean abolidas para siempre.

Los activistas anti globalización están tan sometidos a los sub-principios de la modernidad matriarcal planetaria, como los Amos transnacionales a los que dicen combatir.

Y sus furibundas guerrillas incendiarias no son más que teatro callejero, una forma como cualquier otra –‘artística’, luego doblemente culpable – de la sumisión.

Otros hablan de un supuesto revivir religioso, de un nuevo auge de los integrismos, de nuevas formas de espiritualidad, y quieren ver en eso un retorno de lo sagrado. Pero mucho nos tememos que, por desgracia, no haya tal.

Creemos que sería bueno si lo fuera porque significaría retomar los valores morales sobre los que sustentar una convivencia. Pero no hay ningún “retorno de la religión”. Ninguna re-espiritualización.

Lo que sí hay es una puesta en escena de residuos religiosos bajo las formas más delirantes y ridículas porque pretenden copiar y obtener el mismo éxito que obtiene la sociedad civil. Pero no lo consigue y todo queda en el Espectáculo mismo y en beneficio del Espectáculo.

Se trata de reavivar en suma el núcleo duro de lo irracional, de retomar una ficción mística consistente sin la cual ninguna comunidad, ningún colectivismo puede aguantar el tirón.

Todo cabe ahí: las bufonadas “New Age”, las extravagancias ocultistas, la moda budista o las Jornadas católico-espectaculares en las que la Iglesia trata de adaptarse al funesto lenguaje del día. “Festivópolis eclesial” encuentra así el suplemento de Trascendencia necesario para poder afirmar que la perfección se encuentra en ella. “Show must go on”.  

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