Las leyes (el aborto)

Rara vez la ley, cualquier ley, ha satisfecho sin su correspondiente escaramuza, las expectativas de toda una sociedad. Ni siquiera la de una mayoría. Tampoco cuando ha procurado el beneficio deliberado para una capa social concreta, pues nunca la sociedad, por más igualitaria que pretenda ser en nuestros días, se ve privada de clases ni se convierte en homogénea totalmente. Eso ya lo dejaron claro los antiguos griegos.

Cabría añadir,- con cierta sorna-, que en el caso del pueblo español, aún menos, porque desde hace ya unos años, más que una sociedad cohesionada y laboriosa, parece un queso groullere, o algo lleno de agujeros y rotos.

Creer que este nuevo proyecto de la ley del aborto iba a concitar la pax social, no es sino la excusa que los simples necesitan para despotricar a dos carrillos después.

Una tontería, en efecto, del mismo modo que lo es pensar que no iba a satisfacer a ciertos sectores de la población, especialmente a aquellos que, fariseos o no, sostienen que la vida del feto comienza en el minuto cero de la concepción.

Los que están contentos son, esos sí, los medios de comunicación y las cadenas que organizan las tertulias televisivas,- siempre tan falsarias e inútiles como el peor de los remedios, excepto, claro está, para perder el tiempo y hacerlo perder sin arrojar más luz que la que sirve para alumbrar la punta de la nariz de cada cual-; y desde luego, para aquellos otros que frecuentan dichas reuniones ante las cámaras haciendo, con la ostentación de sus opiniones, el ridículo de sí mismos, sin que eso, por cierto, le importe lo más mínimo, ni a los tertulianos ni a quienes les prestan atención.

La ley del aborto actual, cuando se apruebe, al final del trámite parlamentario, al igual que otras leyes o legislaciones meramente políticas como la recientemente aprobada ley de educación, no hacen sino satisfacer, simple y llanamente, la ideología del poder o al poder mismo, en perjuicio de otras ideas políticas que anterior o posteriormente hayan o vayan a ejercitarlo.

Eso es así porque, tanto el cuerpo social como el político estará siempre dividido en tantas partes como sugieran las ideas cuantitativas, dominantes, ¡ojo!, no cualitativamente. Esto es, las que más conformismo susciten.

Poco o nada sabe la historia, de legislaciones que no hayan caído como un mazazo sobre las gentes de su tiempo. Hayan sido beneficiosas o perjudiciales. Pero sí se sabe que, pasados los siglos, algunas de ellas, se han revelado como acertadas e incluso inmejorables dada la difícil y particularísima forma de pensar del cerebro humano y el atinoque del legislador, (recuérdese al señor Bonaparte y su código penal aún en vigor).

Todo país, sea éste gobernado por una monarquía, una aristocracia, una democracia o lo que quiera que sea, necesita una legislación, justa o injusta; acertada o sin acierto, a la que someter el entramado de su Estado. Se trata de algo tan contrastado como la propia división de la superficie del planeta en tres cuartas partes de agua y una de tierra.

Todavía no ha llegado el día, ni llegará, a decir de quienes entienden de eso, en que las gentes sepan vivir y gobernarse de forma mínimamente organizada y por sí solas. Y cuando, por poco espacio de tiempo, se han roto las reglas del juego por guerras, revoluciones o vacío de poder, el caos se ha instalado con tanta locura allí donde ha faltado, que el saldo en vidas humanas y en destrucción, difícilmente ha sido superado en otros momentos de violencia.

Cuando, por otra parte, y también por razones de ideología política, se han promulgado leyes de aplicación laxa o grata, (también llamada progresista), esto es, leyes que han satisfecho y beneficiado a amplias capas de población, o ha sido asimilada con el concepto de “modernidad”; la gente ha dado evidentes muestras de alegría y calificado tal ley con todo tipo de epítetos entusiastas. Identificándola incluso con la misma esencia de la pretendida “justa e igualitaria” democracia occidental.

La historia de la antropología humana muestra que el hombre, sumido en las dificultades de la supervivencia económica y social diaria e inmediata, no le hará “ascos” a una ley que facilite la resolución rápida de sus problemas, o que al menos, no la complique, y se mostrará contrario y ceñudo ante aquellas otras que dificulten su devenir cotidiano, o incrementen el esfuerzo de cualquier tipo que hayan de hacer para cumplirlas.

De tal manera es así, que en la ancha esfera del mundo “democrático-occidental”, no pocos partidos han hecho dejación deliberada de todo significado ideológico.

En efecto, han despojado el contenido político de todo trámite enojoso para inventar una nueva tendencia moral y promulgar formas y normativas de vida social, “bonitas, fáciles y baratas” sabiendo que ese es el mejor modo de obtener el beneplácito inmediato del cuerpo social, siempre ávido de comodidad y ventajas; (matrimonio homosexual por ejemplo, ley de parejas de hecho, de extranjería o de dependencia), ahora, por cierto, casi desprovistas de toda cobertura institucional.

Una ex ministro socialista promulgó, sin despeinarse, una ley de ese tipo, que convirtió en delito, el uso correcto del idioma español hasta entonces. Sólo para satisfacer, en este caso, su particular visión del asunto y a los reivindicativos colectivos feministas.

Ni siquiera la RAE supo oponerse a tamaño atentado lingüístico so capa de dar como hecho natural la socorrida e inevitable “evolución” de la lengua; ¿evolución o destrozo?, nos preguntamos nosotros. Y del mismo modo, la susodicha, aprobó otra ley que autorizaba a las niñas de 15 años a abortar sin que tuvieran obligación alguna de contar con el consejo o aprobación de los padres.

Y una de dos, o los progenitores ya no pintan nada en la vida de sus hijos, (pues ¡ay!, la sociedad ha madurado tanto), que nos hace entender tan avanzada ley, o los jovencitos de esa edad ya peinan canas y tejen, sesudos, los hilos del mundo venidero.

Ejemplos como estos explican también, en cierta medida al menos, que una vez desalojado del poder político quien así actuaba, sea sustituido por su homólogo de ideología o proceder contrario, diligente en aprobar leyes que extreman hasta el despropósito el articulado anterior. Esto es: ¡despropósito legislativo anterior – despropósito legislativo posterior!.

El punto al que estas reflexiones nos lleva es aquel en el que puede afirmarse que el legislador se convierte en mero burócrata. Burócrata y también verdugo, para aquellos que no pueden escaparse del cumplimiento de la ley. Y burócrata pasivo o de facto inexistente, para aquellos otros a quienes no les afecta especialmente, o les da igual, o conocen los medios para sortearla. La ley les da igual sea cual sea su articulado. O los que están dispuestos a burlarse de ella del modo que sea cuando necesiten hacerlo.

Todos estos hechos ponen de relieve la imposible vigencia de un criterio equilibrado y adecuado en la promulgación de toda ley, independientemente de la materia que pretenda articular.

Así, todo cuanto se dice para justificar una postura u otra no pasa de ser en realidad, más que simples puestas en escena envueltas en luz de foco y aderezadas con argumentos mareantes y hasta delirantes. También los hay, por suerte, cargados de humor.

Por ejemplo; argumento a: el aborto esta prohibido para toda aquella mujer que no demuestre con el certificado de dos especialistas que su no nato, adolece de malformación grave. Argumento b: esta ley esta basada en el derecho a la vida desde el minuto cero de la gestación del feto. A qué viene entonces decretar excepciones de ningún tipo.

Tales incongruencias legislativas ponen de relieve, por si no lo estuviera todavía suficientemente, cosas aún más graves, como la de que no son verdaderos legisladores quienes promulgan leyes, ni verdaderos políticos quienes las ejecutan u organizan la vida social de un país.

Son, por el contrario y en efecto, el resultado directo de la mezcolanza de un electorado adocenado y confuso junto a una cámara legislativa alborotada, más atentos ambos, a lo que dice la tv que a la voz del sentido común y la reflexión. Cosa archisabida, por otra parte.

2 pensamientos en “Las leyes (el aborto)

  1. Amigo mio:
    siempre es bueno recibir inteligentes comentarios sobre lo que sucede en nuestra actualidad. Tu afilada pluma nos ha mostrado infinidad de ejemplos. Eso si, legisladores, y autoridades varias, son elegidas por el pueblo, el cual de un modo u otro, tambien tiene su cuota parte de responsabilidad en ello.

    En fin, gracias por el articulo recibido, esperando nuevos y sesudos analisis de tu parte.

    Mis saludos para ti

    Jorge

  2. La naturaleza humana, como la de cualquier ser vivo, siempre intenta acoplarse a unos condicionantes externos de una manera u otra (según las valoraciones personales), seleccionando la opción más idónea. Los resultados son variopintos. (Hablo de naturaleza humana por no entrar en la polémica de nominar Hombre con mayúscula como sinónimo de género humano, tal y como lo concebían en el mundo de la Grecia Clásica; aunque es cierto que la Mujer, con mayúscula o minúscula, pintaba bien poco por entonces).
    A lo largo de la vida de una mujer, y digo exclusivamente mujer, las opciones en torno a la concepción o la maternidad voluntaria varían en función de la sociedad, las leyes y los propios intereses. En mi caso, nací en una dictadura y las relaciones sexuales eran lícitas tras el matrimonio eclesiástico y, siempre, con una orientación hacia la procreación. Las que éramos un poco “avanzadillas” (“putas” para la moral mojigata de la época) tuvimos que recurrir a la Planificación Familiar, tutelada casi clandestinamente por algunos ginecólogos y enfermeras de “la cáscara amarga”. La otra opción era el viaje a Londres si se podía crematísticamente o el riesgo en cualquier trastienda clandestina.
    Con la Ley Orgánica 9/1985 del 5 de julio del Código Penal y su publicación en el BOE el 24 de Noviembre de 1986, se consiguió por Real Decreto la Despenalización del Aborto (éticamente prefiero el término de “ interrupción voluntaria del embarazo”. No es un eufemismo) Para las mujeres fue un respiro. Algo es algo.
    Y, nuevamente volvemos a la Prehistoria con el Anteproyecto de Ley sobre el aborto, con el que nos amenaza este gobierno. No hay lógica, sino votos sobre la mesa; incluso entre el propio partido surgen enfrentamientos para evitar la fuga de votantes. A las mujeres se nos vuelve a utilizar en un sentido u otro como pelotas sociales para alcanzar unos escaños.
    Si hablamos de la igualdad de derechos y deberes entre el hombre y la mujer ¿por qué han de decidir otros sobre decisiones intrínsecamente femeninas? Somos las mujeres, mayores de edad, con una ética propia, las que debemos decidir sobre nuestros hijos, el cómo, cuándo y con quién o de qué manera concebirlos.
    Se supone que en siglo XXI una mujer dispone de conocimientos y medios anticonceptivos, así como sistemas de fertilización para una maternidad voluntaria. Un hijo se gesta en nuestro útero; se siente; se alimenta a través de la madre y se pare. No existe madre desnaturalizada, salvo excepciones. Y yo me pregunto qué pintamos nosotras en todo este tinglado mediático, político y social. Y aquí es dónde entraría su crítica sobre la ley del aborto.

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