Individuo masa “ergo” banalidad

¡Las masas son las masas!: (pueblo, gente, vulgo, aglomeración, público, gentío, muchedumbre, etc. ó todo junto). En suma, esa cosa tan peligrosa cuando está descontrolada pero tan dócil cuando se halla satisfecha. Aún estándolo, siempre es aconsejable mantenerse alejado.

Cuando las masas mandan en las estructuras organizativas de los pueblos y los países, o se lo hacen creer así, (aunque sea de forma ficticia y franquiciada a través del voto asambleario o del voto-urna), o lo cree en firme por sí misma y lo ejerce con el propio peso de su masa, (nunca mejor dicho); el significado de las cosas se prostituye, se ennegrece y se vuelve viscoso. Se enmaraña como el estropajo y las direcciones de todos los caminos se confunden.

Los conceptos, las ideas y los significados de la información, terminan por perder su verdadero valor y todo se equivale en la vaguedad, el sinsentido y la mediocridad. La comunicación, la educación y el intercambio de opinión, no es más que el contagioso delirio que lo genera.

El individuo masa, convertido así en la única medida válida con la que los gobiernos le ponen precio a las cosas, se convierte en el fundamento y guía de sí mismo, de la familia y de la sociedad en su conjunto. Y por inevitable extensión, en la única cosa a tener en cuenta de cuantas normas, valores éticos y morales, debieran regular la estructura del Estado y la vida normativa de las personas.

Esto es así de tal modo, que hasta el reciente papa Francisco, (por mencionar a alguien que entiende mucho de esto), jefe de la Santa Sede y pastor de rebaños, (sencillo, solidario y democrático como ningún otro hasta hoy), mide y adapta la política eclesiástica sin perder de vista esta tabla de la mensurabilidad humana universal con cuidado de no extralimitarse un punto, respecto a la raya hasta donde alcanza la mirada de la manada. Sólo así, la masa individuo y el individuo masa, pierde sus reparos y puebla su cabaña.

Se convierte la sociedad entera, de tal modo, en un cuerpo moralmente enfermo, sin relieve y cuasi indiferenciado.

Las muchedumbres se extienden, se identifican y existen en sí mismas sin necesitar ni aceptar nada que les altere o reconvenga. Se consuelan existiendo con unas pocas normas y algo de entretenimiento. Eso les basta. El individuo consciente de sí mismo, en cambio, necesita algo más, y el pensador o intelectual, se rinde ante ese mundo porque no puede respirar el ambiente pestífero que lo envuelve. Intenta huir del modo que puede, y se protege entristecido dentro de sí mismo mientras busca lo que ya no existe sino fuera de todas las cosas.

Algunas veces, seres singulares se atreven a vivir, pensar y escribir desde las inhóspitas afueras del sentimiento gregario y convencional, pero muy pronto lo pagan con el ostracismo político, social y hasta familiar.

Conocer hoy, en un mundo así, a una mente en funcionamiento, una mente que sobrevuele las praderas del sentimentalismo social o los pantanos emponzoñados del prejuicio humano, es un espectáculo insólito de la naturaleza del intelecto, porque es en la naturaleza del hombre mismo, sea pensador o sencillo, donde anida toda la banalidad o riqueza que sea capaz de mostrar en la vida.

Y cuando la gran obra (cerebro lúcido) se produce, suele sacudir con temblores de suspicacia, las entendederas del hombre común, habituado a conducirse en la vida por manías e intereses personales. Torpes intuiciones y afectos, o corazonadas. O presiones de la inmediatez.

“Discurrir con racionalidad nos hace personas”. Frases como esta han sido dichas mil veces a lo largo de la historia. Siempre sin que se hayan traducido en una mejora en la calidad del comportamiento humano. No basta con dejar que el cerebro funcione a ralentí como lo hace el motor de un tractor parado en medio del surco.

Renunciar al pensamiento y a la reflexión, o entregarnos a la inmediatez más miope, o a los paquetes turísticos, nos coloca en el disparadero común del solípedo. Y eso aunque vistamos con decoro, (cada vez menos), besemos a nuestros hijos al acostarnos y nunca falte leche en el plato de nuestro gatito. Porque ser analfabeto o un periodista deportivo, no excluye la pertenencia ocasional o fija a una nómina ordinaria de genocidas ciudadanos.

Es mentira eso de que Roma, o Grecia, fueran las patrias más cultas. Porque no hay naciones cultas. Ni pueblos cultos, ni masas humanas conscientes de nada. Eso no existe como no existen elefantes que vuelen.

Cultos y conscientes sólo pueden ser los individuos. Y hay muy pocos en el mundo que lo sean verdaderamente porque cuesta muchísimo hacerse con una verdadera cultura. Una cultura hondamente sentida y masticada; conectada con la ética y la verdad de la historia. Con la sabiduría confrontada a los prejuicios fundamentados y a las incapacidades de cada uno.

Cuesta mucho ser un individuo consciente porque para lograrlo hay que ser vigilante insomne del proceder diario, (cosa, por cierto, nada difícil hoy en día). Capaz de romper vínculos económicos, políticos y étnicos si llega el caso. Separarse de los parentescos familiares, amorosos o de amistad si es necesario. Y acabar, si así se requiere, con las ligazones patrióticas o de compromiso. Si es necesario. En efecto.

Intentar comprender lo que se lee en un periódico o en un libro no significa estar informado, y menos aún, tener educación, tal como afirma de sí mismo el hombre-masa. Leer dominicales y echar un vistazo al periódico antes de decretar la próxima fatwa no es estar alfabetizado; porque una cosa es leer como hacen los párvulos y otra muy distinta es leer pensando, tal como hacen los individuos cultivados de verdad.

A la ciudadanía liberal (y ya no quedan tradiciones), no le gusta creer en el vasto poder del subconsciente, y menos aún, en la capacidad asesina, potencialmente real, de la mayoría de la gente común. Aceptar la superficie por la realidad y vivir de acuerdo con ella, no es más que dar el parabién al falso reflejo de los hueros tiempos modernos. Y en la “cultura” occidental con más peligro y mucho más que en ningún otro lugar o civilización que exista o haya sido.

Un pensamiento en “Individuo masa “ergo” banalidad

  1. 1. Cuando se decía en los años treinta y tres que no entendían cómo una de las naciones más cultas, como Alemania, había caído en el nazismo, se confundía esto precisamente alfabetización con civilización. Ortega decía algo así como que el bárbaro se alfabetiza pero no se civiliza. No sé si lo escribió cuando viajó a Alemania en la época de Hitler. 2. Otra confusión, como muy bien señalas, es el ciudadano –sujeto racional de derechos- con el hombre masa al que se le sacian los apetitos y que se deja llevar por la marea o subsconsciente, como muy bien reflejó Poe en el cuento el hombre de la multitud.. Creo que por eso muchos intelectuales han sido contrarios a la democracia. ¿Cómo va a votar una persona que no tiene criterio? Esto es discutible, porque algunos intelectuales y personas cultas también albergan algunas ideas bastante terroríficas, que felizmente no siempre no se llevan a la práctica. Lo que para mí es bastante claro es en el caso del jurado popular. ¿Cómo me va a juzgar gente que no está familiarizada con las añagazas jurídicas? Es algo así como si me operaran legos y no médicos.

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