La historia, la sabiduría y la edad

Aunque los acontecimientos históricos, tal como se dan a conocer en los libros, no sean del todo ciertos, o lo sean de forma ambigua, sectaria o parcial, y casi nunca objetivos; no es menos cierto que por lo general, nadie que conozca la historia y esté política o culturalmente obligado a reflexionar sobre ella, los tiene seriamente en cuenta con el propósito de mejorar la vida futura de un país y evitar mayores males en el presente.

Por el contrario, suelen ser ignorados deliberadamente para acometerlos mucho mejor que en el pasado; con más entusiasmo y eficacia comprobada. Cosa que, por otra parte, no es más que simple “firma de la casa”.

Desde que, en la época del Renacimiento europeo, la historia del mundo se dividiese en las dos grandes concepciones de ver y entender la vida: la oriental y la occidental, cada generación suele traer consigo un nuevo modelo de progresismo tanto más contradictorio, ridículo y absurdo que el anterior. Es decir, una sociedad, siempre tan avanzada y moderna como desorientada, que llena de basura el mundo (literalmente) con cada día que pasa, y convierte en residual o periclitado a todo aquello que recuerde lo inmediatamente anterior, lo eche de menos o se resista a dejarlo definitivamente atrás.

Gómez Dávila afirma que ninguna época es de transición, sino un tiempo absoluto que se devora a sí mismo. No cabe así, pensar que el deterioro social, el presunto o cierto nepotismo institucional y la imbecilidad general de nuestro tiempo, sea un paréntesis o un bache del que se sale; o un movimiento pendular que, con unas cuantas oscilaciones y pasado un poco de tiempo, vayamos a mejorar o superar. Aunque el largo proceso de decadencia por el que transita Occidente nos haga creer que, en efecto, ese deterioro, esa enfermedad, se superará.

Por otro lado, el hecho de cumplir años y crecer en experiencia, lejos de lo que suele creerse, no sólo impide, en la gente, ser más consciente y sabia, sino que,-el progresismo aludido-, la convierte, finalmente, en verdaderos zoquetes, cuando no en auténticos terrones que nunca debieron abandonar el surco. Ej. simple: no es achicando el tamaño de los coches lo que facilitará el mejor tránsito por la ciudad, ni abaratando el precio de los vehículos, ni haciendo que el transporte público sea gratis, ni ensanchado las calles, ni prohibiendo la circulación parcialmente; sino construyendo una civilización nueva que promueva un progreso racional desde el principio y con un modo de gobierno similar al que hace dos mil cuatrociemtos años, proponía Platón, no por cierto, uno obtenido por simple y directa votación popular-. Como eso ya no es posible, sólo queda aguardar al agotamiento completo del actual modelo político. Todo empeño por “mejorar” o “perpetuar” un modelo político que se ahoga en sí mismo, no es sino alargar una penosa agonía y dar más pábulo a quien no tiene nada que ofrecer, sea viejo o nuevo político.

Se trata de evidencias, cuyas consecuencias, el hombre, como dueño y señor del mundo, nunca ha querido ver y aún menos, reconocer. No es, con todo, algo excepcional ni son tampoco sus peores cualidades. Son simples realidades de su naturaleza.

La edad de la madurez última en el hombre, o su vejez, no sólo es el momento en el que aparecen sus achaques, cansancio vital o desinterés por las cosas; es también el momento en el que la posibilidad de cambiar de pensamiento o actitud, más alejada se haya en cuanto al orden de sus prioridades generales. No sólo eso; la ancianidad suele ser la época en que las ideas y pensamientos han quedado convertidos en el reflejo pétreo y sintético de las juveniles inclinaciones o pasiones. Ninguna de sus actitudes anteriores, ninguna de sus anteriores ideas tiene la menor posibilidad de modificarse o remodelarse en la vejez; y menos aún, de ser reconocidas como erróneas o equivocadas en base a la mayor experiencia o enseñanzas acumuladas. Entre otras cosas porque de hacerlo, significaría aceptar la derrota y sinrazón de toda una vida. Razón que, dada la naturaleza humana, sea considerada mas que suficiente para que nunca o casi nunca se cumpla. (El supuesto de tal sabiduría de la ancianidad o de la propia experiencia en sí).

Hemos señalado ya en este sitio, otras veces, que excepciones siempre existen y que son tan reales como la misma norma que se pretenda establecer.

Por otra parte, no esta de más señalar que difícilmente se da en el hombre la cualidad de acumular formación y aprendizaje sin que esté contaminada o, mejor aún, estimulada por los condicionantes del carácter personal que, en suma, es el que configura, de forma determinante y antes que ninguna otra cosa, la personalidad y el hacer humano.

Es del todo común que hombres y mujeres de edad madura o avanzada edad, se muestren dogmáticamente seguros de ideas y actitudes gestadas en la juventud, sin que el paso del tiempo o las experiencias tenidas de signo contrario a lo largo del tiempo, las hayan hecho cambiar en lo más mínimo. De tal manera que sí en la “edad de la alegría” contaban con el visto bueno de la moda o de una determinada corriente de opinión, en la edad madura resultan indisimuladamente patéticas, sin que por ello, en el ánimo de las personas, sobrevenga la menor intención de cambiar o revisarlas. En todo caso, se reafirman con el mayor y más ciego tesón.

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