Sucesión borbónico-española

¡ Lástima !.

No es ni la Monarquía de Felipe VI ni la Tercera República, lo que marca un mejor o peor gobierno en España en la actualidad. El deterioro moral, espiritual, educativo, social, cultural, económico y político de la actual democracia moderna, ya no permite regeneración alguna. (Al menos durante mucho tiempo y sin que sucedan antes graves acontecimientos).

Abandonado del cielo y extranjero a la tierra, el “ciudadano moderno” ya no se estremece ante el respeto de lo humano, lo sagrado y lo divino. Igual que Prometeo, que creyó liberarse de las cadenas que lo ligaban a los Dioses, el hombre moderno se cree libre entregado al hedonismo vulgar y al superficial egoismo. Abatido también, por el desconsuelo, se deja arrastrar a las simas de la desesperación y la desesperanza. El alma del hombre, antaño refugio de sus más íntimos anhelos, se resquebraja y se disuelve en la Nada del progresismo.

El Estado moderno obtiene su principal objetivo eliminando, no una, sino cualquier disidencia. Sumiendo a los hombres en una masa informe e indiferenciada en la que la “cantidad” sustituye a la “cualidad” y el espíritu de autoridad aristocrática se extirpa en aras de esa fantasmagoría que se ha dado en llamar “igualitarismo”.

Así pues ni una ni otra permitirá la recuperación de valores educativos, morales y espirituales con los que otorgar cierta altura cultural y social; cierta dignificación política en el cuerpo de la nación. Sólo, y en cualquiera de los casos, no hará más que proporcionar un mayor empujón hacia la particular decadencia occidental en la que España se inscribió.

No es, tampoco, la abdicación de Juan Carlos I, y la entronización de Felipe VI, precisamente, un punto importante ni crucial, en la historia de modernidad española. Es un simple paso más en el camino de la decadencia nacional, trufada, en no pocos ámbitos, con la mayor crispación y renovada agresividad.

Esa crispación o posibles tumultos lo serían, de forma más acentuada todavía, si la elección de forma de gobierno fuese la constitución de una nueva República, pues aunque la “modernidad de la democracia occidental” no permitiera una sustancial diferencia entre sus formas de gobernar, se eliminaría del camino toda necesidad de guardar cierta compostura y compromiso de estabilidad política.

Cualquier monarquía que haya sobrevivido hasta hoy en día, encarna en ella misma, ceremonias y tradiciones de dos formas simultáneas. Por un lado, a través de la sangre y las leyes de sucesión que la fundan. Por otro lado, a través del conjunto de símbolos, ceremonias y rituales que, constituyen el nervio mismo de la institución monárquica.

Pero el traspaso de titularidad monárquica española tendrá muy poco de las ceremonias y tradiciones que le son propias porque sus símbolos, valores y rituales, quedarán reducidos a casi nada o ni siquiera aparecerán ante los ojos del pueblo.

Una monarquía es, (al menos en los países nórdicos y en el Reino Unido) el gran signo a través del cual la Nación —esa unidad de destino— se afirma a través del tiempo, los cambios y la muerte? Si deja de ser tal cosa, si ya no encarna el signo de la unidad que, a través de los siglos, mantiene juntos a los hombres que nacen, viven y mueren en el seno de un pueblo, si para satisfacer o representar a “las nuevas generaciones” se le despoja del significado de esa tradición, cabría preguntarse para qué se necesita a un rey.

La abdicación de Juan Carlos I no es, por tanto, sólo la desaparición de éste como Jefe del Estado, sino el inicio de la transformación «republicana» de la monarquía. Felipe VI es investido, virtualmente, como monarca “arrepublicanado”. Peor aún. Monarca sin atribuciones tradicionales de tal, y republicano sin vocación de sentir tal cosa. Un sinsentido más de los que acuna la cotidianidad de los tiempos.

El miércoles día 18 de Julio, Felipe VI será coronado —«proclamado» es el término oficial— Rey de España. Los signos y los símbolos más externos de la monarquía no desaparecerán del todo, (aún), pero sí quedarán reducidos a su mínima expresión. (Como años atrás lo han hecho el de los partidos políticos). No retumbarán ese día los cañones. No repicarán las campanas. No acudirán a Palacio otros monarcas. No se alborozarán las multitudes en las calles,- al menos sin cierto temor, sin cierta desconfianza-. No se cantará ningún Te Deum. No se celebrará ninguna misa. En la única y escuálida ceremonia prevista en las Cortes, no se hará ningún juramento, (¿quizá sólo una «promesa»?). Esa promesa se prestará ante unos Evangelios figurados que, al igual que el Crucifijo, se mantendrán escondidos en el armario. Así en España se habrá coronado ese día al primer rey laico de la Cristiandad.

Hace muchos años,- siglos en realidad-, que filósofos y pensadores vienen anunciando la Decadencia de Occidente y, ciertamente la civilización occidental no hace otra cosa que avanzar hacia su desaparición con actos continuados del absurdo. A veces parece que se haya detenido en su propia complacencia de forma permanente. Tal es la lentitud con la que avanza y tales los entretenimientos que ofrece mientras tanto.

Es como si cada año de esta larga agonía, se celebrasen tantos eventos que pareciera que no es a la Decadencia hacia donde nos dirigimos sino hacia el progreso o hacia la consecución de todo tipo de avances y logros. Sin embargo no es sino el sinsentido más irreconocible el que nos aguarda tras el menor de los pasos que da.

España y su democracia moderna desconoce el legado de la tradición y sigue así el guion de una sociedad incapaz de advertir su propia miseria moral y cultural: desnacionalización, depauperización, radicalización e incultura. El rey abdica con un par de líneas. El Parlamento lo autoriza con la consabida indolencia y espectáculo. El nuevo rey, casi en secreto y deprisa, por si acaso, se ciñe el título (que no la corona). Y todo ello revela la lógica consecuencia de una nación acomplejada, inculta, aborregada y desmotivada, que no cree en nada ni sabe razonar sobre su propia existencia.

En efecto, por un lado, la entronización de Felipe VI, se llevará a cabo de forma no religiosa. Un acontecimiento que se realizará así por primera vez en la historia de las monarquías y que, a la postre, no tendría por qué ser algo malo en sí, si no se hiciese para ocultar un verdadero retroceso en la calidad de los valores nacionales, para complacer exigencias políticas amenazadoras, y no representase una simple componenda para soslayar actos y gestos que deberían ser más auténticos y valientes.

En fin. No nos extrañaría nada que cualquier día de estos, el mismo Papa fuese elegido por sufragio universal asambleario, al margen de toda liturgia, y de espaldas a la Biblia y los evangelios, y en las afueras del Vaticano, para satisfacer mejor a los creyentes escépticos y ateos, cada vez más numerosos, y así autentificarlos en la llamada verdadera fe. Es el signo de los tiempos.

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