¡ Alternativa ¡ ≠ ¿acaso existe?

Hemos dicho anteriormente en otros artículos de éste blog, que el sistema político que gobierna en casi todos los países del mundo (democracia occidental), es el peor de todos y casi el único, de cuantos tienen opción a gobernar en el ámbito de la “cultura occidental”. Eso es así; incluyendo a aquellos que, “el tío Sam”, castiga por inconvenientes o díscolos, aún cumpliendo las reglas “democráticas”. Egipto, recientemente, por ejemplo.

No incluimos en esta afirmación a aquellos otros países de Oriente Medio ni Asia, que rigen sus gobiernos por otros sistemas políticos y religiosos que, en general, y siendo tan distintos en su cultura y costumbres, nos parecen tan válidos y dignos de respeto, como el modelo de la propia democracia occidental, si no más, por contar con la conservación de sus tradiciones y con el distanciamiento de los medios y formas de vida de la modernidad; pese al rechazo visceral que la estrechez mental de la opinión pública, suscita en nuestras latitudes.

La razón que sostiene esa afirmación, es que la manera de hacer política democrática moderna o post-moderna, esta inspirada y basada en la voluntad popular y ésta, por su propia naturaleza y, por más modernizada que se considere, (o precisamente por eso mismo), no esta capacitada para valorar otra cosa que no sea su propia y estrecha opinión personal y necesidad más inmediata: el deseo de bienestar, beneficios, comodidad y consumo; así como por el hecho de dejarse llevar por emociones, simpatías e intuiciones que, por si mismos, son siempre subjetivos y entorpecen toda capacidad de raciocinio y reflexión.

La realidad indica que los partidos políticos se nutren de esos mismos elementos, convertidos en método, para realizar su política. Y eso precisamente, es lo que lo convierte en equívoco, inoperante y contraproducente a gran escala. Fuente, a su vez, de leyes y comportamientos diarios y cotidianos políticamente absurdos que, además, y por mandato internacional, les hace abandonar en manos de los poderes económicos, pura y duramente, (posiblemente de forma inevitable), la dirección de la política real.

De hecho, sólo a aquellos partidos y países que, desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de los EEUU les da su permiso, pueden jugar al progreso, a la justicia y a la libertad con las cartas marcadas que hay sobre la mesa. Únicas disponibles.

Al definir globalmente así a la democracia occidental, abrimos la posibilidad, también, para considerar ese sistema el mejor de todos los posibles puesto que, en realidad, no hay otros, y si los hay no se les permite prosperar sin el consentimiento antes señalado, ni tampoco al otro lado del juego banal de las urnas.

Si contemplamos el problema en términos de la naturaleza humana podríamos preguntarnos, ¿acaso ha cambiado la naturaleza del hombre desde que formó los primeros Estados y gobiernos?

Cabe decir, en rigor, que el carácter comportamental del hombre sólo se ha ido adaptando a las circunstancias que ha impuesto él mismo, con la única y simple intención de conservar el poder y obtener réditos detentándolo. A veces mediante la diplomacia servil, y a veces mediante el acuerdo económico; pero una mayor parte de las veces, a través de crueles guerras promovidas por la ambición y la venganza con el propósito de aumentar la hegemonía; y nunca, en cualquier caso, para cambiar la naturaleza de quienes ejercen el poder ni el poder mismo.

Bastaría con admitir esta realidad política, social, económica y cultural, como determinante, para dejar sólidamente establecido, que no hay; que no existe otra alternativa en Occidente, que pueda gobernar a los pueblos de forma diferente a la actual. Una forma absurda que se esfuerza en superar sus propios y graves problemas atentando tecnológicamente contra su propia existencia.

Y eso al margen por completo de los partidos que gobiernen y del dolor o la felicidad que cause, la pobreza o la riqueza, la ilustración o el analfabetismo, su grado de desarrollo, cohesión o inestabilidad; dado que, en cualquier caso, no hay alternativa posible, ni la hubo nunca en realidad. Del mismo modo que tampoco hubo modo alguno de alterar la forma de gobierno del Imperio Romano sino después de su caída a causa de profundas contradicciones estructural y estrictamente internas.

Los partidos que ocupan el poder y son mayoritariamente votados, satisfacen a sus votantes emulando de ellos sus virtudes y malsanías y devolviéndoles después espejismos y reflejos caleidoscópicos con propiedades calmantes en forma de hipotéticas soluciones, a lo que añaden un complejo de superioridad, a veces cuasi heroica.

Aunque la gente no vote con rigor y verdadera conciencia, o lo haga bajo las expectativas más ingenuas, es de todos modos, la única forma de expresar su voluntad en la época moderna y, por tanto, la única determinante y a tener en cuenta. Es decir, gobiernos que dirigen a los pueblos con el apoyo de votos emitidos en base a las necesidades más inmediatas y a los mensajes vacíos y facilones que los partidos extienden por todas partes a través de la propaganda. Ni una vía ni la otra son formas consistentes que garanticen una buena base racional para gobernar. Ni un buen gobierno. Sino un gobierno que se erige a la justa medida de los mimbres mencionados.

Otra cosa ocurre con los gobiernos no modernos. Con aquellos que guardan y rigen su vida por tradiciones milenarias: como Bután, Nepal, ciertas partes de la India y otros de Asia central, África o del Medio Oriente, en los que las tradiciones suplen toda pretensión de modernidad o mentalidad de consumo y progreso, y en los que no cabe hablar, por tanto, de uso o acierto de la capacidad de reflexión del pueblo al estilo moderno; si bien en franco retroceso hacia los polos de la modernidad.

En los países occidentales, en cambio, ni siquiera cuando se produce el relevo parlamentario o de Jefe de Gobierno, se hace desplegando un gran esfuerzo para explicar el motivo del cambio, si es que realmente lo hay.

Tal esfuerzo, en caso de que se hiciera, no podría llevarse a cabo satisfactoriamente, porque sería necesario utilizar el mismo sistema de comprensión política de aquellos que lo han modelado anteriormente durante largo tiempo; de modo que en vez de romper con el modelo que se pretende cambiar, se alarga y perpetúa enfermizamente, provocando que nunca se salga de una dinámica contagiosa que desemboca, una y otra vez, en un mayor delirio y deterioro político.

Podría pensarse, si cabría contemplar la incorporación del cuerpo intelectual o élite de un país, (si lo hubiere reconocido), en el trabajo real y comprometido de gobierno dada la inoperancia y el fracaso político de los gobiernos democráticos. Fracaso moral, espiritual y humano sobre todo. Pero esto ya es algo ensayado, comprobado e inviable.

La relación entre los hombres políticos y los pensadores e intelectuales, siempre ha sido difícil porque las reacciones emocionales de los primeros dominan siempre frente a la capacidad reflexiva de los segundos.

Hay que remontarse a los primeros filósofos y sus intentos por modificar los gobiernos de su tiempo para saber que siempre fue imposible. El filósofo ateniense Arístocles fue el más importante de ellos y el primero en fracasar. Su modelo de gobierno, basado, “grosso modo”, en una clase de personas adecuadamente preparada durante largos años en la organización y estructuración del Estado, nunca tuvo posibilidad alguna de implantarse, Ni en ninguna de las ciudades Estado de Grecia ni en las de Sicilia.

Los hombres políticos, miran a los pensadores con desconfianza, como a seres complejos, cuyas ideas, cuando influyen en el pueblo, dividen y confunden al electorado. Y eso es algo que ningún político permite, ni siquiera cuando tal confusión y división provenga de cualquier otro punto o circunstancia.

Eso es así porque en un sistema donde las posiciones de poder están predeterminadas de tal forma (izquierda y derecha) sólo gobernarán aquellos que no vayan a cambiar básicamente nada. O, que, por el contrario y con un poco de magia, lo cambien todo para que nada cambie.

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