El comportamiento humano

Lo verdaderamente significativo en el comportamiento de la naturaleza humana es su total incapacidad para razonar. Para hallar respuestas adecuadas. Para perdonar. Para comprender. Para entender la justicia. Para elevarse por encima de su rastrerismo. Para verse a sí mismo en el prójimo. Para tener la menor orientación del lugar que ocupa. Para saber quién es, lo qué es y lo que realmente quiere.

En estos días, semanas; muchos asisten, perplejos, a través de los medios de comunicación, a la matanza de niños palestinos bajo los cañonazos del ejército israelí. Es de una iniquidad tan inverosímil este asesinato indiscriminado de niños,- cuya única culpa es haber nacido y estar jugando en las calles-, que muchos piensan con rabia, que el finiquitado régimen nazi, verdaderamente debía haber exterminado a la raza judía por completo y sin dejar vivo a ningún individuo.

Otros, lejos de sumarse a ese pensamiento, consideran por el contrario, que precisamente, para impedir del todo, que ese intento de exterminio vuelva a tener lugar, bien empleada está tanta muerte irracional de niños e inocentes, porque, al fin y al cabo,- arguyen-, van directos al cielo como musulmanes que son.

En ciertas partes de ese territorio existen colinas, o elevaciones físicas, desde las cuales, los hebreos reunidos en ellas, como si de una fiesta se tratara; contemplan expectantes, las explosiones de los bombardeos del ejército israelí y aplauden con entusiasmo cuando ven estallar las bombas sobre casas y edificios sabiendo que, inevitablemente, caen vidas humanas inocentes.

En otros lugares lejanos, tanto da una guerra que otra, la muerte de unos o de otros, o las formas en que mueran, mientras los mercados estén abastecidos, sigan existiendo entretenimientos, el turismo sea una opción, y se pueda consumir.

No es, ni mucho menos, ésta la única guerra de la que pueda decirse o de la que se pueda extraer, tal idea o conclusión. Todos los conflictos ponen de relieve esta incapacidad humana para vivir en paz. Baste recordar la Primera Guerra Mundial, y lo que los franceses, en pleno, pensaban de sus enemigos los alemanes; ni siquiera los consideraban “bien acabados”, y de ese modo los maestros lo enseñaban en las escuelas de párvulos. Igual da recordar que para los alemanes de la Segunda Guerra Mundial, los rusos eran considerados sub-humanos. Para los japoneses … los “japos” para los norteamericanos, etc. etc.etc. Se registran genocidios en todas las épocas de la humanidad. Que se conozcan o no, sólo depende de que sus responsables lo admitan y los demás quieran saberlo.

Los políticos del mundo entero no son sino las máscaras tras las que, la raza humana en su conjunto, manejan, manipulan y ocultan las pestilencias del comportamiento de la grey. Por más que, a veces, consigan hacer creer que ellos, en sí mismos, o sus representados, alguna vez, toman o han tomado, una decisión acertada.

Es imposible que a estas alturas de la historia de la humanidad, aquel que la conozca siquiera sea superficialmente, pueda albergar la menor esperanza respecto a las presuntas buenas intenciones de la raza humana. Ni las tiene. Ni las puede tener. Ni las tuvo nunca.

Y eso por más que nos parezca que existen buenas personas. Existen. O por más admirables que sean algunas de sus obras. Lo son. O extraordinarios sus alcances artísticos, urbanísticos y técnicos. Sin duda lo son. Los avances del pensamiento filosófico. Los tuvo; y muy pronto se volvieron en su contra. Inventos científicos e investigaciones en mineralogía, biología y farmacología, etc. Pero, en su conjunto, no parecen servir más que para emponzoñar más y más la vida social y, en todo caso; no representan sino buenos intentos y excepciones. Como excepcional es la subespecie del ser humano pensante y racional. Una parte insignificante frente a la abrumadora fuerza de su quehacer cotidiano particular y globalmente destructivo, irracional y mortífero.

Sólo su mayestática y estúpida inconsciencia hace del ser humano un ente vivo aún en pie. Sólo viviendo bajo la más pesada capa de inconsciencia y hasta subconsciencia, consigue abrir los ojos y pensar que todavía sirve para algo “normal” al levantarse cada mañana.

Todos aquellos que, hipócritamente, cifran la esperanza de la humanidad en términos de lucha por la igualdad, por la derogación de diferencias entre ricos y pobres, desigualdad en los derechos y deberes de unos y de otros; no hacen más que enmascarar, a sabiendas o no, el hecho de que la naturaleza humana no pertenece a una raza a la que le guste la justicia, ni vaya a conservarla si alguna vez la alcanza. O cuando alguna vez la alcanzara.

Ni atinan a dar en el clavo, aquellos otros: escritores, pensadores, articulistas y artistas en general, que se llenan la boca con buenas y ocurrentes palabras, por la misma razón. Aunque es más cierto que escriben para dar complacencia a sus lectores más que para arrojar luz sobre las causas verdaderas de las cosas. No se trata de “mejorar” lo que no se puede mejorar, esto es, convertir a una salamanquesa en un tiburón; o a un gorrino en un águila; sino de conocer la verdadera naturaleza de nuestra raza, y no esperar de ella más que lo que le es consustancial.

Una raza que tuvo muchas palabras en la boca. Muchos pensamientos en la cabeza. Muchas propuestas sobre la mesa. Muchas mentiras. Muchas falsedades. Equivocaciones continuas, disimuladas la mayoría de las veces, y manifiestas otras tantas. Pero sobre todo tuvo siempre la pretensión de poseer la verdad. De poseer el punto exacto en el que se situa la justicia y, susbsiguientemente, el puño cerrado para hacerla valer.

Y así, el homo sapiens, ha llevado a la humanidad entera, a la enfermedad de sí misma. Contagiosa y ciega. Una enfermedad que le pertenece por sí y por derecho propio. Ha llevado a la inmensa mayoría de los seres vivos del mundo en el que habita, a la más irracional e incomprensible forma de supervivencia. Y eso mientras consigue sobrevivir en la superficie del Planeta, día tras día; como lo hacen las bacterias a kilómetros de profundidad. Inconcebiblemente. Enfermo por entero de una gravedad aguda, del todo incurable, excepto con su propia desaparición.

Un pensamiento en “El comportamiento humano

  1. Me ha parecido un artículo muy, muy certero. Perfecto. Muy bien escrito, razonado y poniendo a cada uno en su sitio. Quizá ha faltado una mayor mordacidad, como la que usas frecuentemente, sobre la actitud internacional de esas naciones que velan por el mantenimiento de la paz en el planeta. De verdad, enhorabuena. Mándalo a “El Manifiesto”.

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