Ninguna vergüenza

“… que será el menor de ellos tonto o necio,

porque no guardando nuestras faltas

mejor descubriremos las ajenas”

s. XVI

 

Creemos que la única y verdadera forma de manifestar seriamente el rechazo que merece la actual situación de España es que todo español mayor de edad o que haya ejercido su derecho al voto alguna vez, o nunca; se avergüence de sí mismo. Lo dé a saber en su entorno y lo padezca y reconozca en su fuero interno.

No vale que sienta eso que ha dado en llamarse, “vergüenza ajena”, ni tampoco que sienta vergüenza de ser español, emboscado en lo genérico; sino que se avergüence de sí mismo, con nombre y apellidos, por haber contribuido, activa o pasivamente, de un modo o de otro, a hacer de España una cosa irrisoria y lamentable.

Tampoco sirve que haga valer su dudoso sentido del humor patrio, tan echado a perder en ésta modernidad que nos entume, para chotearse de todo lo que le afecta como si no fuera con él: la selección española de fútbol derrotada y goleada en el primer encuentro; desechada la candidatura de la ciudad de Madrid para los Juegos Olímpicos, o el ex-monarca pidiendo perdón por romperse la cadera matando elefantes en África.

No es ningún disparate, ésta idea, dado el volumen de despropósitos acumulado. Una utopía sí es, porque aunque los españoles tendrían razones de sobra para avergonzarse, uno por uno, de su innegable zoquetez,- entre unas cuantas miles de cosas más-, sabemos que jamás lo hará. (Si lo hiciera sería un acontecimiento aún más memorable que la aparición, en pleno día y en hora punta, de la mismísima virgen de los Dolores en el Center Building de New York versioneándo, con un coro de ángeles, la canción de los Credence Clearwoter Revival, “Proud Mary”)

Sabemos bien que el “mea culpa” tampoco es el deporte favorito de nadie que pertenezca a la raza humana, y menos, la que habita en la península ibérica. También sabemos que la culpa. El sentimiento de culpa. Si es que alguien en España siente que tiene culpa de algo, es siempre como consecuencia de un error. De un lamentable error que alguien achaca a alguien en algún sitio alguna vez. (siempre de forma infundada, claro está).

La culpa,- según el diccionario de a pié de los españoles-, es siempre del “otro”. El otro; sea rico, empresario, político, presidente, médico, letrado, saltimbanqui o vecino del Pozo del tío Raimundo. La cosa ha llegado a tal punto de ordinariez y bajeza que, “el otro” es de hecho “uno mismo”. Ya no vale dirigir las iras o la indignación, en forma de paquete completo, a “el otro” con la idiota y torcida intención de quedar impune.

Impune ante sí mismo. Ante los demás. Ante la historia. Porque si la verdadera vergüenza aún siguiese existiendo en la casa de lo ético y de lo moral, o, simplemente, de lo educativo; más de uno sabría y sería consciente, de que se ha hecho acreedor de “la culpa” con su propia actitud, practicando el estúpido buenísmo, o su permisividad, su condescendencia, sus torpes palabras, su complicidad disimulada, su mirar hacia otra parte, su mala educación; y hasta con sus propios hechos cotidianos, más o menos bienintencionados, acertadillos o equivocados.

De aquel remoto, “el pueblo siempre tiene razón”, hemos pasado a “nadie excepto el propio pueblo tiene la culpa de todo”. En efecto. Porque no es “otro” sino el pueblo el que elige a quien estafa y roba. El pueblo elige a quien gestiona mal. El pueblo apoya, ensalza o hunde a quien le parece según por dónde le dé. Es el pueblo el que juzga en las calles. Es el pueblo el que, finalmente, arroja la piedra y esconde la mano diciendo: “yo, es que no sabía…” 

De las gentes del pueblo surgen los diputados que, no se sabe cómo, terminan por representarse a sí mismos o a nadie. Del pueblo brota todo desafuero; todo ladrón, toda injusticia; toda incapacidad; toda impotencia para arreglar nada y toda potencia para vociferar y vociferar. Del pueblo bebe la hedionda programación televisiva. En la televisión se regurgita la mejor hez del pueblo. Y finalmente aquello de “Por Dios, el pueblo es la víctima de los corruptos, y nunca tiene culpa de nada”. Excepto de la envidia que le corroe, el odio a todo lo que se distingue de sí mismo y de su manifiesta ignorancia y estupidez.

El pueblo soberano. El inocente y santo pueblo. ¡Oh, alabado sea! Son los demás. “Si él pueblo es el sujeto, el culpable son los que quedan fuera”. “Si el sujeto son los que están fuera, el rebaño, es el culpable”. Los demás. Siempre los demás. Los demás son como el futuro, algo que no existe. Nunca somos nosotros mismos culpables de nada. Es como si Dios, en su infinita ceguera y bondad, nos lavase de toda mácula cada mañana.

La única manera de mostrar indignación y espanto por lo que viene pasando en España desde hace ya casi cuarenta años,- sin detenerse nunca sino para incrementar la rapiña y el sinsentido global, es la general vergüenza pública.

Pero la general vergüenza pública no consiste en pasárnoslo en grande viendo los programas que escupen los medios de comunicación, o participando en ellos; (la televisión siempre en el primer puesto), cuando cuentan, como si fuera un chiste, lo que ha robado todo el mundo. O la inoperancia de los políticos. Ni en carcajearse de los comentarios ocurrentes o los chistes que se hacen con los ladrones e incompetentes en general; sino en agachar la cabeza avergonzados y hacer un lastimoso mutis por el foro, por decirlo de alguna manera. Y ni eso. El pueblo español no sabe ni avergonzarse de sí mismo. ¡Eso faltaría!. Así las cosas, poco o nada cabe esperar de lo que haya de devolver la mínima dignidad pública nacional.

Y no cabe esperarlo porque antes habría que volver a nacer en otro lugar, educarse de otra forma, formarse en otro sitio, y finalmente, asentarse en el territorio que, de milagro, todavía conserva el nombre de España.

Ésta idea parecerele escandalosa y harto errónea a la opinión pública, habida cuenta de que, tras los años transcurridos y, nos tememos que, por los siglos de los siglos, nadie esté dispuesto a admitir tener responsabilidad alguna en lo que, además ya tiene culpables, nominalmente adjudicados. Culpables de corrupción, de mala gestión pública y de todo tipo de irregularidades y disparates. Pero en nuestra opinión, y como Estado soberano, el Gobierno de España no debería esperar más para declarar públicamente, la manifiesta incapacidad de los españoles, en su totalidad, para gobernarse a sí mismos política y decentemente.

En efecto, es tanta la ineficacia del Estado, tan corrupto el funcionamiento de las instituciones; es tan manifiesta la incultura y escasa educación cívica del pueblo; alicorta y taimada la formación de sus profesionales y universitarios; es tan escandalosa y exagerada la corrupción económica, que si hubiera un sólo responsable con atribuciones políticas legales investido aún de la menor decencia, correría a la sede del Gobierno Europeo, donde quiera que se reúna o esté, a presentar una moratoria para paralizar inmediatamente y sine die, las atribuciones del Estado Soberano Español, hasta recobrar el equilibrio mínimo necesario que le permitiese retomar sus funciones normales de Pueblo, Nación, Estado y de Gobierno.

Necesario y conveniente, sería también, establecer una cláusula, tan legal como insoslayable, que impidiese a cualquier otro Estado apoderarse de España aprovechando su lastimosa postración pública y necesario vacío de poder temporal.

Eso nos parece. No creemos que los berridos de pretendida indignación, (siempre aparente y delante de las cámaras de la Tv), de los ciudadanos españoles, represente verdadera concienciación. No nos parece que el pretendido comportamiento informativo de los medios de comunicación garantice la menor información ni útil ni veraz ni constructiva.

No nos creemos que las presuntas protestas surgidas de los distintos sectores sociales estén basadas en los verdaderos motivos que dicen promoverlas, o que, de serlo, sean las, necesarias y acertadas. La democracia directa o la democracia asamblearia , tal como ahora gusta decir, es en realidad, confusión directa o galimatías asambleario, promovido por los nuevos políticos que no saben ni lo que dicen, del mismo modo que el pueblo que tales cosas piden.

Antes bien, creemos que todo ese movimiento incrementa el estado de confusión general en el que esta sumida España entera y en el que chapotea desvalida sin más desahogo que el que acuna su propia enfermedad social e inoperancia política.

Y lo creemos así porque desde el inicio de la Monarquía Parlamentaria, hace ya más de treinta y cinco años, pocas leyes, incluída la propia Constitución, han contribuido a articular eficazmente un Estado político con verdaderas características de justicia y modernidad. Antes bien, se ha levantado el mejor edificio para el ejercicio de la inoperancia y la destrucción de todo proyecto serio, si es que proyecto serio alguna vez pretendió existir sin que contemplase, en su articulado, ésta vergüenza ignominiosa.

Hemos llegado hoy, a justificar, lo que de malo o bueno haga el gobierno de turno, dependiendo, tan sólo, de que lo hayamos votado o no, olvidando que el Gobierno, una vez constituido, lo es para toda la nación y la totalidad de sus ciudadanos. Hoy se condena y critica lo que haya menester sin que nunca, nadie, de un lado u otro, este implicado o sin implicar, o se de por aludido, y como si la torpeza del gobierno fuese cosa de extraterrestres con los que nada se tuviese que ver. Y tampoco parece que el pueblo tenga otra cosa que hacer que solazarse ante la pantalla de televisión viendo programas infames.

Hemos establecido como normal que todo error o culpa es siempre cosa de manos extrañas. Nunca propias. Ni siquiera en la medida en que, por fuerza, corresponde a cada uno su alicuota parte; como cuando uno recibe o da su parte en la declaración anual de la renta. Estamos asistiendo a la desaparición de un Estado. El pueblo de ese Estado ya no existe.

2 pensamientos en “Ninguna vergüenza

  1. Agudo como siempre, cosechando amigos!,,un placer leerte, dentro de muy poco iré a ver personalmente el demacrado estado de las cosas por allá , por la madre patria,,( me pregunto quien sera el padre patrio?,,,), que putada hermano,,, un gran abrazo desde Monte vídeo,,,A Gadea…….

  2. Muy buen artículo; correctamente expresado y vehementemente defendido. Sin embargo, el punto de mira en sus críticas, para mi forma de ver, es erróneo.
    El pueblo soberano, inocente, ese santo pueblo, es el que emite su voto (si es que lo emite) al político más acorde a su ideología, dentro del escaparate que se le oferta.
    Lo realmente importante es ese personaje que, como muñeco de feria, se presenta como posible gobernante. Ése es el centro de atención y de censura. Si pluralizamos, hablaríamos, en un sistema democrático, de personas que integran las listas de partidos.
    Como bien dice en su artículo, ese futuro gobernante debería acceder a esa posibilidad de gobierno a través de un proceso de selección amparado y avalado por una Constitución, con máximas exigencias tanto para sus hechos como para las consecuencias que se deriven de su gestión,puesto que va a ser el que entreteja la urdimbre política, económica, social y cultural actual para un “desarrollo sostenible” del país, defendiéndole en el presente y allanándolo para generaciones futuras.

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