Elecciones 2015 – “todos bobos”

Todo parece indicar que estas próximas elecciones democráticas son las del cambio y la regeneración en serio. Concurren nuevos partidos, y todos ellos, los nuevos y los viejos, prometen más cambios que nunca y con profundidad de periscopio por lo menos. Cambios fiables porque cuentan con la voluntad de ser aplicados a las personas mismas. También a los afiliados y a los líderes como condición sine qua non para ostentar la representación.

En cuanto a los cambios generales, los partidos prometen más que nunca. Es normal; el deterioro nacional nunca había sido tan pronunciado y por eso las gentes ahora necesitan creer y han decidido confíar en sus promesas más que antes. Electorado y partidos políticos parecen haber hecho un ejercicio de contrición y reparten esperanzas recíprocamente. No porque se esté en condiciones de ofrecer más de lo que se ha dado hasta ahora, sino porque la política española ha alcanzado, en las últimas décadas, unas cotas de corrupción económica y mal gobierno que ha llamado la atención en otros países, aún más modernos. El aspecto económico aún siendo importante para la inmediatez de las necesidades del ciudadano, es irrelevante en realidad porque, a fin de cuentas, se desenvuelve al albur de la macroeconomía mundial.

Del mal hacer general no se ha librado ningún segmento social o comunidad civil. Lo ha notado todo el mundo y todo el mundo lo ha generado de una manera u otra. Ninguna institución se libra de ser considerada inútil, mal gestionada o corrupta en sus cuentas. Tampoco ha permanecido al margen la gente normal y corriente del pueblo, sino que desprovistas las masas ya, de cualquier valor ético y moral, educacional y religioso, han mostrado estar más desorientados que nunca, guiados tan sólo por el olfato de la pura urgencia y necesidad más perentoria.

Informativamente hablando, la televisión y los telediarios han sido los campeones de la manipulación y la ausencia de profesionalidad. Preocupados únicamente por tener presentadores guapos y queribles. Todo lo que han ofrecido ha sido un constante chapoteo en la actualidad yendo de un lado para otro sin criterio, rigor o veracidad alguna. Meros correveidiles de amos apostólicos untados en ganancias e ideologías falsarias. Y la sociedad en su conjunto no ha hecho otra cosa que quejarse ante el pisotón de cada día y después apartar el zapato y participar en los coros orquestados en torno a las consignas de moda: solidaridad, terrorismo, igualdad y demás cantinelas.

Hemos de recordar de nuevo que siempre hablamos en general y que excepciones siempre las hay, aunque es verdad que en el entorno informativo de la Tv, ha habido muy pocas.

Los nuevos partidos, sin otro horizonte político diferente del existente hasta el día de hoy; (vísperas de un nuevo plazo de agonías y más errores políticos); y nacidos, no de un nuevo y elaborado pensamiento, sino del enfermizo sistema democrático, han sabido captar esas quejas evidentes y de corto alcance, y con ellas en la boca, argumentadas farfulleramente por lo fácil y superficial, parecen estar ganando cotas electorales de cierto peso. De cierto peso, no de cierta altura.

A decir verdad la altura política e ideológica que ostentan los nuevos partidos, a juzgar por las abundantes intervenciones en tertulias televisivas y otras apariciones públicas, no sólo no supera rango alguno sino que además, en el colmo de la nefandez, se permiten hacer ostentación de campeones de la argumentación política, la transparencia y las ideas de progreso. Cosas, que si logran acumular los votos suficientes, harán valer para que las instituciones funcionen, por fin, con normalidad. ¡Gran alivio!.

Ningún partido se libra de estar alumbrado por el clamor popular; ni el clamor popular se libra de confiar en los nuevos mensajes políticos. Pero ni unos ni otros cuestionan lo que verdaderamente impide salir de este marasmo de ordinariez y bajura política, social y cultural. Suponemos que será porque nunca han conocido otra cosa, y discurrir, ¡ufff!, da mucho trabajo.

Las papeletas introducidas en las urnas durante las elecciones de este año tan esperanzador, son como las cartas que escriben (ya nadie escribe) los niños a los Reyes Magos de Oriente. Los electores acudirán ilusionados como niños a echar sus cartas en el buzón, saludarán con esos besos estúpidos de la gente moderna (golpes de mejilla y morrito al aire) y luego irán a tomar unos tercios en familia. Más tarde, una vez en casa, esperarán con impaciencia a ver qué les han traído los Reyes Magos de Occidente. En fin. Y vuelta a empezar.

Con toda probabilidad, estas elecciones, arrojen un resultado más fraccionado que nunca antes. Y sin que tenga que ser forzosamente malo, es muy posible que ayuntamientos, diputaciones, autonomías y finalmente el Parlamento Nacional, se parezca a un plato hindú de ensalada vegetariana multicolor pero al que nadie pueda abordar ni con tenedor ni sin él. En ninguno de estos partidos late, siquiera sea de forma incipiente, una idea diferente a la que se exhibe sobre el mostrador del queridísimo e irreductible sistema democrático. Sistema periclitado y lleno de vicios que ha conducido a la decrepitud general de los españoles. (Recuérdese lo de las excepciones)

No podemos saber, (pero casi sí), si algún partido conseguirá formar gobierno estable, con o sin la mayoría suficiente. Mucho nos tememos que en lograr ese fin se vaya mucho tiempo, mucho dinero y no poco esfuerzo, y encima, quizá haya que alegrarse porque cuando se pongan a gobernar… ¿alguien se acuerda de lo que es un gallinero? Mientras tanto sí se darán muchas vueltas inútiles; actividad, por cierto, bien contrastada en los quehaceres patrios.

Lo que está claro es que los rematadamente mal llamados medios de comunicación, (horror) harán el “agosto” y estarán bien ocupados y entretenidos con tantas ruedas de prensa como se convocarán por doquier para decir que no se entienden.

*   *   *

Con todo, no es eso lo que nos interesa de las elecciones 2015. Ya hablan de ello con más pasión y ganas los naturales. Nosotros queríamos poner en el centro de nuestro argumento los conceptos de “cambio”, “transpariencia”, “regeneración”

A menos que todo lo que pasa en la vida sea una broma y a nadie le importe nada realmente, nos preguntamos quién, con nombre propio y apellidos, alguna vez en su vida, ha estado dispuesto a cambiar o a regenerarse; y mirando a nuestro alrededor no hemos visto a nadie. Ni siquiera pinchando con un compás escolar y trazando un círculo pequeñito. Y hablando de círculos, tampoco en el de nuestras propias familias. En ellos menos aún si cabe. No conocemos a nadie que haya cambiado su comportamiento personal de verdad. Nunca jamás.

¿Quién o quienes han dicho de sí mismos que necesitaban cambiar su comportamiento y lo han hecho de verdad?. Que se haya notado y una vez llegados a la edad adulta, claro está. ¿Quién, después de haber experimentado un hecho sustancial en su vida, ha cambiado su actitud desde entonces?. Pocos. Muy pocos. ¿Excepciones?.

Los nuevos partidos políticos y los que dicen regenerarse, aseguran que así (tal como están los españoles y las instituciones) no se puede seguir y que hay que cambiar por tanto. Pero cambiar y regenerarse requiere modificar el comportamiento. ¿Alguien ve algún comportamiento regenerado, sea público o privado? (No confundir con simulado o aparente).

A poco que se utilice el cerebro, a poco que se haga el esfuerzo de pensar, pronto caeremos en la cuenta de que; de nosotros mismos, de nuestra particular manera de pensar y hacer no cambiamos absolutamente nada, ni siquiera los andares. Que no hemos cambiado nunca en realidad. Ni un poco ni un mucho, ni siquiera cuando nos han asustado, (aquellos que lo hayan sido).

Como mucho, hemos cambiado la realidad circundante para adaptarla a nuestras pasiones, a nuestra manera de medir y sentir. Luego entonces, ¿a cuento de qué hay que creer que los partidos políticos y sus líderes van a cambiar.

Recordemos que Cartesius (siglo XVII) hizo famosa su frase “Cogito, ergo sum”, pero nadie cayó en la cuenta de que pensar no es cambiar necesariamente. Y los hechos lo demuestran por quintales. “Si yo no cambio nada en mí, por qué tengo que creer otros lo harán”. “Si yo sólo cambio, en todo caso, para eludir el peso de la ley, (las multas por ejemplo) por qué tengo que creer que los partidos, ahora, lo vayan a hacer como no sea también para eludir la ley”. ¿Y qué mejor forma de eludir la ley que cambiarla o adaptarla?. La ley, no nosotros. Y si se trata de cambiar para aumentar nuestra consideración personal humana, aún menos. Cambiar la ley significa que buscaremos nuevas formas de conculcarla ¡Que cambie el ser humano, eso jamás!. A menos que nos de mucho gusto engañarnos.

Concurrimos a estas elecciones igual, pues, de tontos que siempre. Recordemos que son los partidos los que nos hacen creer lo que no somos para ganarse nuestra aprobación. Nunca se molestan en hacer un retrato real de lo que somos. Saldríamos todos muy mal parados.

No obstante, los que pretenden vivir de la política tienen excusa porque están obligados a mentir, seducir, convencer. Entre otras cosas porque ningún ser humano puede estar diciendo la verdad constantemente, máxime si sus palabras van dirigidas a una muchedumbre. A las masas hay que acariciarlas con las palabras que desean oír. Ese es el catón de la psicología de masas. Y aún de la psicología de cada persona en particular.

Alguien que se creyera en la obligación de hablar con la verdad ni siquiera sabría distinguirla o separarla de una mentira, porque, entre otras cosas, en eso consiste vivir, en mezclar las cosas, las emociones.

Pero los políticos luchan por su puesto de trabajo; de trabajo o de lo que sea. Por eso tienen más efugio cuando mienten (seducen, convencen), y proclaman que van a cambiar o prometen, más bien torpemente, arreglar aquellas quejas que han oído comentar a otros en el bar. Cambiarlo todo. Cambiar lo que sea. Afear a los que no cambien, cuando en realidad, ni siquiera, el que así habla, va a cambiar los calzoncillos sucios que lleva puestos desde hace una semana. O por el contrario, se los cambiará a cada hora aunque no estén sucios.

Por otra parte, a nadie parece ocurrírsele que el hecho de argumentar tanto con el concepto “cambio, transparencia y regeneración”, es una pura bligación dada la estafa política y económica en la que se mueven los países del mundo, y especialmente los de nuestro adelantado occidente. Y aún más la España democrática. Es como si tras una copiosa nevada de más de veinte días a nadie se le ocurriera hablar de la nieve. Pero hablar de la nieve no impedirá que vuelva a nevar. ¡Voila!.

No pretendemos cambiar el mundo y menos aún al género hominus, (misión imposible), pero no podemos contener la carcajada. En esta ocasión ni siquiera vale aquella engañifa de “cambiarlo todo para que nada cambie” porque ahora sí que de verdad, el español medio, espera la regeneración y el cambio. Es decir, aún se es más tonto que en anteriores convocatorias electorales porque en caso de cambiar algo, no sería otra cosa que volver al tiempo en que las cosas, casualmente, no estaban tan mal. Es decir, retroceder, no cambiar.

*   *   *

Delitos cometemos todos. Unas veces pagamos por ellos y otras no. Por ejemplo, hay quien se salta un semáforo en rojo y no es denunciado, o sí. Y hay quien roba millones de euros atracando un banco o cometiendo una estafa o desfalco y es pillado, o no. También hay sujetos que logran sacar sin pagar un libro o una falda de unos grandes almacenes sin que pite el chivato que han puesto en la puerta de todos los comercios del mundo y sin que el vigilante sospeche. Hay quienes se apañan con tal habilidad, que aún cumpliendo las leyes o manipulándolas con astucia, logra enriquecerse de forma extraordinaria sin ser molestado. Y, finalmente, hay quien se enriquece con el duro trabajo personal de toda una vida.

Las leyes han de ser cumplidas porque una vez legisladas y en vigor tienen como función hacer que la sociedad avance del mejor modo posible y esté organizada del modo más cohesionado posible.

Siendo las cosas así y así parece que son, no deja de ser verdad que la riqueza que, de un modo u otro, el género humano extrae del Planeta, esta en manos de una exigua minoría,- convertida en clase adinerada, poderosa o rica; y la pobreza, en el otro extremo, abraza a la inmensa mayoría de la población en un haz multifacético y diverso. Si bien unos la sufren más y a otros menos pero todos ellos lamentan su suerte y quieren más y más. O sea, reclamando justicia y todo eso.

Estos últimos, dolidos por la estrechez, luchan por desasirse de ella, o no; y claman por la justicia con sus mejores palabras. Palabras que a veces llegan a convertir en argumentos. No les parece bien ser pobres. Reclaman lo que llaman sus derechos. Derechos arrancados, algunos, en la antigüedad y otros en los tiempos modernos. Reflejados en el papel escrito de las Constituciones.

Se pretende conseguir que todos seamos iguales en todo, como los soldados en la mili haciendo la instrucción, perdón, como en el ejército. Como si ser así fuese realmente un logro y no una aberración y un demérito no precisamente chico.

Derecho al trabajo, derecho a los servicios sociales, derecho a la educación, derecho a todos los demás derechos. Derechos que a cambio de deberes, pocos a ser posible, equilibran el funcionamiento social y político de las naciones; o deberían hacerlo. O no.

En fin, ¡Homo homini lupus!

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