Etnocentrismo (turismo cultural)

Turismo cultural

Se abre la veda para el turismo occidental en la República Islámica de Irán.

Una asociación cultural española, sin ánimo de lucro, viaja al país de los antiguos partos y recorre los lugares históricos de varias ciudades empezando por la actual capital, Teherán.

Teherán, una ciudad de extensión enorme de nueve millones de habitantes, ubicada a novecientos metros de altitud media respecto al nivel del mar Caspio, y separada de este por las altas cumbres de los montes Zagros.

Luego, el grupo, sigue una ruta turístico-histórica de norte a sur hasta Persépolis: Kashan, Abyaneh, Esfahan, Nain, Meybod, Yazd, Pasargadae y Shiraz.

El viaje concluye después de visitar las ruinas de Persépolis, una de las tres capitales persas de Darío I el grande. Ciudad, que en el año 330 antes de Cristo, arrasó el general macedonio Alejandro Magno cuando la destruyó para dar así por finalizada la hegemonía de esa civilización y el comienzo de la siguiente. El imperio Sasánida de Antíoco.

Un acto, este, de conquistar, destruir, matar y volver a construir, que ya era una costumbre desde muchos milenios antes. Tal como suelen hacer muchas especies de insectos con sus nidos a la hora de reproducirse o colonizar nuevos territorios.

Hablamos del actual Irán, ese país, ahora República Islámica, ubicado en la zona meridional media del continente asiático, cuya realidad social y política es siempre escamoteada por los medios de fabricación de opinión pública occidentales. Escamoteada en sus aspectos positivos pero aumentada y agravada en los negativos, tanto como se pueda. (Véase la serie española “El Príncipe” por ejemplo). Eso también es costumbre. Un botón como muestra. No es cierta la información que dice que EEUU le haya levantado el embargo económico, sólo le ha aflojado un poquitín el ahogo.

Y lo es hasta tal punto que incluso quienes visitan el país no pueden evitar sorprenderse (?) por ver un país tan vistoso, variado y acogedor como uno podría esperar encontrar en cualquier patio andaluz de Medina Sidonia.

En realidad, esta asociación no ha ido a conocer el país, sólo ha ido en calidad de cuchicheador; haciendo “turismo cultural”, que, por cierto, como definición, suena al oído bastante mejor. Pareciera como si los integrantes del grupo estuviesen, por fin, por encima de los prejuicios propagandísticos con los que los medios de comunicación acogotan a las masas.

Pero no, no lo están. Están, si cabe, más influenciados pues el convencimiento de los “ilustrados”, suele ser más firme y por tanto más equívoco, si esa firmeza no esta sustentada por una buena dosis de ausencia de prejuicios. Recitar en el autobús durante el viaje, a voz en micro, la historia antigua del suelo Indoiranio, (con tono fúnebre), le salva por los pelos.

En las viejas páginas de este blog ya sabemos lo que es el turismo, cultural o no:

… la industria que consiste en transportar manadas adocenadas de ciudadanos desde un sitio del que no deberían salir, hasta otro lugar que estaría mucho mejor sin ellos…”.

Y, en efecto, a Irán no le hacen falta turistas, excepto si sólo es para extraer de ellos los €uros que lleven encima. Objetivo común en otros muchos países asiáticos, indostánicos o indoiranios, con los que nada hay en común y en nada se necesitan, excepto para engañar, agredir o ignorar.

El mundo es muy grande. Lo es en relación al tamaño de las criaturas que lo habitan y lo es, desde luego, en relación al tamaño físico del hombre. Una obviedad sin duda alguna.

Aún es más grande, en proporción al esfuerzo mental que los seres humanos suelen desplegar cuando intentan hacerse una idea de las dimensiones físicas, geográficas e históricas de su verdadero tamaño. Entonces es cuando la estatura mental humana queda reducida a la insignificancia.

Para empezar, toda persona tiene por costumbre, creer que el centro del mundo es su propio país, su ciudad o su pueblo. De tal modo que cuando viaja o hace turismo en otro lugar alejado del que le ha visto nacer, tiende a pensar en términos de extrañeza. El lugar visitado le llama la atención por su belleza, su grandeza o su peculiaridad, pero en modo alguno, se le ocurre otorgar el valor de “centro del mundo” porque ese lugar, para él, es siempre el propio.

Todo cuanto piensa la persona, todo cuanto forma parte de su acervo personal y cultural, se ciñe al carácter de su país, grupo social, familia o raza, como un body al cuerpo de una joven rolliza.

Eso es así aún cuando el conocimiento que se tiene sobre “lo propio, o sea, sobre lo español en este caso” es del todo iletrado desde hace muchísimas décadas, completamente ahistórico desde hace siglos. (Obsérvese si no, las conmemoraciones programadas por el cuarto nacimiento de Cervantes y compárense con las celebradas por el de su coetáneo W. Shakespeare en Inglaterra, por ejemplo).

De igual manera, y en términos más ridículos todavía, se suele pensar que la madre de cada uno es la mejor; que los hijos son los más maravillosos y que la familia de cada cual, en suma; es la más ejemplar. Todo ello sin que ni uno ni otro, se detenga ni un segundo en reflexionar que cada cual piensa exactamente lo mismo de los suyos. De tal modo que un ser ajeno pareciera que no tuviere ni madre, ni hermano, ni familia alguna que le quisiere o valorare. La percepción que el sujeto humano tiene del mundo, así, queda reducida a su más minúscula y cicatera expresión.

Otro tanto ocurre con las ideas, leyes y modas que gobiernan y marcan la vida cotidiana, (sobre todo desde que esa cosa llamada “democracia moderna”, arropa y rige gustosamente la sociedad occidental y buena parte de aquella que sobrevive más allá del horizonte en cuya dirección se pone el Sol).

Ese enanismo existencial se viene agravando, día a día, desde hace décadas. La razón no es otra que la de pertenecer, estar inscrita y ser nutrida por la vacua autosuficiencia y el engreimiento, no ya del etnocentrismo más o menos natural, engañoso o legítimo de los pueblos; sino por la obstinada certidumbre de creer que la civilización occidental esta ubicada en el origen de todo y ser el norte de todos los caminos.

Dudamos que el grupo de turistas culturales de visita en Irán, hayan ido para admirar los fundamentos de una cultura y forma de vida distinta, ni para mostrar respeto por ella, o para aprender nada que no crean saber ya; sino, en todo caso, para maravillarse de lo que aquellos pueblos han sido capaces de hacer a lo largo del tiempo, siendo “menos y más atrasados”, o para juzgar con todo el rigor de la altura autosuficiente, su costumbre y forma de vida, aun cuando no se vea públicamente en ningún punto de su territorio, nada verdaderamente grave o censurable desde el punto de vista humano. A menos que la “obligación” de llevar velo cubriendo la cabellera femenina pueda ser considerado algo verdaderamente inhumano e inaceptable.

Si esa forma de vida es en todo igual o similar a la occidental,- cree el concienciado progresista-, merecerá la aprobación del grupo, si no lo es, la crítica y la condena cae sobre esa sociedad con todo su peso por no seguir las trazas del mundo “civilizado”, fabricante al por mayor, y entre otras muchas cosas, (no todas buenas) de las camadas bobinas que recorren el mundo, “culturalmente”.

 

P.s.

Irán, un país cuyas fronteras actuales, (en parte por mor de acuerdos occidentales), lindan al norte, con la orilla sur del mar Caspio, Azerbaiyán, Armenia y Turquía; al oeste con Irak; al este con Turkmenistán, Afganistán y Pakistán; y al sur con el Estrecho de Ormuz, el Golfo Pérsico, el golfo de Omán y el Océano Índico.

Perdón por decirlo, pero nos hace ilusión recordarlo, así como el pupitre de la escuela del pueblo desde el que recitaba en voz alta estas lecciones de geografía.

Unas fronteras, por cierto, tan difusas e imprecisas, como el telediario de turno se encapriche en señalar cada día.

Algo más difícil de modificar es su relieve interior, que, ese sí, permanece inalterable durante milenios. Por ejemplo la cadena montañosa de los montes Elburz que se extienden paralelos a la orilla sur del mar Caspio y a cuyo socaire se alza la capital Teherán, a mil metro de altitud sobre el nivel del mar. Una ciudad tan espantosamente desproporcionada como cualquier otra megalópolis igualmente desproporcionada. El suroeste esta recorrido por la cordillera de los Montes Zágros. Y el centro se alza una gran meseta de 1.200 metros de altitud sosteniendo dos grandes desiertos, el Kavir y el Lut. Y el Karut como el rio más grande y caudaloso de estas tierras. Y algo muy a tener en cuenta por el turista de aventura y cantimplora porque uno puede toparse con ríos de agua salada. La razón es que el intenso calor impide que haya el suficiente drenaje. La sal que el agua deja al evaporarse permanece en el cauce.

 

 

 

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