A propósito de las limpias manos y los papeles de Panamá

Lo de ser rico, hacer dinero y pagar impuestos ha venido siendo algo muy “divertido” desde los tiempos de la antigüedad. No estaría mal si empezáramos diciendo que casi nadie se ha hecho rico por obra y gracia del Espíritu Santo, salvo la Santa Madre Iglesia, claro está. Otros muchos lo han conseguido sin necesidad de la ayuda divina.

No hay constancia real y fácilmente comprobable de que nadie se haya hecho rico siendo honrado, entre otras cosas, porque la honra, lo que se dice honra, nunca existió en realidad, y menos aún, hay constancia de que se practicara. De hecho nada tiene que ver con enriquecerse ya que las normas y leyes de los países ya se encargan de reglar lo que ha de entenderse por honra, y bien sabido es que ni se miden del mismo modo ni son las mismas normas en todas partes.

Sabemos que toda regla conlleva su excepción y, en cuanto al hecho de enriquecerse esa regla, no es distinta, es decir, también hay excepciones. Al mismo tiempo y dado que las condiciones económicas reinantes en el mundo son variadas, adaptables y ciertamente cambiantes, no se puede aplicar una definición unívoca a la cosa del enriquecimiento y la honra.

Dejamos al libre albedrío del lector, por tanto, que decida y distribuya como mejor le parezca el binomio “enriquecimiento y honradez” porque hay variedad y recovecos como para que Ali Babá y sus cuarenta ladrones escojan el método que mejor se les ajuste. Ejemplos: descentralización fabril, contratos de mano de obra en países de un nivel de vida inferior, paraísos fiscales, legales por cierto, ciudades y comercios francos, etc. etc. Competitividad desigual, exenciones fiscales, rescates bancarios a cago del presupuesto público sin permiso público y muchas más cosas. En este artículo vamos a intentar ver cómo empezó este asunto.

Resulta paradójico saber que aquellos que intentan aumentar su bolsa o hacer dinero mediante el trabajo y el esfuerzo personal, pocas veces o ninguna, lo consigue, (excepto Lúcius Quinctius Cincinnatus, patricio y agricultor romano que vivió en el año 450 antes de Cristo, y precisamente por haber sido sólo él entre muchos, se le recuerda). Hoy también se producen casos parecidos, aunque no se les haya nombrado dictadores por aclamación popular como sucedió con el viejo Cincinatus, o eso parece: Steve Jobs, Bill Gates, Amancio Ortega y otros.

Sin embargo la honra, (no ser corrupto se dice hoy) aún tiene muy buena prensa, quizá más que nunca. Tanto prestigio social tiene ser honrado como buena prensa tienen los términos “democracia” o “libertad”. Por eso aquel que no sabe conjugar su vida pública, personal o política, con esas palabras u otras parecidas: “solidaridad”, “tolerancia”, “igualdad”, etc; es vapuleado sin misericordia en la plaza pública de los medios de comunicación; (ríanse de las presuntas lapidaciones islámicas).

A pesar de eso, raro es el país y escasas son las gentes que no adolecen de practicar esas virtudes, es decir, justo lo contrario de lo que esos conceptos significan o pudieran significar hoy.

En efecto, parafraseando “El Manifiesto Comunista” de Marx y Engels de 1848, podríamos decir que “… un fantasma recorre Europa, el fantasma de la corrupción…”, en unos países más que en otros, claro está. Que se sepa o no se sepa, depende más de la publicidad que les den los medios de comunicación que del hecho de que existan.

Abusando del parafraseo echaríamos mano ahora las palabras bíblicas del mismo Jesucristo, y podríamos decir que, “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Esto es, quien no quiera enriquecerse que levante la mano. Acaso el simple gesto de echar una quiniela no esconde el deseo así como la posibilidad de enriquecerse sin esfuerzo o trabajo alguno. Dejar de trabajar, por más honesto que el trabajo sea.

No deja de ser curioso saber que quienes han logrado enriquecerse nunca tuvieron la menor intención de echar quinielas o jugar a la lotería, antes bien, ellos fueron, es decir los políticos y hombres de negocios, quienes inventaron estos juegos. Ni deja de ser curioso que los que han logrado enriquecerse, jamás han tenido la voluntad de colaborar con el fisco buenamente. ¡Qué sentido tendría para el bolsillo del propietario!. (Otra cosa es que lo nieguen en público). O que hayan logrado enriquecerse de tal modo que poco les importe dejar unas monedas en las arcas del Estado o en el bolsillo de sus empleados como aguinaldo de navidad. Además esas cosas no dejan de ser un gesto muy valorado en el inconsciente del pueblo que, tampoco deja de proporcionar réditos inmateriales en el alma nacional.

Los medios de comunicación no dejan de airear, caso tras caso y desde hace décadas, una y otra vez cual fragua machacona y con gran alborozo mediático, presuntas o comprobadas evasiones de impuestos de personas de la más variada extracción social, fraudes, desfalcos y robos, aunque sólo los personajes de renombre o que detentan determinados cargos políticos tienen el privilegio de subir a la palestra mediática.

Ciudadanos que a través de los trucos más rebuscados e imaginativos que a cualquier novelista ocurrírsele pudiera, han realizado espectaculares estafas, evasión de impuestos y latrocinios de muy variada índole y muy abultada cuantía. Uno de los más rebuscados y recientes es el de “Manos limpias”, y por qué no decirlo, la meticulosa maniobra del ladino de Mario Conde, sobresaliente en elaborar cuidados planes para lavar la cara. (Lástima que se cumpliera, en su caso, aquello de, la avaricia rompe el saco).

Eso es lo que airean los medios pero siempre eluden mencionar una sempiterna realidad, la de que cualquier ciudadano es un defraudador potencial de la hacienda pública, un avaricioso y alguien expuesto a reproducir esos mismos comportamientos si las circunstancias le son o le fuesen propicias.

Explíquese si no, cómo es posible que España no reviente por sus costuras si fuese verdad que más de cuatro millones y medio de personas están en paro y sin subsidio o ayuda alguna. O, ¿hay que creerse que la ciudadanía en su conjunto, cumple religiosamente con los requisitos del Iva y otras obligaciones fiscales menores a la hora de pagar facturas. Quizá sea cierto que no existen contratos basura o empleado alguno sin contrato. Quizá.

La cuestión principal no es que todo eso suceda sino que nunca ha dejado de suceder y, una de dos, o las leyes que pretenden controlar esos “desmanes” siguen estando mal ideadas, o están bien hechas, y el sujeto humano es el bicho más ambicioso y listo de la naturaleza.

Sepamos, no obstante, que todo eso tiene su origen en la creación de los Estados y en la política de conquistas que esos Estados han llevado a cabo a lo largo de la historia.

Que se sepa todos los imperios que en el mundo han sido no han hechos ascos nunca a cualquier tipo de rapiña o enriquecimiento por el medio que hay sido, incluyendo la extorsión de sus propios ciudadanos. En efecto La República Romana y más tarde el Imperio, por ejemplo, a lo largo de toda su historia, ha mostrado y practicado mil formas de corrupción política y económica que, en buena parte, ha subsistido hasta hoy mismo debidamente modificadas o disimuladas.

En sus guerras de conquista y dependiendo de que una ciudad u otra se mostrara colaboradora o no, podía concedérsele, una vez acabada la batalla, la condición de ciudad franca, reducir los impuestos a sus ciudadanos o aumentarlos hasta hacerlos insoportables. Conviene detenerse un momento y pensar en ello.

Los impuestos no son otra cosa que el rédito que se obtiene después de una batalla ganada o conquista. Al Estado invasor no le conviene matar a los ciudadanos de un determinado territorio, una vez conquistado, sino cargarlo de impuestos, naturalmente a cambio de algo. Y ese algo suele ser muy variado y ambiguo, desde la simple imposición de la autoridad hasta la construcción de edificios públicos, pavimentaciones o carreteras, servicios públicos u otras lindezas.

Y es justo ahí donde se cruzan y bifurcan los intereses de gobernantes y gobernados. Unos imponiendo y otros evadiendo, cuando no creando una especie de Estado Paralelo (mafia), que a través de la supuesta protección ofrecida a sectores de la población o satisfacción de demandas públicas, más o menos claras y deseadas, o abiertamente impuestas, también cobran impuestos so pena de represalias. Una especie de Hacienda pública pero mucho más coercitiva y no menos elaborada.

Unos y otros tienen su particular manera de entender el asunto y así surgen organizaciones, asociaciones, corporaciones, bancos o simples individuos que hacen o intentan hacer su particular negocio-estafa-robo-evasión-inversión.

Los Estados democráticos tienen nombre para calificar esas actividades, y las organizaciones que urden esas actividades también saben cómo llamar a esos Estados democráticos so capa de la legitimidad electoral. Unos y otros riñen por ocupar el primer puesto en el ranking de los cobradores de impuestos y detentadores de poder y caudales.

Y entre unos y otros, todos los demás, que a su vez, y en la medida menguada de sus posibilidades también evaden o cambian de sitio cuanto pueden.

 

 

 

 

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