La anchura del bienestar

La sociedad del bienestar en la que el mundo occidental vive tan complacida y confiadamente, no es consciente de las estrechas dimensiones en las que desarrolla su propio proyecto.

Tan estrecha que la respiración se hace cada vez más angustiosa.

No otra cosa, si no las más inmediatas y más perentorias necesidades, son las que viven en las cabezas de las gentes y preocupa su devenir cotidiano.

Desde la mitad del siglo pasado, la sociedad entera, sólo aspira a vivir cada vez más y mejor, enteramente satisfecha de su propia ignorancia e imbecilidad.

Hoy vivir cincuenta años nos parece inaceptable, morir a los sesenta es una tragedia; tener una vida plena a los ochenta lo consideramos un derecho inalienable. Y si se nos pregunta cuánto queremos vivir, la respuesta es, cien, ciento diez, ciento veinte años, …

Conocemos a compañeros de trabajo y familiares, por ejemplo, que pese a estar abrumados por achaques y disgustos de todo tipo, quisieran no morir nunca, gozar de una salud de atleta y ser testigos peremnes de cuanto vaya acontecer a lo largo del siglo XXI, por lo menos.

Así, si alguien enviuda, se separa o divorcia a los sesenta o setenta, cree poder reiniciar una nueva vida sentimental al lado de cualquier otra persona sin que las vivencias pasadas, sean las que sean, pesen o signifiquen nada sustancial en el ánimo o en el bagaje personal. Nada que pueda entorpecer el deseo de seguir viviendo una vida tontamente feliz….

El ejemplo más notorio de los últimos tiempos es el protagonizado por los conocidos Mario Vargas Llosa e Isabel Preisler; y al parecer, les va genial.

No deben ser los únicos, suponemos. De hecho sabemos que media población adulta intenta encontrar nueva pareja en anuncios de periódicos, internete y programas de televisión, pero sí nos gustaría saber cómo lo hacen, porque si bien, cada cual es cada cual, a los setenta no debe ser fácil tener la cabeza hueca, a menos que se haya tenido toda la vida.

Sea como fuere pocos son los que a esas edades, y llegado el caso, se abstienen de respetarse a sí mismos como personas, satisfechas, o no, de haber vivido su correspondiente vida, de haber realizado su recorrido natural y, continuarla dignamente en soledad hasta su final inevitable.

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